Palabras, palabras, palabras…

30 Mayo, 2007

Perdidos, final de la tercera temporada

Archivado en: Cine — Darthz @ 11:19 am

Son momentos memorables que no han de ser perdidos. La serie apunta cada vez más alto, a ser toda una odisea. Sí, a la misma Odisea a la que se enfrentó Ulises, por ejemplo. No puedo obviar este detalle antes de empezar a hablar en este artículo acerca del trepidante y asombroso cierre de la tercera temporada de una de las series más elaboradas de los últimos tiempos. No sé si Ulises, en su astucia e ingenio, sabría leer las líneas del futuro, pero muy cerca me parece que está –quizá como símbolo metafórico de lo que realmente les sucede a todos en la isla– Desmond de convertirse en este personaje homérico. En este último capítulo se ve a su mujer, la cual curiosamente también se llama Penélope, desesperada, encontrando –o al menos buscando– el paraje de su marido. Todos recordaremos que Ulises partió a su Odisea dejando a su mujer sola, la cual jamás dejó de llorar su perdida y esperaría irremediablemente su llegada a Ítaca. ¿Es una simple casualidad esta comparación?

Memorable también la escena en que se nos presenta al todopoderoso dios de esa isla mitad fantasía mitad realidad: Jacob, curiosamente reencarnado en el niño Walt, en la que, ante un Locke abatido, sin movilidad en las piernas y más muerto que vivo, le dice levántate y anda. Y se levanta, y anda. Y vuelve a estar bien, luego lo vemos de nuevo al final del capítulo. Trágate otro momento bíblico, toma ya. Me van a decir que esta serie no es épica, o que por lo menos no apunta alto. ¿Será desde ahora John Locke el nuevo siervo de Dios? O, perdónenme, Jesús –Jacob– el que obra milagros. Recuerdo que al principio se hablaba, o al menos se sostenía la teoría, de que Locke era algo así como un Dios. Al menos, ahora, tiene un lazo con él, o con eso que da “magia” a la isla.

¿Es realmente la isla su –nuestra– propia Ítaca, o es la Ítaca donde Penélope espera a Desmond? ¿Por qué Jack se lamenta en el flash fordward de haber salido de allí? ¿Quedan supervivientes dentro? ¿Por qué su vida es tan triste y desastrosa que intenta suicidarse? Se puede observar claramente su obsesión con volver a la isla, incluso llegando a pensar, en ese suicidio en el puente, que la muerte lo llevará de nuevo a esa isla donde, según parece, queda algo por resolver. Misteriosamente, cuando va a lanzarse al vacío desde el puente, un coche que pasa por su lado tiene un accidente y el alma heroica de Jack ha de hacer de nuevo aparición y salva a los que iban adentro. Luego, en el hospital y en otros lugares, la gente lo recuerda como “el héroe”. Lo más extraño de todo es que lo recuerden por haber salvado a dos personas de un accidente de tráfico y no por aquella odisea en la isla, por volver como superviviente, algo que ya incluso había sido provisto como imposible porque ya habían sido dado por muertos.

¿Qué es realmente la isla? ¿Se ha ocultado misteriosamente todo lo ocurrido y ese es el peso que Jack carga sobre sus hombros y por ello está tan deprimido? ¿Quizá, como Ben le advirtió, realmente eran ellos los buenos y hacer aquella última llamada fue el principio del fin? ¿Los que vienen a rescatarlos ahora a la isla son más siervos de Dharma?

