Palabras, palabras, palabras…

31 Agosto, 2007

El yin y yang, la eterna llama

Archivado en: Delirios de Hamlet — Darthz @ 1:06 pm

Llevaba varios días sin poder escribir más que dos frases, un inspirado poema (sí, no me pregunten por qué, la poesía nace de otro sitio menos humano), e ideas y retazos que buenamente iba recogiendo en una libretita. Ya se acabó; ayer volví a escribir, y lo hice con un relato de tres folios. Algo es algo. Miro las visitas a mi bitácora y observo agradecido aunque contrariado que los días de mayor apogeo, es decir, aquéllos en los que se ha batido el record de entradas y lecturas, han sido, precisamente, ayer y antes de ayer, los dos días que no escribí nada: gracias, lectores míos. Me gusta pensar que este es un mecanismo similar al del crecimiento de los músculos: te puedes tirar toda la semana yendo a un gimnasio y machacándote pero, a la hora de la verdad, los músculos crecen el día que te tomas un descanso, o cuando duermes y te relajas. Así he estado yo, de letargo, aunque también era de esperar que esto ocurriese tarde o temprano, pues el ritmo aquél de escribir un artículo diario es, necesariamente, insoportable.

Acaba de bajar las escaleras y perderse seguramente para siempre el chico del correo, que me acaba de traer el pedido que llevaba ya tiempo esperando. Hoy me he levantado más que menos feliz, aunque dudo que sea por eso e incluso que sea por algo en concreto; aún así, me temo, a nadie le puede hacer infeliz ver libros de Borges, Maturin, Stevenson, Dostoyevski, Bukowski y Kafka en su cama, desperdigados y desordenados como si con sus propias patitas hubiesen decidido apoyarse sobre la almohada, un cojín, la sábana deshecha y un montón de aires insomnes que comienzan a diluirse con los rayos del sol que se filtran por la ventana. Ah, sí, es realmente sobrecogedora la escena.

En realidad todo esto no era más que una presentación para hablar de lo que realmente quería hablar yo hoy —mejor podría decir ayer, o antes de ayer, pero no sucedió—: el yin y el yang. Una presentación, entiéndase como modo de calentamiento y de estiramiento de los músculos, para volver a seguir trabajando con el mismo cariño y esmero de antaño, sin traicionar a la musa porque sino es entonces luego ella la que me da la espalda y me deja de lado, tirado en medio de una carretera con el coche fuera del carril y sin gasolina: y eso es algo tremendamente terrible (aunque yo no tengo coche). No es casualidad que hoy os hable del yin y el yang, como tampoco lo es que sea de día y que aquí abajito, afuera, haga un sol deslumbrante. Últimamente venía pensando mucho sobre ésta que es, seguramente, la filosofía china más anclada en occidente; me pasó, por ejemplo, primero viendo Jekyll (la serie: magnífica, por cierto) y luego leyendo El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y también anteriormente (perdonen que el orden reluzca por su ausencia) aquella fabulosa serie que ya me dejó prendado durante muchas y muy agradables horas: Dexter; y me pasa ahora, también, leyendo a Hesse y su lobo estepario, mientras leo sobre la fuerza animal y la divina, sobre el instinto y la razón, sobre las eternas luchas que dentro del hombre perviven sin paz y sin gloria desde tiempos inmemoriales; y también cuando nos habla de Nietzsche y de Goethe, cuando se nos acerca a ese estado de incomprensión humana tan terrible pero cierta porque, al final, somos nosotros los mayores incomprendidos. Seguramente me ha venido a la cabeza este pensamiento con muchas más cosas, pero no entra en mi lista enumerar cada una de ellas pues esto, lectores —temiéndolo—, resultaría imposible.

