Palabras, palabras, palabras…

8 Mayo, 2007

Mirándonos al espejo

Archivado en: Delirios de Hamlet — Darthz @ 1:07 am

En estos tiempos no faltan aduladores hipócritas. Se ven por las calles, en las plazas o en las colas del supermercado, en los trabajos y en las casas; se ven con sus túnicas invisibles de harapienta indumentaria –sólo visibles al ojo del crítico disimulado–vagando de un lado hacia a otro sin orden ni concierto, buscando a algún ingenuo que engatusar con su flauta mágica; se ven zigzagueando las calzadas como si fuesen pobres de escasas monedas, hombres que faltan a las reuniones porque ni siquiera son invitados, desconocidos y transeúntes que, muy de vez en cuando, se acercan y te susurran lo que llevabas tanto tiempo sin escuchar al oído; se ven con sus ojos inocentes buscándote la mirada, encontrando siempre ese reposo que en la calma es capaz de conseguir uno, acaso así haciendo de tu edificio el inequívoco plano del ya escrito derrumbe; se ven echando humillos cuando lo que traman no se les antoja con beneficio, y te trasladan ese ofuscamiento con palabras huecas pero que adormecen tu preciado –o así creías que era– cerebrito; se suelen ver, también muy a menudo, escondiendo sus vergüenzas en la gracia de la tuya.

Son, sin duda alguna, los peores compañeros con los que podemos toparnos en el camino; aunque, desgraciadamente, nunca nos damos cuenta de que están a nuestro lado y que incluso algunos ya nos acompañan cogidos de la mano. Son despiertos y audaces, como la araña que teje su quieta y frágil telaraña con la que atrapar a una nueva víctima; y buscan, siempre, ponerte la zancadilla sin que siquiera te des cuenta de que has caído. Cuando, al final de toda la pesadilla –la cual por cierto creías que se convertía o acabaría convirtiéndose en un sueño–, caigas contra el asfalto, rendido y abatido, comprenderás de verdad que a tu lado estuvo un adulador hipócrita; y aún así, en la distancia, algo de aprecio le podrás guardar en su eterna mentira. Son difíciles de hallar, porque el disfraz que lucen es invisible a los ojos analíticos de los que creen estar más despiertos que nadie, y, con desparpajo disimulado, lucen su etiqueta de traidor sin que tú le concedas el valor necesario. Es la gran imprenta de la mentira, la que lucen, con colores que chillan y saltones, en su frente de ángel dormido.

Las bestias, los animales más depravados: las fieras, no tienen este problema. Ellos actúan por instinto, y en la naturaleza que continuamente permanece activa y sin pensamiento es impensable que aparezca un adulador hipócrita, puesto que, su mayor logro, es engatusar a la razón y a la lógica. Por ello no se salvan los más sabios, si acaso estos son los que más pecarán de recorrer una parte de la senda junto a ellos; y pagarán por sus pecados, pecados que, inconsciente o conscientemente, habrán obrado mientras atraviesen esas montañas de arena que, salpicadas con el viento, forman cada vez un desierto más gigante. La desorientación que estos seres son capaces de crear en el ser pensante que intenta moverse con astucia y destreza, puede llegar a ser letal; a tal punto que cambie su imagen ante la de los otros –a veces con más gracia o más maldad– y conceda un punto de reflexión muy dispar a los que en otro momento observaron a ese hombre como un amigo o incluso un hermano; un amante o un marido.

Cuando la influencia que éstos llegan a crear en la susodicha víctima es tal que quieran dejar de creer en aquello que durante toda la vida habían arrastrado con orgullo, el adulador hipócrita no sólo se siente satisfecho, sino recompensado. Porque es un canalla verdadero, es un hombre que necesita auto alimentarse de sus propias dudas procesadas por las bocas de los demás; es, en definitiva, alguien que se cree su propia mentira. Porque, para empezar, no se le puede conceder credibilidad a algo si primero no se cree en ello. Por eso, existimos, agraciada o desgraciadamente, los escritores. Pero esta figura es otro tipo de adulador hipócrita; algo más necesario que tramposo; algo más mágico que deleznable.

Yo hablo, amigos lectores, del hombre que te llena el oído de perlas becquerianas. Hablo, al fin y al cabo, de esa persona que todos los días te sonríe y tú le devuelves la sonrisa; hablo de ese hombre o esa mujer que cada día te abre su corazón y te da una promesa o una esperanza; hablo de ese ser que te gobierna y por el que actúas como si tu vida no tuviese sentido sin su existencia; hablo, más allá de todo eso, del que necesita un abrazo, una caricia, una palabra, un gesto, un acto de aprecio; hablo también del que cada día se sienta y escribe unas líneas y las quiere compartir con su engañoso público; hablo del que se sienta en una plaza cada tarde a dar de comer a las palomas, y sueña mientras mira al cielo, con que el día siguiente habrá abandonado el solitario camino de la soledad; hablo del hombre que, en un arrebato de odio, promete que nunca más volverá a pisar una calle, que jamás volverá a besar unos labios, que jamás sentirá el placer del alcohol abarrotando su garganta; hablo del drogadicto que sabe que necesita su medicina pero la ignora porque quiere seguir viendo las nubes grises; hablo de la temprana mañana en que un anciano cruza una acera y desea morir sin más problemas ni dilaciones; hablo, amigos míos, de todas y cada una de esas personas que aún viven por un motivo. Hablo, como siempre, amados lectores, de nosotros mismos.

3 comentarios »

  1. Me quedo con lo último en como describes a cada persona que hay en la calle y al lado nuestra, es lo que más me ha gutado de todo, es más me he sentido identificada.
    Al principio describes a las típicas personas hipócritas de las que el mundo esta lleno, son cada una de las personas que nos acompañan un tiempo, haciendonos creer que son nuestros amigos y que en realidad solo se esta aprovechando de nosotros hasta que encuentre una nueva presa.
    Casi todo el mundo hoy en día es así, y me atrevo a decir que es culpa de nosotros mismos por como estamos ayudando en esta sociedad sin sentido. :)

    I love you

    comentario por lore — 8 Mayo, 2007 @ 11:04 pm | Responder

  2. Y el día que entiendes eso… ese día dejas de creer en muchas cosas. Y entiendes que no puedes vivir con tus antiguas creencias, porque sino te comen, te destruyen… Y entonces empiezas a ser uno más porque sino no se puede sobrevivir.
    Todos nos encontramos con esas personas alguna vez en la vida, y nos tenemos que adecuar a esa existencia para seguir adelante. Me ha gustado mucho tu post. Es muy real, muy real. Estoy escribiendo un pequeño cuento, que podría visionar este mundo de mentira en el que paseamos a diario, pero todavía no está listo.
    Un abrazo y un post ideal y real.
    Besos

    comentario por ojodefuego — 12 Mayo, 2007 @ 9:12 pm | Responder

  3. ¡¡Hola!!

    ¡He vuelto! Después de tanto tiempo de inactividad, estoy de nuevo con el blog (simepre y cuando los examenes y trabajos me lo permitan jeje). Pero bueno, que lo importante es que esté de vez en cuando por estos lares, escribiendote comentarios, que, por cierto, sigues escribiendo de p… madre.

    Me encanta como escribes, en serio, es una auténtica pasada. Bueno, me pasaré más a menudo para seguir leyéndote. ¡¡Besitos!!

    xanina astur

    comentario por xanina astur — 12 Mayo, 2007 @ 10:18 pm | Responder


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