Charlie –ese personaje que se pasa al lado oscuro cual Anakin ensombrecido por la fuerza oscura, y luego retoma la senda de la Fuerza–, siguiendo su destino, como un héroe, muere sacrificándose por aquello que ama o creía amar. Las visiones de Desmond –nuestro Ulises– se ven cumplidas y este fallece ahogado en pos de la salvación de toda la isla. ¿La salvación? ¿Realmente deberán salir de la isla? ¿Salen todos? ¿Por qué Kate reacciona de ese modo en la escena final, en el flash fordward? ¿Quién es ese “él” del que hablan? ¿Sawyer? ¿Quién es el muerto al que nadie va a ver en el funeral? ¿John Locke, Ben? ¿Alguien que ni siquiera sabemos quién es? ¿Qué secreto ocultan en el futuro Jack y Kate? ¿Seguirá la siguiente temporada con el funcionamiento hasta ahora de los flashbacks o se comenzará a experimentar con el flash fordward? Parece ser que se habla de que los alternaran durante la siguiente temporada.

Los dos últimos capítulos de este cierre de temporada no sólo son geniales por el cambio al que someten a toda la estructura, sino por su tensión y frenético ritmo, por el drama y por los momentos tan deleitables con los que nos dejan un inolvidable sabor en los labios, deseosos de probar más muy pronto. Aunque, desgraciadamente, no podrá ser hasta principios del siguiente año. Tendremos que esperar algo para volver a perdernos en esa Atlántida imposible, en esa aldea de sueños que sólo pueden ver la luz en la fantasía y en el lugar donde los cojos se levantan y andan y la ficción supera, siempre, la realidad.

Se debatía también sobre la posibilidad de que este último capítulo fuese ahora una realidad alternativa, un mundo paralelo; otros futuros posibles. Ahora se van desechando en el cajón de sastre aquellas teorías sobre el purgatorio y esta misma de la que les hablo, al completar un anagrama que los ingeniosos guionistas de la serie nos dejan en unas imágenes que dicen exactamente: Flash Fordward (Visión del futuro). Brillante el contraste entre la escena final de Jack y su alegría y la felicidad que embarga a todo el grupo cuando creen que van a ser rescatados, y la del futuro tan triste y gris en el que, con aún muchas piezas del puzzle por encajar, desea más que nunca volver a la isla.

Esa escena final de el avión sobrevolando por encima de Jack es mítica; al igual que el “I love you” que le dedica en los momentos de la isla a Kate, o la venganza de Sawyer hacia Tom, o, como no, el momento inolvidable de Hurley entrando con la furgoneta al rescate.

Tenemos claro, o al menos creemos tenerlo, que no es una serie de ciencia ficción, tan mágica quizá o especial en ese sentido como Héroes, por lo que dejar delirar la imaginación de tal modo que creamos que todo puede ser una paradoja temporal o cualquier otra genialidad de la ficción especulativa no va muy acorde con esta serie. Sin embargo, sabemos que si que hay algo surrealista y mágico en ella, y que todo ello está relacionado con esa isla perdida, con ese lugar al que parecían ir los muertos aunque misteriosamente estuviesen vivos. Ahora resulta que llegan a salir de la isla, y se nos muestra en un futuro a un Jack, el líder, el héroe, derrotado porque quizá no pudo salvarlos a todo, o quizá o quizá o quizá por miles de cosas más por las que tendremos tiempo de sobra para especular, y a una Kate que decide mirar hacia delante, con una familia rehecha, al parecer, y la cual no comparte ese deseo que frustra a nuestro doctor. Pero, la pregunta más importante ahora mismo es:

¿No sé sienten ustedes aún algo perdidos?

28 Mayo, 2007

Linda

Archivado en: Delirios de Hamlet — Darthz @ 2:04 pm

Hoy es un día de silencio. Lo he notado nada más levantarme. Como cada mañana, he perseguido instintivamente el pasillo hasta la cocina y me he echado un vaso de agua. Poco tiempo después de desperezarme, he descubierto que en ese lugar donde siempre habían estado los cacharros del agua y la comida de la perra estaba vacío. Sólo colgaba de la pared la correa con la que había dado tantas idas y venidas por este mundo. Algo muy adentro de mí, comenzó a agitarse. Ya sabía la respuesta, pero no quería encontrarla. Llevábamos semanas con la perra cada vez peor, y no quería verlo. Quería que mejorase. Que las malditas pastillas sirviesen para algo más que dejar aguas a cada rato por el suelo. Ella iba a mejorar.

