Palabras, palabras, palabras…

27 Febrero, 2007

Vamos a devorarnos: La vida de los otros y 1984.

Archivado en: Cine — Darthz @ 11:50 pm

Uno siente una trillada pero importantísima reflexión muy adentro cuando lee ciencia ficción, por ejemplo, y comprende que quizá el futuro que estemos formando no sea tan bueno como pensamos. Ocurre también cuando a nuestras manos llega una novela como 1984, y nos acerca a un mundo que ha perdido los papeles y que ya lo hemos sufrido, a la antigua República Democrática Alemana, invención de mil demonios y hombres corrompidos que, como siempre, son arrastrados por el poder al averno de la estulticia. Lo triste de esto no es que ellos sean los únicos que se enderezan en esa mala senda, sino que dirigen consigo a toda una fila de meros espectadores, a todos nosotros. Son muchos los escritos que se han acercado a ese mundo confinado por unos pocos en el que se intenta sacar del hombre hasta su propia consciencia, haciendo de ellos simples máquinas para producir aquello que necesitan los que atienden desde el poder; pero ha sido la película nominada y ganadora recientemente de un oscar a mejor película extranjera: “La vida de los otros”, la que me ha llevado a reflexionar un poco más acerca de todo esto.

Es una peregrina pero muy curiosa reflexión el ser nosotros mismos nuestros propios destructores; pero el ser humano es así, torpe y estúpido por naturaleza, imperfecto e insolidario hasta consigo mismo. En la película se nos presenta a un oficial (Gerd Wiesler) de la Stasi, la omnipotente policía secreta de la Alemania comunista, al cual se le encomienda la misión de seguir secretamente, con micrófonos y toda clase de aparatos de espionaje camuflados, al prestigioso poeta y dramaturgo Georg Dreyman y la popular actriz Christa-Maria Sieland, desde una oficina en la que se hacen turnos para apuntar a máquina un historial con cada situación que ocurra entre las cuatro paredes donde conviven; y así tienen a la mayoría de la población, llevando a la cárcel a gente inocente por el simple hecho de no sentirse de un partido, por un comentario precipitado o un alegato a la desidia de los hombres que mueven todos los hilos de una sociedad hermética, robótica y desesperada.

Este oficial, al contemplar y darse cuenta de la fechoría y la maldad de la sociedad a la que se ha consumado, empieza a concienciarse y a actuar en contra del partido pero desde la sombra, de manera que nadie pueda ejercer cargos contra él, ayudando finalmente a ese pobre escritor que intenta llevar sus plegarías en versos a Occidente, el mundo libre, y salir de esa tierra de tinieblas y censura en la que vive. La película es intensa, con una banda sonora deliciosa y que hace puro entretenimiento para deleite del espectador, y a los que hemos leído –como apuntaba antes- la novela 1984 nos recuerda inevitablemente a todas aquellas estrambóticas páginas que nos sumergieron de lleno en una historia llena de tristeza y dolor.

Así, un final inesperado y sorprendente nos llena de alegría al sentirnos viendo una película de calidad y que no sólo ya es entretenimiento, sino una cruda reflexión hacia la honda depresión a la que ya el ser humano se sumergió una vez, y que puede que vuelva a repetirse como un ciclo sin retorno, aunque sea de distinta manera o desde otras perspectivas; porque a fin de cuentas, eso es el ser humano, una máquina de autodestrucción.

Las actuaciones están llenas de fuerza y la cámara y la puesta en escena cumplen con su cometido, presentándonos una película sincera y directa, dura, cruel y despiadada, pero que nos acerca a una realidad que no es que esté lejos, sino que ya ha ocurrido, y que desgraciadamente seguirá ocurriendo mientras el poder se use con el fin de manipular el mundo y tener en las manos la conciencia de los demás.

23 Febrero, 2007

Descendencia

Archivado en: Delirios de Hamlet — Darthz @ 1:21 am

Hay un lazo único e indivisible que nos une al mundo desde que nacemos: la familia. Muchas veces no somos conscientes de que momento a momento desde el día en que nuestra madre nos da a luz, estamos asistiendo a lo mismo que ya vieron venir aquéllos que nos miraban desde arriba. No es necesario que la sangre sea idéntica en esas personas para que se unan en parentela; pues esto se forma a través de la experiencia y los sentimientos, y eso sólo lo dan las personas que desde que no tenemos juicio de razón nos dan la mano y nos acompañan en el camino. Sean muchas o pocas, las hay y de ellas aprendemos la base que luego nos sostendrá cuando caigamos.

