Palabras, palabras, palabras…

15 Abril, 2007

Recuerdos que han ardido y otros que no

Archivado en: Delirios de Hamlet — Darthz @ 7:21 pm

Acabo de mandar al diablo más de un centenar de libros, pesadillas y bonitos recuerdos. He puesto, como decimos por aquí “patas arriba” mi habitación, y he encontrado cosas que ni siquiera sabía que aún persistían acumulando esos jodidos ácaros por mis cajones y estantes. Es lo más divertido de ordenar, sin duda, –dejando a parte el placer que produce limpiar algo que es tuyo y que usas a diario y verlo limpio y con espacio nuevo, e incluso más ¿maduro?– el encontrarse con cosas que creía haber dado por perdidas o incluso que no sabía ya de su existencia; algunas las volvemos a acumular entre tantas otras cosas porque nos gustan y nos traen recuerdos hermosos y hemos de retenerlos aún en nuestras manos, obviando –irónicamente– que algún día, como todo y hasta nosotros mismos, acabará en el olvido o en la pila de la inquisición para arder.

Me he batido con todo un regimiento de libros de Pesadillas; colecciones de Julio Verne que he, pardiez, vuelto a guardar; cartulinas; folios; libros regalados en el colegio (ay, esa etapa que cada vez va quedando más en el recuerdo); comics de Dragon Ball y novelas de autores que ni conozco ni creo que conoceré con títulos tan extraños como el recuerdo de las ferias de libros en los que, seguramente (sí, estoy seguro) los compré; cajas de una cámara fotográfica y otra vacía con la utilidad de un feo pero útil maletín; algún que otro libro de Harry Potter que, en intención de olvidar pero no querer tirar, metí en uno de esos cajones y no hizo más que acumular polvo durante años; mucha literatura infantil, libros de cuando pequeño y que posiblemente se los ceda a algún familiar menor, y hasta algún libro en inglés; también había libros que nos mandaban a leer en la escuela y que todos aborrecíamos: obras de Azorín y Mendoza, esos estúpidos lacayos de la logse y los peores sistemas educativos jamás creados, que ignoran que para empezar a amar la literatura no se le puede meter entre ceja y ceja a un niño El Quijote, sino literatura que pueda amar y con la que así se inicie en estos mares tan inhóspitos y vastos; cajas de rotuladores; discos interactivos; algún juego de ordenador; y mucha, mucha, mucha mierda, mucho polvo, muchos ácaros; mucho recuerdo y, más aún, olvido.

He ido almacenando en una bolsa todos esos cartones y folios y letras que ya nunca, me temo, leeré, y esas tantas otras cosas que me resultan inservibles o innecesarias. He tenido espacio, así, un gran espacio para ser más exactos –hasta incluso pensé mandar alguna foto sobre toda esta odisea que ha ido sucediendo esta tarde en mi cuarto– y lo he ido rellenando con muchas obras de la estantería principal donde guardo la literatura que, creo, a medida que voy creciendo, me es mejor y más apropiada, que por cierto esta es la principal causa de que haya empezado toda esta aventura como un Ulises despierto y con ganas de atravesar mares e islas. Antaño compré, y me he prometido no malgastar el dinero tan rápido y sin pensar, pero que queréis, la sociedad nos hace así y me lo perdono porque entonces no tenía mucho conocimiento sobre este arte tan mágico y pensaba que sólo existía la Dragonlance y los Warhammer, toda la trilogía de Aquasilva: sí, esos libros de ese autor que ponían como el nuevo Tolkien y que a mi me aburrió tanto (nótese esta palabra con un acento muy alargado) en sus más de cien primeras páginas, y también libros de Reinos Olvidados: títulos como El Elfo Oscuro, etc, que aunque le guardo un pequeño y hermoso recuerdo, además de ser de los primeros libros que empecé en mi adolescencia a leer y con los que me inicié en este barco tan amplio, ya no creo que debieran permanecer en esa estantería que se va acumulando de novelas de Borges y poemas de Neruda, de ensayos filósoficos y novelas de ciencia ficción de Ray Bradbury y H.G Wells, de cuentos imposibles y que nunca se olvidarán como La historia interminable o Drácula, de obras de Shakespeare, el siempre e imperecedero maestro William Shakespeare, y algún que otro clásico donde existía un lugar llamado Macondo y unas novelas surtidas de ironía y aventura de un intrépido Mark Twain; de diccionarios de sinónimos y antónimos, y leyendas de Bécquer y mitos de Lovecraft, y Robinson Crusoe y Moby Dick, y las épicas de Homero.