El yin y el yang siempre, lo reconozco, me ha resultado una filosofía interesante, ingeniosa y aplicable a casi cualquier cosa que nos ocurra; porque es ése uno de sus mejores aciertos, que con todo se puede mezclar y que con todo vale. En principio, el yin y el yang son los eternos opuestos, pero también se compenetran, por eso de que en aquella figurita que todos ahora tendrán en sus cabezas (un círculo con una mitad blanca y otra negra y con un pequeño círculo dentro de cada mitad con el color opuesto, llamado taijitu, o “diagrama del taiji”) la línea que separa los dos colores sea desigual y ondulante. Son, por supuesto, interdependientes, pues nada son el uno sin el otro, pues aunque parezcan odiarse el vínculo que los une es tan poderoso que si se rompiese ya nada tendría sentido, pues la noche depende tanto del día como el día de la noche, al igual que la luz y la oscuridad y la oscuridad, así mismo, con el día. El famoso “taiji” nos viene a decir también que tanto un lado como otro, el blanco o el negro, se pueden acabar convirtiendo en sus opuestos, y que si el primero genera algo del segundo este último acabará generando lo mismo del primero, dependiendo de la intensidad con la que atacase el blanco, pues en este aparente desequilibrio permanece, al final, el equilibrio. Podríamos decir aquí muchas más cosas sobre el fenómeno que nadie entendería porque las diría muy mal y porque, en cierto modo, ya está dicho por multitud de sitios y mejor que aquí; así que me ahorro las explicaciones específicas y paso a hablar de lo que el yin y el yang me viene diciendo desde hace ya muchos días.

¿Está todo unido? Me gustaría pensar que sí, aunque al final queden muchos cabos sueltos y sigamos siendo, como decía Goethe, unos incomprendidos. En la famosa obra de Stevenson ya se nos habla de la duplicidad del ser humano, de cómo una sola persona puede albergar dentro de sí más de un carácter, y que incluso su misma alma, al cambiar, pueda transformar la física apariencia que uno muestra al mundo. Hablar del “yo” como unidad indestructible me parece cada día más ridículo: no somos nada, y en nada nos convertiremos (afloro optimismo por doquier, como han podido y podrán comprobar). En Dexter se nos cuenta la vida de un caníbal, de un hombre que, por sucesos extraordinariamente horribles que le sucedieron cuando aún no veía más que el mundo como un inmenso bosque donde perderse, acabó sacando a flote su lado más perverso, el cual ataca incesante y nunca muere y lo hace tener que vivir como un solitario, como alguien distinto a todos los demás porque, aunque haga las mismas cosas que ellos para sobrevivir, él sabe, en el fondo, que es un monstruo. Nadie está exento de cierta ironía, y nosotros mismos somos los primeros que nos traicionamos, somos los únicos que nos amamos y, al día siguiente, nos despreciamos con el mayor de los odios, al igual que nuestros sentimientos pueden cambiar con la luz del día y, más tarde, con la brisa de la noche y su alentadora caricia. Somos unos hijos de puta y también los mejores hombres que puedan existir sobre la faz de la tierra, y nadie hace algo sin que luego se arrepienta o piense en ello, pues somos así: hermosura y salvajismo, inteligencia y necedad, humildad y orgullo.

La luz del día no podría existir sin la idea de que, al tiempo, la noche nos imbuirá en su manto oscuro; al igual que tampoco comprenderíamos la vida sino existiese la muerte, o, no al menos, la valoraríamos del mismo modo. La vida se transforma necesariamente en muerte y aún no sé si la muerte también en vida, pues no he pretendido ni pretendo de momento pasar por aquel barrio. Y nos habríamos acostumbrado a sentir, a ver, a palpar y a ser personas o monstruos también en la oscuridad si, la luz, jamás hubiese sido dada al ser humano, si Prometeo se hubiese estado quieto y callado y nunca hubiese robado el fuego de los dioses para entregarlo en bandeja a esta curiosa raza que somos nosotros mismos, sabedores de que la cultura, como la luz, no es más que una ilusión que acaba desvaneciéndose, pues nada dura eternamente. Esa luz, ese fuego, como una llama, algún día, dejará de iluminarnos para hacernos ver lo que de verdad somos, lo que hemos sido y en lo que, algún día, nos convertiremos; y ya, me temo, hay muchos que nacen y viven sin siquiera tomar un poco de lo que Prometeo defendió hasta la tortura indeseable por salvarnos. ¡Por salvarnos: qué monstruo más insensato fue Prometeo!

