Palabras, palabras, palabras…

1 mayo, 2008

Una estupenda mañana

Archivado en: Delirios de Hamlet — Darthz @ 3:19 pm

Hoy me he levantado feliz, y por eso la ironía me invade. Lo comprenderéis si seguís leyendo este texto que, por cierto –os aviso desde ya–, no va a contar nada interesante a menos que os interese la narración matutina de este individuo. No acostumbro a escribir aquí sobre mí o sobre mi vida, y mucho menos fue esa la pretensión inicial de este blog… pero… bueno, el mundo está loco, qué importa añadirle un poco de locura más. Tampoco pretendo que nadie me lea; es más, la mayoría ya habrán huido a hacer algo más productivo.

Durante la noche me desperté varias veces, quizá presagiado por designios oscuros, y entre ojo abierto y ojo cerrado pude ver cómo el póster de un tigre que preside mi cama se estaba cayendo, la masilla pegadiza se resbalaba y el papel iba tirando hacia abajo. Al abrir los ojos por la mañana, estaba completamente caído. Y casi podría haber bajado un poco más y cortarme la cabeza (devorado por un tigre de papel, sería el titular), pues ¿no dicen que el papel corta mucho?

Eso no fue todo. Noté cierta aspereza en mi garganta, sí… Me lo veía venir. Entre tanto cambio de temperatura, lluvia ahora e insolación después, uno tenía que acabar poniéndose mal. Además, anoche al llegar de la calle ya notaba cómo un alien botaba sobre mi cabeza y se reía de mí. Me he levantado con anginas y dolor de garganta (y ahora dolor de cabeza), pero el mundo es bonito y… oye, cuando vea a cierto amigo mío que estuvo estos días en el gimnasio diciéndome lo sufrido que estaba por su garganta, quizás lo mate. Es sólo una puntualización… hecha así de repente.

La cosa no acabó aquí. No podía acabar aquí. El despertar debía ser completo. Al retirar una de las mesas de la habitación encuentro que una patata había dormido –pobrecita– en el frío suelo toda la noche. Desgraciadamente, o agraciadamente, durante el transcurso de la madrugada había sido devorada por unos furiosos caníbales de patatas, es decir, unas hormigas muy hijas de puta que parecían reproducirse a la velocidad de la luz. Habría como doscientos bichos, así mal contados, buscando llevarse cada uno su parte de recompensa. Que fue un zapatazo o mil zapatazos y luego la irónica brisa desprendida por un aspirador tragahormigas. Lo hice con cara de «venid aquí, malditas», con sonrisa sádica y corriendo por la habitación, mientras el dolor de cabeza iba en aumento y aún ni había bebido siquiera un vaso de agua para hidratarme.

Fue, de cualquier modo, una experiencia entretenida. Y quizá una de las mejores mañanas que he tenido en mucho tiempo. Realmente me he levantado como dicen “con el pie izquierdo”, o como dice una amiga, “como el culo”. Y es cierto que todas las señales indican que quizá el demonio haya estado en mi habitación esta noche. Quizá alguien que trate mejor estos temas pueda decirme si son señales de un cambio de suerte.

Ahora, si me disculpáis, voy a ir a la playa a ver hasta qué límite puede aguantar un cuerpo humano. O a encontrarme con mi demonio.

29 abril, 2008

Palabras (9)

Archivado en: Palabras — Darthz @ 12:37 am

“Para ser el tío más listo del mundo, a veces eres muy tonto.”

Idiocracy

19 abril, 2008

Arde y sé feliz: Fahrenheit 451

Archivado en: Literatura — Darthz @ 12:12 am

Bradbury nos habla con el corazón en las manos en esta novela, gestando esa gran ironía que es escribir precisamente lo que para él mismo sería el mayor de los horrores: de ahí la distopía, y la irónica pero agradecida labor del maestro. La destrucción de la escritura para un escritor es, por supuesto, una antítesis, como lo es la quema de libros para un lector; y es de este fuerte recurso retórico del que se vale Bradbury para llevar a cabo esta obra maestra, dividida en tres actos, como los clásicos de aventuras, y en donde a través de su acostumbrado y genial lirismo nos conduce a una odisea terrible, estúpida, detestable y terrorífica.