Puede que me esté haciendo más viejo, y por ello, más maduro, más curtido, con un conocimiento más amplio y, no quiero decir menos aventurero, sino fantasioso o surrealista. O puede que simplemente nuestro cerebro vaya desechando todo eso con lo que nos hemos iniciado y siempre nos pida más y más y debamos de romper el saco y meter nuevos conocimientos, más apropiados a esa escalera que cada vez subimos con más destreza y, me atrevería a decir, astucia.

14 Abril, 2007

El extraordinario caso del loro que concedió un milagro

Archivado en: Creaciones — Darthz @ 2:59 pm

¡Ah, amigos! Estoy segurísimo de que han tenido que escuchar la historia del loro mágico. ¿Qué no? No me engañen, ¡si es conocidísima! Préstenme un poco de su atención y tiempo y verán cómo, sea de la manera que fuese, esta historia ya la vivieron en algún que otro sitio.

El loro mágico era en su apariencia como cualquier otro loro del pueblo, o como cualquier otro loro del mundo, es decir, plumoso, con una frágil cola semejante a la lámina de una esmeralda, dos pequeñas y atrevidas patitas, y, lo que lo hacía distinto y más importante, con un pico de oro con el que era capaz de comunicarse con cualquier humano. Pero no como los loros normales, como cualquier loro del pueblo o del mundo, no; sino como una persona, capaz de pensar y decir lo que pensaba de manera más profunda incluso que muchos otros hombres.

El loro era admirado por todo el mundo, enjaulado entre aquellas barras metálicas que lo mantenían preso día sí y día también, alejado de la libertad que necesitaba. La gente lo observaba como algo extraño y enigmático. Muchos científicos se trasladaban al lugar donde hospedaban al pequeño animal parlante para intentar dar con el truco que sólo ese loro poseía: el habla absoluta. También se dirigieron a la tienda periodistas, hombres y mujeres y curiosos de cada recóndito lugar del mundo, con sus cámaras y sus flashes preparados para hacer clic. Muchos corrieron la voz de que aquel loro era un robot, y otros de que era un simple juego de ilusiones. Lo cierto es que el loro no prestó mucha atención a ninguno de aquellos turistas que pasaban cada día intentando mantener conversaciones sobre dios o sobre el mundo con él, sólo cuando llegó ante si un hombre que no decía nada, y el animal supo que se encontraba ante un sordo, habló.

Habló y habló y habló en la soledad de aquella calurosa tarde de verano, y cuando a cada segundo que pasaba vio como su hilo de voz iba perdiendo fuerza, comprendió que acababa de conceder un milagro. Las palabras fueron entrando en el alma del hombre que tenía aquel instrumento de la comunicación podrido, y para su sorpresa comenzó a hablar. En un momento el loro se mantuvo el silencio, y el sordo que ya no era sordo decía gracias, mil veces gracias, a aquel animal que le había devuelto algo que nunca tuvo: el habla.

Pero los milagros no siempre han de ser beneficiosos. Aquel hombre que vivió toda su vida en silencio y sin más problemas que: la ropa que tenía que ponerse para ir a la asociación de discapacitados, o qué ropa escoger hoy, o escribir en una libreta la comida que aquel día se le antojaba, comenzó a ver cómo su vida se complicaba a cada día que pasaba con aquel don en su boca. Sus conversaciones sobre política, dios, y hasta sobre la propia gente que lo rodeaba, lo convirtieron en un ser solitario y triste. La gente empezó a separarse de su lado y a ver en él a alguien distinto. Nunca antes había sentido aquella sensación de estar pero no querer estar en ese mundo que comenzaba a causarle pánico y resignación. Y los años pasaron, y perdió a sus amigos y a su familia, y ya nadie le ayudó a hacer nada. Quedó completamente solo. Supo entonces que su única salvación era buscar a aquel loro.