Ayer ya apenas tenía fuerzas para mover las patitas. Recuerdo que la primera imagen al levantarme fue verla en el sofá, casi durmiendo, con una manta; y mi madre en el otro, con los ojos llorosos. No quiero decir en el estado que estaba, pero ya era bastante quejoso y malo. Y, por primera vez en estas aciagas semanas, pude ver con claridad el destino que se le había impuesto a este animal que ha pasado toda una vida junto a nosotros. Hoy el despertar, como les contaba, ha sido totalmente distinto. Hoy, la casa entera estaba en silencio, y cuando he mirado a los ojos a mi madre esta vez si ha estallado en llanto. Entonces supe que la señora de negro había pasado esta mañana por nuestro hogar, y lo corroboré cuando al pasar por delante de una habitación pude ver a mi perra envuelta al completo en una manta, tendida sobre el suelo. Algo muy adentro se me ha roto en mil pedazos.

Sé que a todos se nos guarda un hueco en ese lar a donde van los que desaparecen de éste, pero jamás en mi vida un ser querido se me había ido. Y ha tenido que ser hoy. Linda, ya no está junto a nosotros. Somos conscientes de que esto tenía que pasar, pero, al menos yo, jamás pensé que sería de esta forma. Estoy herido, sí, y me parece que esta herida, aun cuando cicatrice, seguirá haciéndome daño. Todos la llevaremos en el recuerdo, aunque todavía desearíamos llevarla con una correa por la calle. A un lugar muy lejano ha tenido que ir.

Todos recordaremos su indiferente mirada, sus orejas de terciopelo y su entusiasmo ante el mundo. Un día aburrido, ella lo convertía en algo alegre. Así era Linda. Siempre correteando por los pasillos, dando luz en la oscuridad, ladrando a cada nueva llegada. Recuerdo que últimamente andaba más cariñosa que nunca, y, cuando mi madre salía a trabajar por las tardes, ella venía perezosa por la casa y se adentraba en mi habitación. Se subía a la cama, a pesar de mis continuas riñas. Y le gustaba regocijarse en cualquier rincón del cuarto. Parecía que buscase cada vez más cariño, un cariño que, en muy poco tiempo –quizá ella lo supiese–, no le podría ser dado. Todos recordaremos esos ladridos como eco en el telefonillo cada vez que alguien llamaba, esa postura defensiva que tomaba ante las zapatillas de su dueña cuando ella no estaba, protegiendo aquello de las personas que, prácticamente, le habían dado la vida.

Hoy es un día triste. No sólo triste, vacío. Y presiento que éste va a ser un verano de tormenta y recuerdos. Sé que ninguna de estas palabras son merecimiento para lo que ella nos ha dado, sé que ningún texto ni ninguna lágrima compensará cuánto nos ofreció en vida, y que la realidad es que ella ya no está junto a nosotros. Pero necesitaba indefiniblemente escribir esto, escribirle a ella. Escribirte a ti, Linda. Fueron muchos los momentos en que, con sólo mirarte, mis problemas desaparecieron; al menos por un momento. Fueron muchas las veces en que viniste hacia mí, prestándome tu lomo para dar alguna caricia, y con tan sólo ese gesto la soledad que me inundaba se quebrantó. Dabas juego y dabas paz, dabas momentos de alegría y entretenimiento. Dabas vida. Y hoy la vida es lo que nos falta.