Es estúpido obligar al ser humano a ser feliz, a bañarlo en la ignorancia más absoluta y otorgarle esa alegría inherente pero incierta, carente de cualquier bondad. Porque este libro nos habla de muchas cosas, de la felicidad, por ejemplo, y de la ignorancia, también. De la cultura, del individualismo, de los siempre horribles extremos, de la vida y sus silencios. Es una crítica social, y también una novela divertida, entrañable, oscura pero con un atisbo esperanzador que nunca se deja morir; y eso es lo que personifica nuestro protagonista, Guy Montag, el bombero que sí quiere pensar.

Los bomberos son el eje maligno de esta historia distópica, son el dictador de ese futuro negro y opresor, en donde sarcásticamente éstos trabajan para provocar incendios en vez de apagarlos. Buscan libros y los queman, hasta las casas enteras si es necesario y hasta… a la persona que hay dentro si no se redime a su inteligencia. Pero una mañana Montag se encuentra con Clarisse, una vecina, y se entabla una extraña relación. Ella es una chica curiosa, atrevida, que sale a pasear por las mañanas y le gusta preguntarse el por qué de las cosas. Y que, además, adora mojarse cuando llueve. Montag, en las breves conversaciones que tiene con ella, comienza a preguntarse también sobre la vida. Y a partir de ahí es imposible negarse que un hombre vaya a ir hasta el fin del mundo por conseguir lo que busca, lo que necesita: la verdad, o al menos su parte de verdad.

En esta novela la gente vive encerrada en sus casas, donde hay una televisión que aporta solo basura y nimiedad a los ojos que observan; cualquier cosa que distraiga el pensamiento y haga no-pensar (¿no les recuerda esto en parte a algo que tenemos tan cerca?); Bradbury acertó con esta reflexión, como un visionario, como el genio que es. Pero nuestro protagonista está lejos de querer ser como todos esos hombres sin vida que se arrastran miserablemente a hacer lo mismo una y otra vez, sin sentido, como títeres. Destrozados por la absurda ignorancia del que nunca quiere avanzar, saber, descubrir. Montag es la antítesis del redimido; es el hombre que posee interés por lo que le rodea y, por tanto, le es inevitable preguntarse por las cosas que sustentan su vida; así que todo comienza a cambiar cuando en vez de quemar todos los libros que su oficio le obliga, recoge algunos para sí mismo y los esconde en su casa. Y de ahí, claro, como ya imaginan, comienza toda la aventura, que es inolvidable y aterradoramente triste.

Triste porque hiere ver a una cadena de zombis arrastrándose hacia la nada más absoluta. Aterradora porque sabemos que, desgraciadamente, existe, sigue y seguirá existiendo esta historia. Porque cuando el ser humano queda inerme, ser débil es la pose por naturaleza, y quedar invadidos por la ignorancia la única salida posible.

8 abril, 2008

Esos queridos hijos de puta

Archivado en: Cine — Darthz @ 8:48 pm

Hay ciertos tipos de personas que todos conocemos, sobre todo aquellos asiduos a las salas de cine, o que la suelen visitar al menos eventualmente. Aquí intentaré dar rienda suelta al humor, al absurdo, y por qué no, a la descalificación gratuita, debido a que el lector, identificándose con lo descrito, acudirá a reírse sonoramente o, por el contrario, a sonreír como un imbécil tras la pantalla, y esa será la gloria de este artículo, o el desastre. En honor a todos esos individuos que se dedican a llenar las salas de cine, para hacer del lugar un edén a los que sólo pretenden disfrutar de un filme. En honor, digo, a todos esos hijos de puta que tanto los quiero.