En el fondo me gusta ver el yin y yang como una enorme y ardorosa llama de luces fugaces e intermitentes, donde tras los rojos y los amarillos estamos ardiendo constantemente todos aquellos que, sin saberlo, nos hemos fraguado nuestra propia condena, nuestra infelicidad, nuestros delirios, nuestras más terribles pesadillas. El yin y yang es un enorme fuego que nunca se apaga donde somos todos lo que en él entramos brasas indeseables cargadas de conocimientos, cultura, inteligencia, poder: sufrimiento. Las llamas doradas se mezclan con las más oscuras, y en su continuo juego veremos el ir y venir de millones de ideas, pensamientos, ilusiones, sueños y vanas esperanzas. Todo esto me recuerda a un relato (pueden leerlo en el enlace de más abajo) que escribí en el que la vida era, simplemente, una enorme metáfora con el fuego; y nosotros ciervos que íbamos intentando huir de las llamas para no abrasarnos, sabiéndonos perdedores ya de antemano, cobardes, ingenuos e insignificantes. Qué mejor metáfora para la vida que el yin y el yang, donde todo se une y donde todo también, acaba, la eterna llama donde cada una de las líneas al final forman circunferencias que, como anillos (ya decían que así era también el amor), jamás cesan en su empeño de demostrar lo eterno e inmutable de sus esencias.

Es éste el gran incendio de la vida, en el que nosotros mismos nos hundimos y en el que ardemos creyéndonos invencibles, poderosos y capaces de cualquier cosa. Aquí todo tiene un mismo aunque diferente sentido: el bien y el mal, la luz y lo oscuro, la noche y el día, la razón y lo salvaje, la esclavitud y la libertad. Y todos nos compenetramos y ellos mismos se juntan a nosotros porque formamos parte de ellos, del mundo, de su continua lucha por demostrar que no somos nada aunque creamos serlo todo. En este fuego nada vive eternamente más que la propia vida, y todos algún día también seremos polvo y aire, cenizas lanzadas al viento o al mar y un recuerdo que quizás no perviva lo que desearíamos. Somos sin saberlo los descendientes de aquel hombre que ascendió al olimpo para robar lo que pensaba que era suyo, queriéndose salvar a sí mismo cuando no pudo más que, al final, acabar ardiendo como algún día todos nosotros lo haremos.

28 Agosto, 2007

Sin poder escribir

Archivado en: Creaciones — Darthz @ 11:40 pm

Resulta que a veces no puedo siquiera escribir.
Miro al aire y sólo veo aire,
lo acaricio y éste se revuelve, temeroso;
lo comprendo pero me duele no ver más que aire.
Ayer fue mejor, siempre, que este día,
los paseos bajo el sol ahora se suceden en penumbra,
los susurros nocturnos ya no traen miedo
sino lágrimas y delirios;
la noche no se acuesta: los días, muertos.
Miro al aire y veo algo más que aire,
¡se escapa! ¿Adónde huyes, temeroso?
Quiero seguirlo, llegar lejos, al interminable pozo
donde nunca se termina de caer;
quiero sentir la vívida esperanza del mañana,
pero el futuro se me empaña como un cristal virgen;
quiero escuchar violines y trombones,
asistir a conciertos y ver teatro,
pero mis oídos se vuelven sordos, mis oídos,
y mis ojos, ciegos, no ven.
Escribo, ahora, todas esas cosas que pensaba
en otro sueño que no podía escribir;
entonces sólo fue sentarme, abrir la hoja y
dejar de sentir, triste,
para que sintieran estos versos,
marchitos antes, casi muertos;
soleados ahora, ¡esperando el comienzo!

