Uno siente una trillada pero importantísima reflexión muy adentro cuando lee ciencia ficción, por ejemplo, y comprende que quizá el futuro que estemos formando no sea tan bueno como pensamos. Ocurre también cuando a nuestras manos llega una novela como 1984, y nos acerca a un mundo que ha perdido los papeles y que ya lo hemos sufrido, a la antigua República Democrática Alemana, invención de mil demonios y hombres corrompidos que, como siempre, son arrastrados por el poder al averno de la estulticia. Lo triste de esto no es que ellos sean los únicos que se enderezan en esa mala senda, sino que dirigen consigo a toda una fila de meros espectadores, a todos nosotros. Son muchos los escritos que se han acercado a ese mundo confinado por unos pocos en el que se intenta sacar del hombre hasta su propia consciencia, haciendo de ellos simples máquinas para producir aquello que necesitan los que atienden desde el poder; pero ha sido la película nominada y ganadora recientemente de un oscar a mejor película extranjera: “La vida de los otros”, la que me ha llevado a reflexionar un poco más acerca de todo esto.
Es una peregrina pero muy curiosa reflexión el ser nosotros mismos nuestros propios destructores; pero el ser humano es así, torpe y estúpido por naturaleza, imperfecto e insolidario hasta consigo mismo. En la película se nos presenta a un oficial (Gerd Wiesler) de la Stasi, la omnipotente policía secreta de la Alemania comunista, al cual se le encomienda la misión de seguir secretamente, con micrófonos y toda clase de aparatos de espionaje camuflados, al prestigioso poeta y dramaturgo Georg Dreyman y la popular actriz Christa-Maria Sieland, desde una oficina en la que se hacen turnos para apuntar a máquina un historial con cada situación que ocurra entre las cuatro paredes donde conviven; y así tienen a la mayoría de la población, llevando a la cárcel a gente inocente por el simple hecho de no sentirse de un partido, por un comentario precipitado o un alegato a la desidia de los hombres que mueven todos los hilos de una sociedad hermética, robótica y desesperada.
Este oficial, al contemplar y darse cuenta de la fechoría y la maldad de la sociedad a la que se ha consumado, empieza a concienciarse y a actuar en contra del partido pero desde la sombra, de manera que nadie pueda ejercer cargos contra él, ayudando finalmente a ese pobre escritor que intenta llevar sus plegarías en versos a Occidente, el mundo libre, y salir de esa tierra de tinieblas y censura en la que vive. La película es intensa, con una banda sonora deliciosa y que hace puro entretenimiento para deleite del espectador, y a los que hemos leído –como apuntaba antes- la novela 1984 nos recuerda inevitablemente a todas aquellas estrambóticas páginas que nos sumergieron de lleno en una historia llena de tristeza y dolor.
Así, un final inesperado y sorprendente nos llena de alegría al sentirnos viendo una película de calidad y que no sólo ya es entretenimiento, sino una cruda reflexión hacia la honda depresión a la que ya el ser humano se sumergió una vez, y que puede que vuelva a repetirse como un ciclo sin retorno, aunque sea de distinta manera o desde otras perspectivas; porque a fin de cuentas, eso es el ser humano, una máquina de autodestrucción.
Las actuaciones están llenas de fuerza y la cámara y la puesta en escena cumplen con su cometido, presentándonos una película sincera y directa, dura, cruel y despiadada, pero que nos acerca a una realidad que no es que esté lejos, sino que ya ha ocurrido, y que desgraciadamente seguirá ocurriendo mientras el poder se use con el fin de manipular el mundo y tener en las manos la conciencia de los demás.



