Llevaba varios días sin poder escribir más que dos frases, un inspirado poema (sí, no me pregunten por qué, la poesía nace de otro sitio menos humano), e ideas y retazos que buenamente iba recogiendo en una libretita. Ya se acabó; ayer volví a escribir, y lo hice con un relato de tres folios. Algo es algo. Miro las visitas a mi bitácora y observo agradecido aunque contrariado que los días de mayor apogeo, es decir, aquéllos en los que se ha batido el record de entradas y lecturas, han sido, precisamente, ayer y antes de ayer, los dos días que no escribí nada: gracias, lectores míos. Me gusta pensar que este es un mecanismo similar al del crecimiento de los músculos: te puedes tirar toda la semana yendo a un gimnasio y machacándote pero, a la hora de la verdad, los músculos crecen el día que te tomas un descanso, o cuando duermes y te relajas. Así he estado yo, de letargo, aunque también era de esperar que esto ocurriese tarde o temprano, pues el ritmo aquél de escribir un artículo diario es, necesariamente, insoportable.
Acaba de bajar las escaleras y perderse seguramente para siempre el chico del correo, que me acaba de traer el pedido que llevaba ya tiempo esperando. Hoy me he levantado más que menos feliz, aunque dudo que sea por eso e incluso que sea por algo en concreto; aún así, me temo, a nadie le puede hacer infeliz ver libros de Borges, Maturin, Stevenson, Dostoyevski, Bukowski y Kafka en su cama, desperdigados y desordenados como si con sus propias patitas hubiesen decidido apoyarse sobre la almohada, un cojín, la sábana deshecha y un montón de aires insomnes que comienzan a diluirse con los rayos del sol que se filtran por la ventana. Ah, sí, es realmente sobrecogedora la escena.
En realidad todo esto no era más que una presentación para hablar de lo que realmente quería hablar yo hoy —mejor podría decir ayer, o antes de ayer, pero no sucedió—: el yin y el yang. Una presentación, entiéndase como modo de calentamiento y de estiramiento de los músculos, para volver a seguir trabajando con el mismo cariño y esmero de antaño, sin traicionar a la musa porque sino es entonces luego ella la que me da la espalda y me deja de lado, tirado en medio de una carretera con el coche fuera del carril y sin gasolina: y eso es algo tremendamente terrible (aunque yo no tengo coche). No es casualidad que hoy os hable del yin y el yang, como tampoco lo es que sea de día y que aquí abajito, afuera, haga un sol deslumbrante. Últimamente venía pensando mucho sobre ésta que es, seguramente, la filosofía china más anclada en occidente; me pasó, por ejemplo, primero viendo Jekyll (la serie: magnífica, por cierto) y luego leyendo El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y también anteriormente (perdonen que el orden reluzca por su ausencia) aquella fabulosa serie que ya me dejó prendado durante muchas y muy agradables horas: Dexter; y me pasa ahora, también, leyendo a Hesse y su lobo estepario, mientras leo sobre la fuerza animal y la divina, sobre el instinto y la razón, sobre las eternas luchas que dentro del hombre perviven sin paz y sin gloria desde tiempos inmemoriales; y también cuando nos habla de Nietzsche y de Goethe, cuando se nos acerca a ese estado de incomprensión humana tan terrible pero cierta porque, al final, somos nosotros los mayores incomprendidos. Seguramente me ha venido a la cabeza este pensamiento con muchas más cosas, pero no entra en mi lista enumerar cada una de ellas pues esto, lectores —temiéndolo—, resultaría imposible.
El yin y el yang siempre, lo reconozco, me ha resultado una filosofía interesante, ingeniosa y aplicable a casi cualquier cosa que nos ocurra; porque es ése uno de sus mejores aciertos,
que con todo se puede mezclar y que con todo vale. En principio, el yin y el yang son los eternos opuestos, pero también se compenetran, por eso de que en aquella figurita que todos ahora tendrán en sus cabezas (un círculo con una mitad blanca y otra negra y con un pequeño círculo dentro de cada mitad con el color opuesto, llamado taijitu, o “diagrama del taiji”) la línea que separa los dos colores sea desigual y ondulante. Son, por supuesto, interdependientes, pues nada son el uno sin el otro, pues aunque parezcan odiarse el vínculo que los une es tan poderoso que si se rompiese ya nada tendría sentido, pues la noche depende tanto del día como el día de la noche, al igual que la luz y la oscuridad y la oscuridad, así mismo, con el día. El famoso “taiji” nos viene a decir también que tanto un lado como otro, el blanco o el negro, se pueden acabar convirtiendo en sus opuestos, y que si el primero genera algo del segundo este último acabará generando lo mismo del primero, dependiendo de la intensidad con la que atacase el blanco, pues en este aparente desequilibrio permanece, al final, el equilibrio. Podríamos decir aquí muchas más cosas sobre el fenómeno que nadie entendería porque las diría muy mal y porque, en cierto modo, ya está dicho por multitud de sitios y mejor que aquí; así que me ahorro las explicaciones específicas y paso a hablar de lo que el yin y el yang me viene diciendo desde hace ya muchos días.
