Palabras, palabras, palabras…

5 Agosto, 2007

Delirios del escritor I (sobre muchas cosas y sobre nada en particular)

Archivado en: Literatura — Darthz @ 2:10 am

Me pasa muy a menudo que abro un folio en blanco y no sé qué cojones voy a escribir. Pero si lo he abierto —supone el maestro— es por algo; así que mi mente no para de meter el hocico en la idea hasta que, finalmente, me espanta. ¡Cuántas veces han nacido así obras que luego he idolatrado! Entonces me atormento. ¿Cómo no atormentarse ante tamaño absurdo que es el mundo? ¿Si no me hubiera sentado esa noche y le hubiera dado a la tecla nunca hubiese escrito esa historia? Mejor paro. Sí, porque he tenido muchas conversaciones con estas con amigos. Y, por normalidad, uno acaba atormentado. Y yo siempre estoy atormentado. Estar atormentado es una mierda, pero también una salvación. Nunca acabaría de preguntarme cosas, mira que soy raro.

Y a esta altura —no aún muy grande pero lo suficiente como para que el lector se cuestione— tú preguntarás: ¿y de qué mierdas nos hablas ahora, tío? Y yo no sabría qué deciros, pues, realmente tengo aún menos idea, seguramente, de la que tenéis vosotros. Y aquí ya muchos pueden coger y largarse, porque estén hasta los cojones de que empiece con una conjunción los textos o porque, simplemente, no tengan ganas de perder el tiempo leyendo a un desquiciado y jodido loco escritor. Y llamarme escritor es otra locura, pero, ¿no he dicho ya que estaba loco?

Ah, Julián, concéntrate (sí, es la primera vez que me nombro tal como me llamo, y no por mi pseudónimo; seguramente acto de mi subconsciente puesto que hoy he abierto la página web donde públicamente suscribo y subrayo mi nombre real, porque ya es hora de dejarnos de pijaditas, que no tenemos doce años). El lector quiere que le cuentes algo, y aquí estás tú para ello.

Vale, allá vamos. Voy a contar algo. Pero, como ya muchos irán notando, de otra manera. Mi blog, al igual que yo y al igual que todos, y al igual que las ratas y los escarabajos y los panes de un día para otro y los hombres que se tuestan en uno de estos calurosos días como si fuesen panes que van a ser quemados (de tal forma que ni la manteca les quite la negrura —que no cordura—), cambia. Porque, como ya algún que otro filósofo energúmeno, enano y gordinflón (no lo sé, pero me lo invento, que así tiene más gracia), dijo: el mundo está en constante cambio. Somos cambio y proceso. O proceso y cambio, si queréis también cambiar este orden, vosotros mismos.

Últimamente leo mucho. Y he tenido una fiebre de cuarenta grados, y he perdido cuatro kilos y estoy más guapo e incluso, fíjense en la paradoja, con más pelo que antes. Pero volvamos a lo de antes. Últimamente leo mucho. Leo a Kafka y leo a Poe, a Zweig y a Cortázar, a Rimbaud y a Hemingway, a poetas que ustedes no conocéis y a otros muchos autores de los que, comúnmente, leo relatos, cuentos, artículos o poesía. He terminado dos o tres novelas en estas últimas semanas, y me ha vuelto a quedar esa agradable sensación que adquiere uno cuando sabe que ha tomado conocimientos nuevos, historias nuevas, cultura nueva, y, sobre todo (a veces con más o menos acierto) se ha divertido. Y ha, sobre todo, disfrutado. Sí, no me quejo, últimamente leo a muchos de los grandes. Y lo que todavía me queda.

Podría hablaros ahora de cada uno de esos libros que estas recientes semanas he ido acabando, a modo de reseñas pero más fugaces que aquellas que en otras ocasiones os he puesto; pero prefiero escribiros acerca de otra estupidez, pues hoy mi cabeza ya no puede llenarse de tantas palabras, ideas, y pastas de libros.

He escrito mi mejor obra poética. Sí, lo digo orgulloso, porque lo creo. Porque se me ha erizado el vello al igual que se me impone cuando leo a los grandes, cuando leo a esos poetas que me gustan y cuando, de verdad, creo que estoy delante de un texto cojonudo y que merece algo más que la simple mención en boca de cuatro idiotas o de uno mismo. Es un poemario. Romántico. Muy mío (¿cómo no serlo? Julián, acuéstate ya), donde se me ha inspirado la vena más tormentosa, la más desordenada a la vez que inalcanzable en esos estados a los que uno no le sale más que dos palabras de la pluma (estoy pensando cambiar esa forma de mentar a lo que uno escribe, no por sus claras connotaciones homosexuales —que tampoco es que me importe realmente mucho— sino porque nunca, no sé porqué, me terminó de gustar —rechina—). Tiene delirios y tiene sentido; es fantástica a la vez que real. Todos nos podemos acercar a ella, y yo creo que es realmente buena; pero claro, ¿qué validez tiene la opinión del que lo escribe? (mucha, pero eso ahora no importa ni interesa).

Realmente el poemario es de las obras finalizadas que más orgulloso me han dejado. Y por ello he buscado un concurso (que colabora con una agradable y, parece, sincera editorial) en la que creo que pueda tener buenas miras. Y la voy a enviar, aunque todos sepamos que después aquello pueda estar condicionado por muchos más factores que la calidad literaria, ya que su eterna enemiga, la humana, anda prostituyéndose con multitud de empresarios y amigos. Pero me importa dos cojones, voy a probar suerte. Y si no la hay no me entristezco, sé que es una gran obra y que, algún día, tendré que tocar buen puerto. Aunque yo ya esté muerto.

A un punto de la eternidad, nos quedamos los escritores.

Nunca sabremos si, después de muertos, seremos polvo o recuerdos.

Blog de WordPress.com.