
Os hablaba no hace mucho de una novela que comenzó a mostrar sus primeros frutos hace ya unos meses; y que creció y creció hasta, finalmente, parecer llegar a buen puerto. Pues no, el barco, sin yo saberlo, había zozobrado en una disimulada tormenta, y al final acabé, como Robinson, en una isla, perdido y llevado por la Divinadad del destino y de Dios, adonde nadie sabría jamás; ni siquiera yo, aún hoy… Les hablo de aquel primer intento de novela, que, aunque se rompió el barco, llegó a tener su propia odisea; y ahí está, entre montones de documentos y textos que, por cierto, acabo de ordenar hace relativamente poco de una manera muy atractiva y, también, más útil. Pero no es algo de lo que esté orgulloso de principio a fin. Tiene momentos realmente buenos, pero luego, en conjunto, me parece que tomé precipitadamente decisiones que no debiera haber tomado; me encontré con trampas que, de haber sido en un futuro más preciso o en otra circunstancia, más sereno y menos invadido por ese virus enfermizo del querer acabar algo por la fuerza, hubiera realizado de mejor forma. Pero ahí está, y me ha servido, como todo lo que uno escribe, pero, al menos de momento, no verá más luz que la del cajón donde permanece escondida.
Y, como soy reincidente, envuelto en una amalgama de sentimientos contradictorios pero que me autorealizaban, abordé el viaje hacia una nueva aventura: una nueva novela, pero, esta vez, de verdad. De verdad. Como si fuera tan fácil decirlo y después hacerlo. Y una mierda. Empecé muy ilusionado, como siempre, y durante días (curiosamente coincidió con la instalación de un nuevo programa que uso para escribir, más sencillo y sin distracciones, más simple que un vaso de agua, pero realmente magnífico, llamado DarkRoom) anduve perdido en lejanas arenas de desiertos alucinantes, calurosos y, porqué no, algo mágicos. Realicé el comienzo de lo que sería una buena y fascinante novela de aventura, y he de decir que en este aspecto estaba y sigo estando bastante contento; he mantenido una cierta armonía en todo el relato, del cual ya llevo 50 folios a interlineado sencillo, y curiosamente a medida que avanzo esa circularidad y armonía del texto va cobrando más sentido por todos lados. Por lo que, creo, voy por buen camino. Pero claro que ha habido parones, y me he llevado estos dos últimos meses sin apenas tocarla; sólo ahora, entre el tórrido calor de verano y las ilusiones que me fueron de nuevo concedidas -oh, musa, ¡despierta!-, la retomé como el padre que lleva tiempo sin ver a su hijo y se agracia con sólo ver el agua que se mece en sus ojos.
Y entonces, más frío y objetivo, incluso la vi aún mejor, algo que con la otra no me pasó. Supongo que porque aquí intenté ser más yo mismo en la narrativa y en el estilo, y tuve momentos realmente inspirados e intenté no perder el norte nunca. Porque realmente amé aquellas letras que salían locas y nerviosas, pensando sólo en mí mismo y en esa historia, dejando fuera cualquier factor externo que me pudiera alejar del verdadero sueño del que persigue escribir algo para sí mismo y después para los demás. Encontré partes que pueden ser mejoradas y otras que son realmente bellas; y así voy, puliendo todo lo que veo que puede ser pulido y continuando las refrescantes ideas que, cada vez con más acierto, van llegando a mi hipnotizada cabeza. Ayer mismo acabé un capítulo que deseaba hacer en esta novela para algo más largo pero que finalmente acabó siendo un pequeño retazo, un texto de no más de cinco páginas: un pasaje oscuro, realmente tétrico y frío, adonde, por esas cosas del destino, los personajes son llevados sin que siquiera lo sepan. Y ahora vienen varios más a los que les tengo ganas, pues tengo las ideas en la cabeza, de algunos más que otros, bastante claras; y esto es una gran, que muy, gran ayuda -y esto los escritores lo saben- para realizar la hazaña.
Intento dejar un poco de mí en cada parte del camino, pero también experimento y estoy intentando plasmar en esta novela todo eso que siempre quise que tuviese un libro. Tiene aventuras, lo que más -claro, es un libro de aventuras, como ya dijiste, zopenco; me diréis-, pues sí, pero hay que remarcarlo; y no sólo eso, tiene también momentos de dudas y de reflexión, un fondo metafísico que pueden ver todos aquellos que no sólo deleiten el camino de la aventura, sino el del propio pensamiento que de ella y a través del protagonista puedan sacar (porque a veces, yo que soy muy innovador, meto al personaje en primera para contar lo que sucedió con aún más fuerza, para que llegue con más intensidad al lector; porque el relato en sí está escrito en tercera persona, aunque, y algún día, si la tienen en sus manos, puede que lo sepan, el protagonista principal juega durante el relato con la mente de los lectores: de repente te puede estar contando algo en pasado y, zas, el recuerdo más vivo, aparece en presente y en cursiva, intensificando el nivel de la narrativa directa).
Precisamente el otro día hice, después de llevar más de cincuenta folios, un preámbulo que ha quedado de vértigo para lo que quería conseguir; y lo he calzado, con precisión absoluta, al principio del gran relato en el que ha acabado convirtiéndose esta novela. Porque, por si aún no os lo he dicho, al principio sólo pensaba ser un pequeño relato de unas cuarenta páginas -cual novela corta entusiasta-; pero finalmente eso ha acabado siendo solamente la primera parte del libro. Y, por cierto, le he metido un cruce de historias a esa segunda parte que estoy empezando y de la que ya llevo algo más de diez folios que, si me lo permitís, también queda de vértigo.
Pero tanto vértigo me está empezando a causar algo de miedo. Será tremenda la caída.
Aunque ya estamos acostumbrados.
Desde algún lugar,
Darthz.