Son muchas las cosas que hoy me olvido, y muchas las que recuerdo y no puedo siquiera expresar. A un lugar muy lejano has tenido que ir, Linda. Sólo quisiera, como último deseo, que sea cual sea el lugar donde ahora estés, en el sueño o en otra vida, el cielo entero te sea regalado hoy; y aún faltarían nubes para llenar un poco de ese vacío que tú a nosotros nos hiciste desaparecer. Comprendo que tu tiempo en esta vida se ha acabado, aunque todavía no quiera verlo y necesite abrazarte y acariciarte esa cabecita aterciopelada. Comprendo que debo abandonar el mundo de Oz y volver, como Dorothy y su perrillo, a la descarnada realidad. Ni aún así, dejaré de pedirle al mago por tu felicidad allá donde estés, aunque ni siquiera quizá sepas qué es eso. Por ello te amábamos, y por ello te amamos, porque, sin quererlo, hacías feliz a los demás. Y eso es algo que hoy ya nadie nos puede quitar.

Hoy, Linda, el cielo es tuyo.

16 Mayo, 2007

La fantasía en mi vida

Archivado en: Delirios de Hamlet — Darthz @ 6:50 pm

Hacía ya mucho tiempo que no conseguía creerme la fantasía. No porque sea un incrédulo; me gusta ser crédulo con ciertas cosas, sino porque cuando uno va creciendo y, a la vez que va madurando comienza a descubrir cómo funciona este mundo, cómo funciona la gente, cómo, en realidad, es tan asqueroso a veces este lar de mierda que pisamos, acaba costándole más tragarse que un alienígena pueda aparecer en su cuarto y se lo lleve de viaje a otro planeta, o que cuando una mujer bese a una rana, ésta se haga un príncipe. No soy yo, se los juro. Ha sido el mundo. Señalo con el dedo, ¡es vuestra culpa! Por ello cuando uno crece cada vez busca cosas más difíciles, porque las fáciles ya no se las traga ni a la de tres. He dicho. Si me dan una novela fantástica, difícilmente ya me creo las cosas y me acabo sumergiendo en el mundo, porque acaso ese es el mayor deleite de un libro: conducirte a la evasión y a la catarsis. ¿Es mala fantasía? No, quizá yo me haya convertido en un mal lector. O el mundo me ha hecho un mal lector. O, sí, es una puta mierda tu fantasía. Como ven, no descarto ninguna posibilidad. Pero me cuesta, me cuesta mucho, se los juro, meterme cada vez más en esos mundos tan dispares al nuestro, o no tan dispares pero que conllevan consigo algo de esa magia que nos pueda hacer soñar y a la vez transportarnos a un lugar mejor. A veces, también, esto va por etapas. Hay días que me levanto más crédulo y otros más imbécil. Supongo que también va con los estados de ánimo. Y con algo de voluntad.

Toda esta introductoria fútil y delirante no es más que para deciros que he descubierto un trocito del niño que había perdido. ¡Sí! ¡No, no te voy a decir el truco! Bueno, sí, os voy a decir qué es lo que lo ha motivado a salir de mis adentros, al menos, al mío, a mi niño, a esa persona que un día fui y ya no reconozco. La historieta. Los comics. Sí, eso mismo, Seguramente te haya venido tu infancia a la cabeza de repente, apreciado y aburrido lector; ¿no ves los ojos de ese niño que te observa? Resulta que yo nunca fui, en esa adolescencia de la que comienzo a separarme a trompicones, muy dado a leer este tipo de ocio; me gustaban más las novelas y los relatos, los cuentos y la poesía, los ensayos y los artículos. Pero ¿por qué reducir el arte cuando puede ser tan amplio y variado? Recordé, gracias a un buen amigo muy aficionado a estos temas, que yo de niño también coleccionaba algunos comics. Sí, es parte de mi infancia, y hace poco les hablaba sobre varios de ellos que tiré a la basura; qué curiosa y estúpida paradoja. En realidad, yo, desde siempre, he tratado de aprender y comprender, de hacer y de recibir, todo aquello que en este mundo llamamos arte. Sí, lo llevo adentro, amigos. Siempre me gustó dibujar, e inventar cosas; y practicar con cosas de las que no tenía ni idea; crear juegos inútiles pero con los que en la pandilla de niños que éramos nos divertíamos como nadie; me gustaba tramar planes y bandas de detectives pueriles y enanos, pero muy, muy –creedme- avispados; deseaba inventar algo que revolucionara el mundo –aunque en esta parte ya creo que todos se sentirán algo identificados con esa mitad de si mismos con la que un día recorrieron la vida–; me encantaba crear y ver un folio en blanco; sí, ver el folio en blanco siempre me causó una atracción hipnótica, enajenante y gloriosa. Por ello, cuando he vuelto a coger un comic entre mis manos, y he empezado a leerlo y olisquear sus aventuras y sus desventuras; en este caso las de un capitán pirata, algo muy adentro se me removió y –puedo decir con sinceridad– me cambió algo la vida.