¿Está todo unido? Me gustaría pensar que sí, aunque al final queden muchos cabos sueltos y sigamos siendo, como decía Goethe, unos incomprendidos. En la famosa obra de Stevenson ya se nos habla de la duplicidad del ser humano, de cómo una sola persona puede albergar dentro de sí más de un carácter, y que incluso su misma alma, al cambiar, pueda transformar la física apariencia que uno muestra al mundo. Hablar del “yo” como unidad indestructible me parece cada día más ridículo: no somos nada, y en nada nos convertiremos (afloro optimismo por doquier, como han podido y podrán comprobar). En Dexter se nos cuenta la vida de un caníbal, de un hombre que, por sucesos extraordinariamente horribles que le sucedieron cuando aún no veía más que el mundo como un inmenso bosque donde perderse, acabó sacando a flote su lado más perverso, el cual ataca incesante y nunca muere y lo hace tener que vivir como un solitario, como alguien distinto a todos los demás porque, aunque haga las mismas cosas que ellos para sobrevivir, él sabe, en el fondo, que es un monstruo. Nadie está exento de cierta ironía, y nosotros mismos somos los primeros que nos traicionamos, somos los únicos que nos amamos y, al día siguiente, nos despreciamos con el mayor de los odios, al igual que nuestros sentimientos pueden cambiar con la luz del día y, más tarde, con la brisa de la noche y su alentadora caricia. Somos unos hijos de puta y también los mejores hombres que puedan existir sobre la faz de la tierra, y nadie hace algo sin que luego se arrepienta o piense en ello, pues somos así: hermosura y salvajismo, inteligencia y necedad, humildad y orgullo.

La luz del día no podría existir sin la idea de que, al tiempo, la noche nos imbuirá en su manto oscuro; al igual que tampoco comprenderíamos la vida sino existiese la muerte, o, no al menos, la valoraríamos del mismo modo. La vida se transforma necesariamente en muerte y aún no sé si la muerte también en vida, pues no he pretendido ni pretendo de momento pasar por aquel barrio. Y nos habríamos acostumbrado a sentir, a ver, a palpar y a ser personas o monstruos también en la oscuridad si, la luz, jamás hubiese sido dada al ser humano, si Prometeo se hubiese estado quieto y callado y nunca hubiese robado el fuego de los dioses para entregarlo en bandeja a esta curiosa raza que somos nosotros mismos, sabedores de que la cultura, como la luz, no es más que una ilusión que acaba desvaneciéndose, pues nada dura eternamente. Esa luz, ese fuego, como una llama, algún día, dejará de iluminarnos para hacernos ver lo que de verdad somos, lo que hemos sido y en lo que, algún día, nos convertiremos; y ya, me temo, hay muchos que nacen y viven sin siquiera tomar un poco de lo que Prometeo defendió hasta la tortura indeseable por salvarnos. ¡Por salvarnos: qué monstruo más insensato fue Prometeo!
En el fondo me gusta ver el yin y yang como una enorme y ardorosa llama de luces fugaces e intermitentes, donde tras los rojos y los amarillos estamos ardiendo constantemente todos aquellos que, sin saberlo, nos hemos fraguado nuestra propia condena, nuestra infelicidad, nuestros delirios, nuestras más terribles pesadillas. El yin y yang es un enorme fuego que nunca se apaga donde somos todos lo que en él entramos brasas indeseables cargadas de conocimientos, cultura, inteligencia, poder: sufrimiento. Las llamas doradas se mezclan con las más oscuras, y en su continuo juego veremos el ir y venir de millones de ideas, pensamientos, ilusiones, sueños y vanas esperanzas. Todo esto me recuerda a un relato (pueden leerlo en el enlace de más abajo) que escribí en el que la vida era, simplemente, una enorme metáfora con el fuego; y nosotros ciervos que íbamos intentando huir de las llamas para no abrasarnos, sabiéndonos perdedores ya de antemano, cobardes, ingenuos e insignificantes. Qué mejor metáfora para la vida que el yin y el yang, donde todo se une y donde todo también, acaba, la eterna llama donde cada una de las líneas al final forman circunferencias que, como anillos (ya decían que así era también el amor), jamás cesan en su empeño de demostrar lo eterno e inmutable de sus esencias.
Es éste el gran incendio de la vida, en el que nosotros mismos nos hundimos y en el que ardemos creyéndonos invencibles, poderosos y capaces de cualquier cosa. Aquí todo tiene un mismo aunque diferente sentido: el bien y el mal, la luz y lo oscuro, la noche y el día, la razón y lo salvaje, la esclavitud y la libertad. Y todos nos compenetramos y ellos mismos se juntan a nosotros porque formamos parte de ellos, del mundo, de su continua lucha por demostrar que no somos nada aunque creamos serlo todo. En este fuego nada vive eternamente más que la propia vida, y todos algún día también seremos polvo y aire, cenizas lanzadas al viento o al mar y un recuerdo que quizás no perviva lo que desearíamos. Somos sin saberlo los descendientes de aquel hombre que ascendió al olimpo para robar lo que pensaba que era suyo, queriéndose salvar a sí mismo cuando no pudo más que, al final, acabar ardiendo como algún día todos nosotros lo haremos.