Llegó a la tienda y allí ya no había nadie, ni siquiera el dueño le prestaba atención, ya que el loro no hablaba. Así que no le costó mucho llevárselo de allí por unas pocas monedas. Una vez lo tuvo en su casa, tras muchos fracasados intentos, observó cómo el loro era totalmente incapaz de pronunciar nada, ni siquiera de repetir las palabras. Pero pasó el tiempo y fue haciéndose su amigo, encontrando en el silencio de aquel animal la paz que le hacía falta.

7 Abril, 2007

Palabras (4)

Archivado en: Palabras — Darthz @ 1:51 am

“Las personas simples quieren que los demás hagan lo mismo que ellas para no sentirse solas.”

Darthz

5 Abril, 2007

Crónicas Marcianas: reseña

Archivado en: Literatura — Darthz @ 7:23 pm

Una de las sensaciones que normalmente se graban más a fuego en nuestro inconsciente al leer un libro es la de la primera página, la incertidumbre que nos acecha cuando abrimos y olisqueamos esas hojas amarillentas o blanquecinas sin saber que nos pueden deparar, a veces con más parsimonia y otras con más prisa, acelerados o desacelerados, marcando el rumbo que en ese momento nuestras vidas llevan; otra de esas sensaciones, paradójicamente igual a la primera aunque con algo que lo cambia en esencia: la experiencia, es el acto de cerrar el libro, poner fin a esas páginas que nos han hecho seguir igual de indiferentes que en las carreteras o en los semáforos o, por el contrario, hipnotizarnos y regalarnos algo que ya nunca nadie nos podrá quitar, incluso a veces, cambiándonos la vida.

Bien, y se preguntarán por la razón de esta bizarra introducción a lo que es, o debería ser, una reseña a la novela Crónicas Marcianas. La respuesta yo tampoco se la voy a dar, simplemente les invitaré a leer esas dos sensaciones que a mí me han llegado y que, para o bien o para mal, ahora les plasmo aquí; y luego a que se adentren en esos relatos que conforman esta novela tan genial e indescriptible, o, perdonen si me equivoco –y no es indescriptible el término exacto–, tan patética y mágica.

Empecé a leerlo con la consabida lectura de algunos artículos antes y críticas y comentarios sobre esta obra que era considerada como una de las clásicas de la ciencia ficción, “el gran Ray Bradbury”, en palabras del propio Borges: “En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad…” Y sobre todo, una palabra clave en todo este conjunto de comentarios que llegaron a mi cerebro antes de comenzar la lectura: poesía. El lirismo de esta obra es tan absoluto como genial y extraordinario; no cansa, no aburre, no resulta pedante ni recargado, y resuelve todo con tal patetismo que es impensable que a uno no se le remueva algo cuando empieza a leer, y va acercándose a esas historias que nos previenen de algo que puede ser a lo que no estemos acercando o que lo veamos muy lejos o ya incluso haya pasado; porque ese es el cometido de la ciencia ficción: poner en nuestras manos una hipótesis y bañarla de fantasía, ingenio, y cariño.

Uno va metiéndose en cada relato –en algunos más que en otros– y descubriendo el genio que hay detrás de cada una de esas palabras: un hombre que sin duda tuvo que escribirlo en una etapa de pleno apogeo, de prolífica poesía, de absoluta dedicación y cariño, de esmero y entusiasmo, con pluma lograda y experimentada, adulta y risueña: sí, niño y a la vez hombre; quizá algo necesario para traspasar algo tan maravilloso y fantástico a un papel.

La otra sensación, inevitable si abres el libro y quedas absorbido y enajenado, cuando cierras el libro y sabes que aquella función tan gloriosa ha llegado a su fin, lo que te invade –y aunque hable en tercera persona usted sabe que hablo por mí– es una sensación de melancolía terrible. Añoranza. Porque cuando uno disfruta y goza tanto de algo, cuando ese algo pone fin, irremediablemente lo anhelará y querrá volver a recuperarlo alguna vez, aunque ya nunca más vuelva a ser la experiencia idéntica. Uno comprende al haber acabado el libro lo que el autor quiso expresar con todo eso que, lo queramos o no, está ahí fuera y no tan lejos de nosotros; aquello que en realidad siempre ha estado presente y siempre lo estará: el enfrentamiento de dos sociedades distintas, la ambición del hombre, el amor por conocer y conquistar, el odio por lo conocido y lo conquistado, la envidia, el amor.