Para ir creando lo que propiamente el escritor llama un clímax, no quisiera empezar a aturrullar al que lee estas líneas hablándole de los especímenes más extraordinarios que podemos encontrarnos, y que yo me he encontrado, gracias a Dios; sino de aquellos que en primera línea son más inocentes, normales, ordinarios, correctos.

Todos conocemos a ese hombre solitario que acude sin compañía a ver la película en cuestión, para sentarse irónicamente en los grupos de butacas de dos asientos, o para confundirse entre la muchedumbre del centro del cine (sí, allí donde van todos aquellos que no piden un lugar concreto). Son gente que raramente hablan, y que lo único que hacen es mirar hacia todos lados cuando se encienden las luces, quizá cagándose en la puta madre de todos los que le han jodido la película, ya que el señor no pudo comentar nada que no fuera a sí mismo (y dudo que gritase o abriese la boca para ello). Creyéndose el genio de la sala, el más oportuno para criticar a todos los niñatos de la última fila, y a las pijas de las primeras. Pero no le falta razón. Normalmente solemos estar ante el prototipo de hombre cuarentón, calvo, y que luce un rolex de plata que deja cegato al que lo mira.

En mi experiencia me he encontrado con muchas clases de personas en estos lugares, pero sin duda alguna se lleva la palma el “freak” (friki, para estos tiempos que corren). Suele ser una persona que está normalmente escondida y de la que nunca nadie sabrá su localización exacta, hasta que se enciendan las luces y, quizá, alguien lo señale y éste, aún riéndose, lo corrobore con una sonrisa pretenciosa. Suelen ser personas normales, como tú y como yo, pero que se ríen a destiempo. Quiero decir, siempre hay alguien en la sala que se ríe cuando todos estamos callados. Eso cada uno de los que estamos aquí presentes lo sabemos. Seguramente sea esa persona que ha entendido, o creído entender, un guiño a alguna serie o frase, o a algún cómic que se ha leído trescientas veces, o a alguna imagen que le recordará a su pintor favorito, y soltará unas cuantas carcajadas ante el silencio espectral de todos los que le rodean: los demás en la sala. Suelen reconocerse por eso, porque van siempre a contracorriente y se ríen solos, excepto en algunas ocasiones, que acaban siendo acompañados por algún otro “freak” del fondo de la sala… A veces se produce lo que yo llamo el “efecto dominó de la risa sin razón”, y esto nos lleva a la siguiente clase de especímenes, tratados e investigados por multitud de ilustres intelectuales, que aún no llegaron a una conclusión esclarecedora.

Son los que a mí me gusta llamar “imbéciles sin complejo”. Ojo a la palabra “imbécil”, que yo suelo soltarla siempre con mucho cariño, pues son estos seres tal vez los que mejor me lo han hecho pasar en una sala llena de idiotas. Y es que realmente uno acaba riéndose hasta un límite histriónico, absurdo, hilarante. Suele producirse este efecto del que hablaba cuando un freak, o una persona “no freak”, es decir, normal, como tú y como yo (¿sí?), se ríe de algo que a nadie parece haberle hecho gracia. Y he aquí el factor más importante: es una de esas personas que poseen la llamada “risa contagiosa”. Sé que muchos obvian estas terminologías, pero a pesar de mi corta existencia, pues tan joven soy, he podido descubrir que este tipo de virus, existe. Existe, y es mortal, aunque en realidad no nos muramos, y digamos figuradamente que nos “hemos muerto de la risa”. Sí, nos hemos muerto de la risa al final en el cine porque un cabrón contagió a toda la sala. Recordaré sólo una escena: todo a oscuras, una película de “terror”, un hombre con unos pulmones inmensos (esto es una suposición del autor de este artículo), y una risa entremezclada con llanto, chillona y horriblemente patética, hace de repente aparición en la sala. A los segundos comienzan en la otra esquina a reírse. Y luego los del centro. Y después los del lado contrario, y los de abajo, y los de arriba. Y todo el mundo está riéndose, de fondo, porque claro la risa chillona e histriónica del histrión (valga la redundancia), no deja de sonar. Y lo hace por encima de las demás, pues tan absoluta es. No es éste el caso de la “defensa psicológica”, en la que el individuo se ríe (cruel ironía), cuando realmente está sintiendo un miedo terrible, para hacer mostrar su lado más machote (y absurdo) al que ha de soportarlo, pues este caso lo veremos ahora mismo.