No siempre ocurre que ese lazo sea fuerte e imperecedero, y en muchas ocasiones acaba siendo llevado a lindes de las que nosotros antaño nos asombraríamos, y muchas otras siendo un vago recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue; otras, nos conformamos con la idea de que ese lazo se ha roto y nunca más volverá hacia nosotros, obviando que nunca muere lo que se hizo por amor, por mucho que odiemos y neguemos su existencia. También existe el momento en que ese lazo se divide en partes, y a veces incluso nos olvidamos de la más importante, el principio, gracias a la cual estamos donde estamos. Es difícil mantener la vista permanente durante toda la travesía, pues no somos ni perfectos ni estamos capacitados para admirar la profundidad de toda una vida en sólo un momento; pero atisbamos mucho de ésta cuando el mundo, literalmente, se nos viene encima.

A veces no comprendemos como hemos podido hacer tanto daño a aquellos que nos dieron vida, ni tampoco el mismo que hemos recibido nosotros. No es pura casualidad que a base de las tragedias vayamos aprendiendo un poco más de nosotros mismos, y sobre todo, a amar aquello que de verdad nos da un motivo y aliento de vida. Es difícil mantener una constante dichosa y productiva en todas nuestras acciones, y aún más en mantener no sólo ya nuestra felicidad sino la de aquellos que cargaron tantos años con nosotros, y que ahora con ojos más sabios, los vemos de otra manera. Es innegable acceder a la idea de que como todo, nada es para siempre, y que mientras estemos aquí hemos de dar al mundo lo que creemos que hemos de dar y lo que verdaderamente nos haga sentirnos a gusto; desgraciadamente no esto siempre es posible, a menudo acuden factores que antes habíamos obviado y de repente están ahí: una absurda timidez a expresar los sentimientos de los que tan fácilmente se hablan con las miradas o los silencios; un sentido del respeto un tanto endeble en muchas ocasiones; y una ignorancia sobre todo cuánto aquello hicieron por nosotros y apenas recordamos.

Me estremece la idea de pensar la desdicha que puede causar un hijo a su padre y viceversa, y también la felicidad. Como motor primordial existe la fuerza entrañable y extraordinaria del amor, el verdadero Eros que es dado por un hombre que ha luchado por alguien más que por si mismo; y a veces no queda más remedio que aguantar los golpes de uno, y el otro los del otro, y recibir cuánto podamos otorgándonos un dolor que no era nuestro, pero que empieza a serlo desde el momento en que se ama. Una extraña mezcla de amor y odio, de respeto y rebeldía, de sinvergonzonería y vergüenza se nos une a esto que llamamos vida cuando hablamos con un padre o una madre; es innegable que todos estos sentimientos sean creados por aquellos que nos enseñaron estas mismas sensaciones y nos las descubrieron en un arrebato de creación y solidaridad al mundo, y también a sí mismos.

Hace poco me decían que el orgullo de un padre o una madre debe de ser el de enseñar a su hijo todo cuánto sabe, y yo no estaba de acuerdo. No creo que eso sea tanto orgullo como responsabilidad y amor; el orgullo, decía yo, viene dado cuando se recoge todo aquello que en su día sembraron, incluso viendo quizá como el propio hijo sabe incluso más que uno mismo, o puede enseñarle algo a este. La sensación de haber dado al mundo algo que ya anda por sí solo, piensa y puede producir tantas cosas, debe de ser enternecedora y envidiable, aunque también debe de traer una honda sensación de melancolía al ver que los caminos normalmente acaban separándose y que no siempre puedes estar al lado de ese ser al que amas; y es que a veces, por circunstancias de la vida, uno no siempre pudo estar ahí, y el alma de uno se congoja cuando piensa en la de veces que hubiese necesitado ese momento y nunca lo tuvo. Normalmente reemplazamos estos pedazos de vida por otros, y los llenamos de otras fuentes; pero no siempre tendrán la fuerza de esos que nos vieron nacer.

En definitiva, las relaciones entre padres e hijos y madres e hijos suelen ser bastante comunes en su mayoría, y muchos de esos momentos se repiten en todas las historias, y existe un factor común que suele unirlos a todos en una misma viñeta: el dolor y la alegría. No podemos negarnos que un día descubriremos una dolorosa sensación en el corazón y que otras radiaremos de alegría al comprender que no todo marcha tan mal como pensábamos. Existen padres que otorgan un tipo de educación y otros que otra, algunos que ni siquiera la imparten y se la ceden a unos seres desconocidos; algunos nunca estuvieron donde tuvieron que estar, y otros a ratos aparecieron como debieron. A veces las relaciones son tempestuosas y se piensa que causaron nada más que dolor, y también muchas otras se congenia en un término medio. Existen tantos casos como colores, y momentos como vidas; no podemos intentar solucionar este mundo, pero si quizá una parte de él otorgándole todo cuánto sabemos y amamos a aquellos que un día nos precederán. El tiempo nos demuestra realmente quienes fueron los que siempre estuvieron ahí y supieron aceptar como somos, fuimos, y seremos.