El capitán Harlock. Supongo que a alguno ya le habrá sonado, y otro no tenga ni la más remota idea de qué es esto. Pues bien, yo les comento brevemente. Se trata de una serie de cinco tomos en las que se narra una épica ciberespacial. Les cito el texto de alguien que, más docto seguramente y más puesto en el tema que yo, ha realizado respecto a la serie de estas ingeniosas y geniales historietas:

Cuando los mares de la Tierra se extinguieron, todos afirmaron que a la humanidad le había llegado su hora…
Hubo, sin embargo, algunos que volvieron la vista al infinito mar que se abría sobres sus cabezas y, deplorando el camino que había tomado la humanidad, creyeron con inquebrantable fe en un nuevo y brillante futuro para los hombres… Fueron ellos quienes partieron entonces hacia ese nuevo mar infinito: el Espacio.
La gente se mofó de estos hombres que, en una muestra de valor incomparable, se embarcaron en una nueva aventura.
Les llamaron ilusos, y consideraron que estaban fuera de la ley por perseguir un sueño imposible… Esta es una historia de dicha época… Era el año 2977…

Así, el capitán Harlock y su tripulación, más algún chico aventurero que también estará destinado a pretender salvar el mundo, ese mundo en el que nació y por el que deberá luchar hasta que no le quede aliento, emprenderán una aventura alucinante y frenética. Surcando el negro cielo del espacio, llegando a descubrir misterios de la humanidad tan apasionantes como quién fue realmente el constructor de las pirámides. Y, me cago en Dios –espero que todos los creyentes en este punto del artículo me sepan perdonar, ya que ni siquiera pensaba en ese Dios que ustedes piensan cuando escribí la dichosa expresión–; maldita la coincidencia que ya había hecho yo algo así en aquella novela corta de las que no hace mucho les hablaba. Yo que pensaba que era un genio por haber inventado aquello, y descubro ahora que mucho antes que yo, muchos años más atrás de aún mi pretenciosa existencia, ya alguien se las había ingeniado para inventar algo semejante. Y es que, al fin y al cabo, la fantasía es –como la imaginación– muy grande, pero no infinita. Y se acaban mezclando unas cosas con otras pero es muy difícil ser completamente original; ¡mas cuando el mundo ha dado ya tantas vueltas! Por esto también soy menos crédulo, porque me cuentan una historia que ya he escuchado en miles de ocasiones. A veces, simplemente, lo que importa es el cómo nos lo han contado. Y aquí, en mi rotunda ignorancia aún sobre este mundo tan grande del comic, creo que puedo decir que está hecho muy bien.