Son normalmente adolescentes a los que aún les está creciendo el pelo en sus partes más íntimas, con argolla y peinados que parecen ser hechos al azar; o chicas que parecen haber asistido a clases de “gritos con talento”, que deberían haberse dado un afeitado con el barbero Sweeney Todd. Suelen ir en grupos inmensos, para destacar por la gran masa de la sala, e incluso han de distribuirse en varios grupos, a veces en varias esquinas. Suele haber problemas porque todos quieren estar en el mismo sitio, y se acaban separando y formando parejas de lo más inesperadas. Son, también, esa parte de especímenes que suelen tardar más de diez minutos en sentarse cuando la película ya ha comenzado, y que no dejan a los de más arriba ver el largometraje. Aunque a estos últimos los podemos identificar mejor como un subgrupo denominado “los acaparadores de pantalla”. Me pregunto si incrustándolos contra la enorme plana quizá se sientan más felices. De los especímenes que hablábamos, los adolescentes, son esas pandillas en las que siempre uno o dos se ríen en las escenas de más miedo, mientras las chicas gritan dejando sordo a los que humildemente han venido a sentir miedo ficticio y no a temer por la pérdida del oído. Suelen provocar disgusto en los más viejos y discusiones o indiferencia en los más jóvenes. A veces, incomprensiblemente, son echados de la sala y mandados “a tomar por culo”.

Ahora vamos a hablar de lo que, en mi modesta opinión, suelen ser los especímenes más peligrosos, más sectarios y, normalmente, mayormente reproducidos por toda la población cinéfila. Son aquellos que muchos apodan como “loros”, pero que a mí me gusta llamar sencillamente “tocapelotas”. Los hay de varios tipos, pero todos tienen una misión en común: molestar con comentarios continuos. Además, suelen coger siempre a una víctima, que es precisamente esa a la que no le interesa lo más mínimo su opinión, sus preguntas, o sus suposiciones extraordinarias sobre cómo será el final de la película (como si acaso esto fuese lo único que importa). Y también suelen practicar esta labor cuando precisamente estás en el momento culmen de la película, o el momento exacto en que te quieres enterar de lo que a continuación se iba a decir. Claro, siempre te lo joden. Los hay incesantes, que no paran durante todo el filme. Son esos murmullos que se oyen como desde la lejanía en el cine, pero que nunca para, y que te preguntas constantemente de dónde vendrá, y por eso tienen algo en común con el freak: que nunca son localizados, quizá no hasta que acabe la película. Pero todos lo oyen, oh sí, e incluso más de una vez oiréis a los más capacitados para silbar o gritar haciendo sonidos y mandando a callar con la conocida onomatopeya, pidiendo silencio de una puta vez. A esa gente todos los admiran; son, realmente, otro espécimen. Son los héroes, los alardeados, los queridos por todos, los que reclaman la plebe, el pueblo. Luego, existen los “tocapelotas espoilereadores”, que son aquellos que le cuentan al de al lado lo que va a pasar a continuación, porque son tan inteligentes que ya han visto la película dos veces y han vuelto a pagar para verla, con la consecutiva admiración de la fila delantera que también lo ha oído y se divierten mucho-muchísimo con los comentarios del visionario, que luego se ve que no era tan vidente, sino un perfecto imbécil. Pero hay loros de todos los tipos, y también los hay que preguntan incesantemente sobre qué está ocurriendo y parece que no se enteren de nada. Y es entonces cuándo tú te preguntas si realmente esta gente debería ver cine o sencillamente dedicarse a escribir su nombre por las paredes, o a sacarse mocos. O a eructar viendo la tele (aunque tampoco la entiendan).