A mis padres, que siempre estuvieron ahí.

21 Febrero, 2007

Hoy lo entiendo todo

Archivado en: Creaciones — Darthz @ 1:17 am

Hoy lo entiendo todo.
Ayer es un rastro vivido,
condenado a los ojos
de un niño.
Y los años del jardín pasan,
edén e infierno ante tus ojos,
pero tu sigues siendo ese niño.
Hoy lo entiendo todo.
El presente es un pasado herido,
condenado a los ojos viejos
del impredecible futuro.
Y la esperanza de una mejor vida
nos hace seguir soñando,
creando un fruto maduro
con las raíces perdidas
en los ojos de un niño.

18 Febrero, 2007

Te digo adiós

Archivado en: Referentes — Darthz @ 10:48 pm

Te digo adiós y, acaso, te quiero todavía,
no puedo olvidarte, pero te digo adiós.
No sé si me quisiste, no sé si te quería,
o tal vez nos quisimos, demasiado, los dos.

Ese cariño nuestro apasionado y loco,
me lo metí en el alma, para quererte a ti.
No sé si te amé mucho, no sé si te amé poco,
pero sé que nunca volveré a amar así.

Te digo adiós y, acaso, con esta despedida
mis mejores sueños mueren dentro de mí.
Pero te digo adiós, para toda la vida
aunque toda la vida siga pensando en ti.


José Ángel Buesa

17 Febrero, 2007

Sobre nosotros, caretas y disfraces.

Archivado en: Delirios de Hamlet — Darthz @ 10:51 pm

Desde hace unos días nos venimos preparando para los ansiados carnavales. Esa época en la que todo lo vale, en la que te puedes reír de tu alcalde a la cara y que éste no pueda decir ni mú; en donde las gentes se van amontonando en las tiendas desde semanas atrás buscando un bonito conjunto con el que pasear estos días de desparpajo y emoción. Lo cierto es que la manera más fácil y sencilla de sacar a la luz todo aquello que por pudor o vergüenza dejas atrás en los días fuera de estas fiestas, es en los carnavales; la gente se olvida por un momento de quienes son y han de tomar las riendas de un pirata, de una bruja, de un borracho o de el capitán América.

Pero esa tópica reflexión no es más que el inicio de lo que quería ahora articular sobre nosotros mismos, las personas y sus peregrinas actuaciones en vida. Siempre me he dicho que la vida para la gran parte de la gente es un eterno e imperecedero carnaval, un ir y venir de disfraces, caretas y modos de actuación. La manera más fácil de sobrevivir es ser un mentiroso, o mejor dicho, un hipócrita; y aunque ningunos nos libremos de esta lastra que arrastramos con más pericia cuánto más mayores somos, no hay mas que echar una mirada en derredor para comprender que la fiesta se traslada a cada uno de nuestros días, y que no hace falta llevar un antifaz y una peluca para ser un participante más de la celebración.

No hay mentira más verdadera que la de nuestras propias vidas, y atuendo más horroroso que el que vestimos cada despertar al alba. Algunos atendemos la idea de que tantas caretas y disfraces nos pueden acabar destrozando y haciéndonos creer nuestra propia mentira, envenenada y perspicaz, que se esconde tras nuestros ojos y nos hace ver lo que realmente no deseamos; entonces aprendemos a liberarnos de cuántas máscaras llevamos encima, o al menos, a deteriorar aquellas que realmente podrían hacernos un daño inconsciente. Pero lo cierto es que la mayoría desatiende cualquiera de estos razonamientos y sigue la vía fácil, se esconde tras lo que dice ser y no lo que verdaderamente es, conservando el disfraz durante toda la vida o gran parte de sus momentos.

A menudo es difícil distinguir en alguien cuál es su persona y cuál es el disfraz con el que se compenetra, pues lo cierto es que la mayoría de las veces son ya uno mismo. Se aferran a la idea de que una máscara puede ser más fuerte que la propia tez al aire, y que un harapo de aventuras va a ocultar sus verdaderos sentimientos, cuando todos sabemos que al final esto lo acaba rompiendo todo, dejando al descubierto a un mentiroso ridículo y obstinado.

Entradas siguientes »

Blog de WordPress.com.