Debo decir que aún no he acabado los cinco tomos que componen esta saga; pero estoy deseando hacerlo. ¡No, no! ¡Qué dices! Claro que no deseo hacerlo. ¿O sí? Deseo leerlo pero no deseo acabarlo. En realidad, lo que creo que no quiero que acabe es esa repentina felicidad que nos sacude algo cuando nos trata con cariño y nos mueve el alma, cuando algo nos cala y nos trae recuerdos de un pasado maravilloso y extraordinario. Sólo espero seguir, como siempre fui y nunca debí de haber dejado hacer, tan abierto a las tantas ramas que el arte tenga en el mundo, y dejarme llevar por todo aquello que realmente me guste: no cerrar mis puertas a nada, pues nunca sé en cual de ellas puede aparecer la felicidad. Y esto, se lo puede tomar cada uno como consejo propio y personal. Lejos de ser yo alguien para dar consejos, lo doy porque este es mi texto y me sale de las pestañas. También, por cierto, pretendo dentro de poco sumergirme en el mundo de la novela gráfica adulta, lo cual –estúpidamente– tampoco sé porqué no lo llegué a hacer. A veces los prejuicios hacen más daño que los propios juicios; ¡vaya idiotez más grande! ¡Liberen sus pensamientos! Seguro que tienen ya mucho polvo encima… como esos libros que tienen en su estantería y llevan tanto sin leer… y yo, perdónenme pero es que soy alérgico a los ácaros, al polvo, vamos. Y quiero desempolvar mi vida entera. Empezaré encontrando al niño, aunque sepa, irremediablemente, que lo vaya a acabar perdiendo otra vez.

El capitán Harlock:

Yo sólo lucho por lo que tengo fe.

¡Lo hago simplemente porque algo en el interior de mi corazón me impulsa a hacerlo!

¡Surco los confines del espacio!

¡Me llaman el capitán Harlock!

Yo vivo libre bajo mi propia bandera… Y seguiré haciéndolo, en este oscuro mar espacial, en este mar sin futuro, hasta que las fuerzas me abandonen… Viviré libre bajo mi propia bandera…

Vago por los confines del espacio… Me llaman “El capitán Harlock”… Mientras me quede un hálito de vida, viviré libre en este mar sin futuro bajo mi propia bandera, la bandera de la calavera… Viviré libre bajo mi propia bandera…

Vago por los confines del espacio… Me llaman “El capitán Harlock”… Esa voz susurra y me insta a vivir en libertad en esta mar sin futuro… Esa voz canta bajo mi propia bandera… Viviré libre bajo mi propia bandera…

8 Mayo, 2007

Mirándonos al espejo

Archivado en: Delirios de Hamlet — Darthz @ 1:07 am

En estos tiempos no faltan aduladores hipócritas. Se ven por las calles, en las plazas o en las colas del supermercado, en los trabajos y en las casas; se ven con sus túnicas invisibles de harapienta indumentaria –sólo visibles al ojo del crítico disimulado–vagando de un lado hacia a otro sin orden ni concierto, buscando a algún ingenuo que engatusar con su flauta mágica; se ven zigzagueando las calzadas como si fuesen pobres de escasas monedas, hombres que faltan a las reuniones porque ni siquiera son invitados, desconocidos y transeúntes que, muy de vez en cuando, se acercan y te susurran lo que llevabas tanto tiempo sin escuchar al oído; se ven con sus ojos inocentes buscándote la mirada, encontrando siempre ese reposo que en la calma es capaz de conseguir uno, acaso así haciendo de tu edificio el inequívoco plano del ya escrito derrumbe; se ven echando humillos cuando lo que traman no se les antoja con beneficio, y te trasladan ese ofuscamiento con palabras huecas pero que adormecen tu preciado –o así creías que era– cerebrito; se suelen ver, también muy a menudo, escondiendo sus vergüenzas en la gracia de la tuya.