Autor
Ray Douglas Bradbury (Waukegan, Illinois, Estados Unidos, 22 de agosto de 1920) uno de los autores de ciencia ficción y fantasía más representativos.
Desde su lugar de nacimiento su familia se mudó varias veces hasta establecerse finalmente en Los Ángeles en 1934. Bradbury fue un ávido lector en su juventud además de un escritor aficionado. No pudo asistir a la universidad por razones económicas. Para ganarse la vida, comenzó a vender periódicos. Posteriormente se propuso auto-educarse a través de libros y empezó a escribir cuentos en una máquina de escribir. Sus primeros trabajos los vendió a revistas a comienzo de los 40.
Existe un asteroide llamado (9766) Bradbury en su honor.

Sinopsis

Esta colección de relatos reúne la crónica de la colonización de Marte por parte de la humanidad que abandona la Tierra en sucesivas oleadas de cohetes plateados y sueña con reproducir en el Planeta rojo una civilización de perritos calientes, cómodos sofás y limonada en el porche al atardecer. Pero los colonos también traen en su equipaje las enfermedades que diezmarán a los marcianos y mostrarán muy poco respeto por una cultura planetaria, misteriosa y fascinante, que éstos intentarán proteger ante la rapacidad de los terrícolas. Escritas en la década de 1940 y situadas en el lejano futuro que comienza en 1999, estas historias, aparentemente sencillas, sirven de excusa para que Bradbury se sumerja en los misterios del alma humana y desarrolle una de las hazañas más apasionantes de la humanidad.

Edición

Ray Bradbury, 1946, 1948, 1949 y 1950.

Ediciones minotauro: 1995, 1975, 1985, 2002.

Editorial Planeta DeAgostini, S.A., 2006

Conclusión

Yo saboreé estas páginas en varias tardes soleadas en una casa perdida, alejada del murmullo y del ruido, entre jazmines y chorros de agua danzando por mi vista. Ahora les invito a que, sea cual sea vuestro escenario, comiencen, si no lo han hecho ya, esta obra y tengan el placer de conocer, como diría Borges, estos “deleitables terrores”.

Publicado también en: http://www.ociojoven.com/article/articleview/978412/

1 Abril, 2007

Crónicas Marcianas

Archivado en: Literatura — Darthz @ 6:20 pm

Saboreo en estos días de tranquilidad –casa alejada del murmullo de éste, nuestro siglo XXI– la poesía admirable incluso después de tanto tiempo de Ray Bradbury, plasmada en los relatos que conforman la novela de Crónicas marcianas. Mientras me sumergía por sus traviesas páginas, olfateaba el dulce aroma del campo, el olor a la inminente primavera, con el sol golpeándome desde lo lejos, y la fragancia del jazmín embriagando el pequeño jardín. Las páginas eran devoradas como si fuese mi único alimento, y yo una fiera salvaje que lleva días sin comer. Hacía tanto tiempo que no encontraba en un libro tanta poesía aglomerada que una agradable sensación se ha adueñado de mis ojos cada vez con más ahínco, y del silencio que compartía mi dulce tránsito por aquellas tripulaciones que viajaban a Marte, por los sueños de los marcianos y los de nosotros los terrícolas, la belleza inalterable de unas colinas azules y unos seres de ojos amarillos.

Reconozco que aún no he terminado el libro, si acaso sólo llevo unas deliciosas cien páginas leídas, pero ya sé lo que va a venir después, y si no me lo espero sé que será aún mejor de lo que he percibido ya. Cuando uno lee algo que ha sido escrito con amor y cariño, con esmero y dedicación, con arte y naturalidad, se le transmite con rapidez y encuentra en esos textos la paz que quizá en otros lugares es imposible de ver o incluso de soñar. Se aventura, como hago yo en estos relatos, y se siente en paz consigo mismo y con el mundo, porque comprende que la vida es hermosa y puede estar llena de cosas geniales, y ésta es una de ellas; un clásico que ya ha pasado a la historia de la ciencia ficción, pero que no sólo los neófitos del género deberían leer, sino todo aquél que quiera descubrir literatura y poesía al mismo tiempo, también debería hacerlo. Hacía mucho tiempo que no me pasaba el quedarme tan hipnotizado con un texto como para no querer dejar ni una de sus líneas, ni una coma, ni un acento, ni un punto ni una metáfora ni un silbido ni un diálogo. Creo que por ahora no tengo mucho más que decir.

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