Para ir terminando, podemos hablar de esos especímenes que no por menos molestos dejan de molestar. Son los besucones, los enamorados, los que pagan cinco o diez euros para demostrar sus excesos de estrógeno en la sala. Los que no paran de molestar a los de su alrededor con continuas risitas, gimoteos, y besos que suenan como mil demonios en el silencio del lugar. Son gente que normalmente no tiene dinero para alquilarse una habitación de hotel o que está pasando frío en la calle, y a veces, deciden cometer actos más ilícitos en estos lugares públicos. Aunque estas actividades lúdicas suelen realizarse cuando una sala está realmente vacía, también los hay que lo hacen, con disimulo, en un estreno. Y no miento, pero esto se sale ya de las líneas de este artículo.

Para terminar definitivamente podemos nombrar brevemente a una raza superinteligente de especímenes que se ha ido formando, a merced del avance analógico de las tecnologías, al mismo tiempo. Son los cinéfilos-móviles, y no los llamamos así precisamente porque se muevan (podrían moverse hacia la salida, y luego hacia su casa), sino porque continuamente insistirán en revisar la bandeja de correo de su teléfono móvil, enviar mensajes e incluso recibirlos y leerlos, sin importar el momento en el que esté la película o si incluso está en su escena más significativa. Molestan a los de su alrededor por la luz de la pantalla, pero ellos nunca se dan cuenta de esto. También existen los que parecen que sufran de incontinencia urinaria y a cada momento tenga que ir al servicio, para molestar siempre -cómo no-, dado que suelen estar en el centro de la fila y han de pedir permiso a más de diez personas y salir. Y al salir, te suelen pisar los pies. Eso nunca falla. Son tan cabrones que te piden hasta perdón, y así te hacen perder durante más tiempo la vista de la pantalla. A veces se te llegan hasta a caer las palomitas y la bebida, y se forma una dantesca situación que en este artículo obviaremos por impropia.

El título de este artículo era en el fondo un travieso juego de elogio y admiración a lo que, para mí, son mis más queridos especímenes. Nótese cierta o total ironía en mis palabras. Sí, todo esto va dedicado a esos hijos de puta, a esos mosquitos, polillas, y otras variedades de insectos que parecen colarse siempre en las salas. No sé si en el lugar al que usted acude esto ocurre, pero juro que aquí en Cádiz siempre es igual. Y parece que más que ir al cine, a uno lo hayan llevado a una selva africana.

Podríamos hablar también de esos especímenes que permanecen callados y atentos durante toda la película a lo que acontece, pero desgraciadamente no le vamos a poder dedicar más de dos líneas. Ya sabéis, a joderse, por ser tan poco originales.

A los demás, os dedico este artículo. Con el cariño de un imbécil.

23 marzo, 2008

De un excelente guión… robamos una hermosa “orquídea”

Archivado en: Referentes — Darthz @ 2:42 am

«¿Qué tal si un escritor desea crear una historia donde no pasa mucho? Donde la gente no cambia ni tiene revelaciones. Luchan, se frustran y no se resuelve nada. Más como en el mundo real.»

«¿El mundo real?»

«Sí, señor.»

«El puto mundo real. Antes que nada, escribe un guión sin conflicto ni crisis… y tu público se morirá de aburrimiento. Segundo, ¿no pasa nada en el mundo? ¿Estás completamente loco? Hay asesinatos todos los días. Hay genocidios, guerras, corrupción. Todos los días, en algún lado… alguien sacrifica su vida para salvar a otro. ¡Todos los días alguien decide, conscientemente… destruir a alguien más! ¡La gente encuentra amor y lo pierde! ¡Un niño ve cómo matan a su mamá a golpes entrando a una iglesia! ¡Alguien tiene hambre! ¡Alguien traiciona a su mejor amigo por una mujer! ¡Si no puedes encontrar esas cosas en la vida… entonces, amigo, no sabes una puta mierda de la vida!»

Charlie Kaufman y Donald Kaufman, El ladrón de orquídeas

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