
Acabo de mandar al diablo más de un centenar de libros, pesadillas y bonitos recuerdos. He puesto, como decimos por aquí “patas arriba” mi habitación, y he encontrado cosas que ni siquiera sabía que aún persistían acumulando esos jodidos ácaros por mis cajones y estantes. Es lo más divertido de ordenar, sin duda, –dejando a parte el placer que produce limpiar algo que es tuyo y que usas a diario y verlo limpio y con espacio nuevo, e incluso más ¿maduro?– el encontrarse con cosas que creía haber dado por perdidas o incluso que no sabía ya de su existencia; algunas las volvemos a acumular entre tantas otras cosas porque nos gustan y nos traen recuerdos hermosos y hemos de retenerlos aún en nuestras manos, obviando –irónicamente– que algún día, como todo y hasta nosotros mismos, acabará en el olvido o en la pila de la inquisición para arder.
Me he batido con todo un regimiento de libros de Pesadillas; colecciones de Julio Verne que he, pardiez, vuelto a guardar; cartulinas; folios; libros regalados en el colegio (ay, esa etapa que cada vez va quedando más en el recuerdo); comics de Dragon Ball y novelas de autores que ni conozco ni creo que conoceré con títulos tan extraños como el recuerdo de las ferias de libros en los que, seguramente (sí, estoy seguro) los compré; cajas de una cámara fotográfica y otra vacía con la utilidad de un feo pero útil maletín; algún que otro libro de Harry Potter que, en intención de olvidar pero no querer tirar, metí en uno de esos cajones y no hizo más que acumular polvo durante años; mucha literatura infantil, libros de cuando pequeño y que posiblemente se los ceda a algún familiar menor, y hasta algún libro en inglés; también había libros que nos mandaban a leer en la escuela y que todos aborrecíamos: obras de Azorín y Mendoza, esos estúpidos lacayos de la logse y los peores sistemas educativos jamás creados, que ignoran que para empezar a amar la literatura no se le puede meter entre ceja y ceja a un niño El Quijote, sino literatura que pueda amar y con la que así se inicie en estos mares tan inhóspitos y vastos; cajas de rotuladores; discos interactivos; algún juego de ordenador; y mucha, mucha, mucha mierda, mucho polvo, muchos ácaros; mucho recuerdo y, más aún, olvido.
He ido almacenando en una bolsa todos esos cartones y folios y letras que ya nunca, me temo, leeré, y esas tantas otras cosas que me resultan inservibles o innecesarias. He tenido espacio, así, un gran espacio para ser más exactos –hasta incluso pensé mandar alguna foto sobre toda esta odisea que ha ido sucediendo esta tarde en mi cuarto– y lo he ido rellenando con muchas obras de la estantería principal donde guardo la literatura que, creo, a medida que voy creciendo, me es mejor y más apropiada, que por cierto esta es la principal causa de que haya empezado toda esta aventura como un Ulises despierto y con ganas de atravesar mares e islas. Antaño compré, y me he prometido no malgastar el dinero tan rápido y sin pensar, pero que queréis, la sociedad nos hace así y me lo perdono porque entonces no tenía mucho conocimiento sobre este arte tan mágico y pensaba que sólo existía la Dragonlance y los Warhammer, toda la trilogía de Aquasilva: sí, esos libros de ese autor que ponían como el nuevo Tolkien y que a mi me aburrió tanto (nótese esta palabra con un acento muy alargado) en sus más de cien primeras páginas, y también libros de Reinos Olvidados: títulos como El Elfo Oscuro, etc, que aunque le guardo un pequeño y hermoso recuerdo, además de ser de los primeros libros que empecé en mi adolescencia a leer y con los que me inicié en este barco tan amplio, ya no creo que debieran permanecer en esa estantería que se va acumulando de novelas de Borges y poemas de Neruda, de ensayos filósoficos y novelas de ciencia ficción de Ray Bradbury y H.G Wells, de cuentos imposibles y que nunca se olvidarán como La historia interminable o Drácula, de obras de Shakespeare, el siempre e imperecedero maestro William Shakespeare, y algún que otro clásico donde existía un lugar llamado Macondo y unas novelas surtidas de ironía y aventura de un intrépido Mark Twain; de diccionarios de sinónimos y antónimos, y leyendas de Bécquer y mitos de Lovecraft, y Robinson Crusoe y Moby Dick, y las épicas de Homero.
Puede que me esté haciendo más viejo, y por ello, más maduro, más curtido, con un conocimiento más amplio y, no quiero decir menos aventurero, sino fantasioso o surrealista. O puede que simplemente nuestro cerebro vaya desechando todo eso con lo que nos hemos iniciado y siempre nos pida más y más y debamos de romper el saco y meter nuevos conocimientos, más apropiados a esa escalera que cada vez subimos con más destreza y, me atrevería a decir, astucia.