Son, sin duda alguna, los peores compañeros con los que podemos toparnos en el camino; aunque, desgraciadamente, nunca nos damos cuenta de que están a nuestro lado y que incluso algunos ya nos acompañan cogidos de la mano. Son despiertos y audaces, como la araña que teje su quieta y frágil telaraña con la que atrapar a una nueva víctima; y buscan, siempre, ponerte la zancadilla sin que siquiera te des cuenta de que has caído. Cuando, al final de toda la pesadilla –la cual por cierto creías que se convertía o acabaría convirtiéndose en un sueño–, caigas contra el asfalto, rendido y abatido, comprenderás de verdad que a tu lado estuvo un adulador hipócrita; y aún así, en la distancia, algo de aprecio le podrás guardar en su eterna mentira. Son difíciles de hallar, porque el disfraz que lucen es invisible a los ojos analíticos de los que creen estar más despiertos que nadie, y, con desparpajo disimulado, lucen su etiqueta de traidor sin que tú le concedas el valor necesario. Es la gran imprenta de la mentira, la que lucen, con colores que chillan y saltones, en su frente de ángel dormido.

Las bestias, los animales más depravados: las fieras, no tienen este problema. Ellos actúan por instinto, y en la naturaleza que continuamente permanece activa y sin pensamiento es impensable que aparezca un adulador hipócrita, puesto que, su mayor logro, es engatusar a la razón y a la lógica. Por ello no se salvan los más sabios, si acaso estos son los que más pecarán de recorrer una parte de la senda junto a ellos; y pagarán por sus pecados, pecados que, inconsciente o conscientemente, habrán obrado mientras atraviesen esas montañas de arena que, salpicadas con el viento, forman cada vez un desierto más gigante. La desorientación que estos seres son capaces de crear en el ser pensante que intenta moverse con astucia y destreza, puede llegar a ser letal; a tal punto que cambie su imagen ante la de los otros –a veces con más gracia o más maldad– y conceda un punto de reflexión muy dispar a los que en otro momento observaron a ese hombre como un amigo o incluso un hermano; un amante o un marido.

Cuando la influencia que éstos llegan a crear en la susodicha víctima es tal que quieran dejar de creer en aquello que durante toda la vida habían arrastrado con orgullo, el adulador hipócrita no sólo se siente satisfecho, sino recompensado. Porque es un canalla verdadero, es un hombre que necesita auto alimentarse de sus propias dudas procesadas por las bocas de los demás; es, en definitiva, alguien que se cree su propia mentira. Porque, para empezar, no se le puede conceder credibilidad a algo si primero no se cree en ello. Por eso, existimos, agraciada o desgraciadamente, los escritores. Pero esta figura es otro tipo de adulador hipócrita; algo más necesario que tramposo; algo más mágico que deleznable.

Yo hablo, amigos lectores, del hombre que te llena el oído de perlas becquerianas. Hablo, al fin y al cabo, de esa persona que todos los días te sonríe y tú le devuelves la sonrisa; hablo de ese hombre o esa mujer que cada día te abre su corazón y te da una promesa o una esperanza; hablo de ese ser que te gobierna y por el que actúas como si tu vida no tuviese sentido sin su existencia; hablo, más allá de todo eso, del que necesita un abrazo, una caricia, una palabra, un gesto, un acto de aprecio; hablo también del que cada día se sienta y escribe unas líneas y las quiere compartir con su engañoso público; hablo del que se sienta en una plaza cada tarde a dar de comer a las palomas, y sueña mientras mira al cielo, con que el día siguiente habrá abandonado el solitario camino de la soledad; hablo del hombre que, en un arrebato de odio, promete que nunca más volverá a pisar una calle, que jamás volverá a besar unos labios, que jamás sentirá el placer del alcohol abarrotando su garganta; hablo del drogadicto que sabe que necesita su medicina pero la ignora porque quiere seguir viendo las nubes grises; hablo de la temprana mañana en que un anciano cruza una acera y desea morir sin más problemas ni dilaciones; hablo, amigos míos, de todas y cada una de esas personas que aún viven por un motivo. Hablo, como siempre, amados lectores, de nosotros mismos.

2 Mayo, 2007

Palabras (5)

Archivado en: Palabras — Darthz @ 12:40 pm

“No te preguntes el porqué de las cosas; pregúntate por qué las haces tú.”

Darthz

Blog de WordPress.com.