27 Agosto, 2007

Shakespeare y sus sonetos, algo más que amor

Archivado en: Literatura — Darthz @ 12:07 am

Hace no muchas horas escribí por aquí dos sonetos de Shakespeare, por lo que no lo voy a repetir ahora, pero que algo tenía que decir acerca de la grata lectura con la que me he deleitado estos terribles días, con todos sus sonetos que, para bien o para mal, han pasado a la historia como uno de los mejores reflejos de la mayor pasión humana: la enamorada, de sus etapas y sus convulsiones y delirios, era evidente.

A lo largo de toda la historia se han considerado éstos como la mayor cumbre del amor escrito en verso, una —lo suscribo yo también en este instante— de las más sinceras, mágicas y geniales declaraciones románticas que en los siglos y siglos que nos preceden, y en los que están por venir —me temo—, se han hecho.

Quise leerlos en inglés, pues esta edición también magnífica bilingüe me lo permitía, y así lo hice con algunos, pero va a ser que ésa es una tarea algo imposible, más cercana al que de verdad conozca el idioma con todas sus reglas, atajos y peripecias lingüísticas que al simple conocedor del lenguaje anglosajón. Leer a Shakespeare es similar a querer domar a una bestia: requiere pericia, técnica y aprendizaje. Pero confío en la genial traducción de Falaquera, y en que la esencia que transmite, al fin y al cabo, es la misma —o casi la misma, no os pongáis quisquillosos—.

No hay mucho más que decir que no se haya dicho ya; mejores estudiosos de su obra y de su eterna divinidad han considerado todo esto con mejores y más cualificadas palabras. Es imposible que el lector, inmerso en esos deliciosos sonetos, no se sienta más de una vez identificado, vapuleado, airado, por las nubes, por los suelos. Hecho mierda y, también, enamorado.

Leer los sonetos de Shakespeare es similar a volver a sentir el corazón dando vueltas y latiendo a velocidad acelerada, nervioso. Y hechizado. ¿Recuerdan?

…guardar un accesorio para así recordarte
sería conceder que en mí cabe el olvido.

26 Agosto, 2007

Un barco hacia Ilíssander II

Archivado en: Delirios de Hamlet — Darthz @ 3:13 am

Hoy es uno de esos días en los que me siento completamente desgraciado. Hoy, también, ha llovido, aunque eso no tenga nada que ver con mi caída de la noria. Resulta a veces, cuanto menos, curiosa la vida, cuando uno la observa fríamente como espectador, como espectador omnipotente y todopoderoso —dejadme ser Dios por un momento—, y se ríe de sus penas y, como no, de sus mentirosas alegrías. Me río de mi mismo, me descojono de mi penoso estado, de mi delirio continuo que, al final, acaba en nada, que comienza, también, con nada. Hoy es uno de esos días en los que a pesar de haber hecho muchas cosas creo que ninguna ha merecido la pena, y que de nada sirve mirar hacia delante cuando no hay un sentido, una búsqueda, un sueño, una ilusión. No, joder, soy nihilista, pero también muy ambicioso; lo cual no quiere decir que hoy y quizás mañana también no quiera tener metas ni sueños ni ambiciones ni amor ni alegría ni tristeza. Me gustaría, como bien un amigo a veces me decía, no sentir completamente nada; aunque tal vez así sería incluso más desgraciado que ahora; vaya, pero no lo notaría, me temo.

Y a vosotros os importan dos cojones mis subidas o caídas en la noria, y no venís aquí para leer las tristezas de un mediocre. Así que os voy a hablar de mi novela.

¿Novela?

Aún no es una novela; claro, pero es un proyecto, una meta, un sueño. Un sueño que, tras meses de enfriamiento, ayer mismo, volvió a recobrar vida. Llevaba tiempo con el texto aparcado; las razones, no las sé, ni tampoco pretendo conocerlas. Supongo que todo necesita un reposo, un descanso y, a veces, de un buen mecanismo de estiramiento para sacar las arrugas que, el tiempo, nos hace ver con más claridad.

¿Y qué tiene que ver esto con que estés triste? —me decís—. Pues que hoy, que llovía, pensaba escribir. Hacer borradores, seguir metiendo ideas tontas, soplapolleces y demás atisbos medianamente inteligentes para que, quizá, pudieran ser usados al tiempo y transformados en capítulos, en escenas, en partes de un libro que hacía tiempo que quería contar, y que, ayer, comencé a revisar. La primera parte, claro, que imprimí y aún hoy he estado devorando con parsimonia, saboreándola, encontrando mierda y también cosas muy buenas. El principio, lo mejor; después, me parece, la magia va tomando forma pero le cuesta un poco mantener el ritmo. Tendré que revisarlo, y rescribir, y borrar, y meter de nuevo. Y cagarme en mis escritos, y hacerlos basura y volver a entristecerme y salir afuera a encontrarme alegrías con las que luego nuevamente pueda sonreír para tener más tristezas de las que reírme.

Hoy no he escrito una jodida mierda.

Sólo corregí algunas faltas, cambié algunos adjetivos, rescribí alguna frase, cambié algún párrafo, y vi la ventana abierta, mientras llovía, y me quise convertir en una gota de lluvia para sentir cómo es caer contra el suelo y romperse tan dulcemente. Mi caída, lo sé, no sería nada dulce; por eso sueño con las metáforas, porque son los mejores disfraces para la realidad que, desnuda, resulta a veces tan triste.

El preámbulo es una maravilla. El prólogo es decentemente bueno; el primer capítulo mola, pero me resulta vulgar, como si lo hubiese podido escribir cualquiera. Y es que claro, ¿quién cojones soy yo? Un niñato que se cree muy bueno escribiendo, que se cree que podrá escribir un libro y que hará conseguir llorar a alguien, y que más gente se reirá con él y comprenderá sus delirios, y sus dudas, y sus más terribles miedos. Y una mierda. Comprendo que aún estoy verde en el tema de las novelas. Pero esto, a pesar de que me cause mucha ilusión (sé que no la demuestro en el post, pero joder, ya os he dicho que llueve), sé que necesita aún de más repaso, y de más ganas, de más fuerzas que poder luego usar en el escrito. Y las fuerzas, últimamente, me fallan —no me he equivocado de palabra, ojalá me follasen, amigos míos—. Aún me queda mucho por corregir, claro, y muchos capítulos que releer. Y eso sólo es la primera parte.

En teoría la novela se compondrá de tres actos, de tres partes. Y voy acabando la segunda. Aunque estoy parado y no sé cómo mierdas seguir (sí, si te lo estás preguntando, la novela comenzó improvisada); tendré que rellenar hojas del bloc, y tener más ideas, y más tiempo para pensar en ella; algo que, desde hace algo de tiempo, no me regalo. Y creo que lo necesito. Necesito sumergirme en esas historias, de lleno, salir de este mundo: restregarme contra los jardines de un poblado hermoso, y que me sacudan a puñetazos en un pueblo desconocido, y ver latir cien mil personajes que, jamás en vida, conocería. Necesito sentir latir la fantasía algo realista que pretendo crear (intento hacer de las cosas pequeñas y de la realidad algo grande, asombroso; no hay elfos, ni dragones, ni mierdas varias que hacía años me chiflaban y ahora casi me repugnan); necesito, además, creerme de nuevo toda esa vorágine fantasiosa para crear. Crear. Joder, crear. Qué fácil es decirlo.

Y encima soy un estúpido. Para ser de mis primeras novelas (ya antes he hecho dos novelas cortas, pero más que nada como aprendizaje y experimento) he metido demasiados personajes principales. Cuatro protagonistas, y en la segunda parte se une uno más. Me cago en mis personajes, y en sus falsas madres. Pensé matar a alguno, pero les cogí cariño; y mira, creo que tampoco salí tan mal parado, y me lo he jugado y pasado bien con estos aventureros del tres al cuarto, que no tienen espadas ni usan magia, sólo sus ojos para observar y los pies para adentrarse en las ignotas tierras que pueden estar llenas de delirio. Que pueden no, que lo están. Ahí reside la mayor parte de la magia de la novela: en los escenarios, en los hilos conductores, en algunas visiones, en la terrible realidad que resulta increíble pero que se hace devota de la fe del lector si se consigue sumergir en ella (algo, me temo, imposible de momento). Esta segunda parte, además, es bastante terrorífica, con momentos bastantes oscuros, muy lóbregos. Pero aún tengo que repasarla, cuando acabe con la primera, para ver, después de meses, cómo ha ido quedando todo el trabajo.

Y me temo que voy a sufrir, que voy a llorar a través de mis personajes, que voy a sentir y a vivir otras experiencias, que voy a salir de este caparazón, como diría Hamlet, para comprender el mundo infinito. Y eso, me oís, no es poco.

De momento voy a cerrar la música, voy a dejar el ordenador en stand by, me voy a ir a tomar por culo (en sentido metafórico, jocosos lectores), a llorar en la calma mientras leo unos sonetos de Shakespeare y, de nuevo, me estiro como un gato en la cama y miro hacia todos lados con miedo, con desesperanza y con asco; indiferencia cada vez más.

Lo siento por los que no pudieron hoy disfrutar debido a la lluvia; no comprenden lo jodidamente divertido que es querer transformarse en una gota de agua. Y romperse contra el suelo.

Ahí andamos, a las buenas y a las malas, pero hacia ninguna parte, como siempre.

25 Agosto, 2007

Dos sonetos de Shakespeare

Archivado en: Referentes — Darthz @ 5:01 am

Por qué Shakespeare es mi escritor favorito es uno de los motivos de este post, de este blog, de su título, de su esencia, de mis letras, de las suyas, de las de todos. Por qué puse ahora estos dos sonetos es cuestión de, sencillamente, amor. Leo actualmente todos sus sonetos, y al leer éstos no pude más que releerlos una y otra vez, copiarlos y pasarlos al ordenador, y volverlos a admirar. Y hoy quiero que todos lo admiren, todos aquéllos que, por una u otra cosa, no los habéis leído, que los leáis. Y que disfrutéis, y que sintáis, también, el amor. Esto que os muestro es verdadera poesía. Escribir verdadera poesía es algo que no hace casi nadie; para que me entiendan:

 

71

Cuando yo esté ya muerto, llora sólo por mí
mientras oigas las hoscas y tristes campanadas
que al mundo anunciarán que huí de este vil mundo
para entre los más viles gusanos habitar.

Aún más, si lees este verso, tú no recuerdes
qué mano lo escribió; pues mi amor es tan grande
que prefiero me olviden tus dulces pensamientos,
si es que pensar en mí va a causarte dolor.

¡Oh! —digo— si recorren este verso tus ojos
cuando yo esté tal vez con la arcilla mezclado,
ni siquiera repitas mi miserable nombre,
sino haz que, con mi vida, también tu amor se extinga:

no sea que el juicioso mundo, viendo tus quejas,
por mí de ti se burle cuando yo ya no esté.

 

*

 

73

Hoy puedes ver en mí esa estación del año
en que unas pocas hojas gualdas, tal vez ninguna,
resisten en las ramas que tiritan de frío,
coros mondos y en ruinas donde aún cantan las aves.

En mí ves el crepúsculo del día en que su luz
tras la puesta de sol se funde con el ocaso
y la arrebata poco a poco la negra noche,
el doble de la muerte, que sella todo en paz.

En mí ves resplandores aún del fuego aquél
que sobre las cenizas de su verdor reposa
como en lecho mortuorio en el que ha de expirar
consumido por algo que antes fue su alimento.

Eso que observas hace que tu amor se refuerce
para amar lo que pronto habrás de abandonar.

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