
Y vuelvo a la carga, al final, con una continuación de lo anteriormente escrito; sabiendo que en ese post no dije nada y que, además, en este tampoco llegaré a decir todo lo que debería haber dicho (ya tenemos tercera parte del artículo). Os comenté acerca de algunos autores que últimamente leía, y ahora, con algo de más tiempo y ganas, les hablaré acerca de ellos y lo que sus agradables —a veces no tanto, pero oye, es lectura, al fin y al cabo— obras me suscitaron.
Llevaba realmente tiempo con esta mosca detrás de la oreja, una mosca bastante cojonera, gótica, pesada, densa, y, muy oscura. Hablo de Howard Philips Lovecraft, el romántico Lovecraft (sí, lo digo adrede, porque hace realmente poco ha habido un enorme debate en un foro que frecuento acerca de la verdadera sensibilidad del autor), el llamado maestro del terror cósmico, del horror a lo desconocido; del que habla de sueños imposibles y ciudades que se bañan en ónice y quedan suspendidas en el aire y en el tiempo. Digo que llevaba tiempo con esta mosca detrás de la oreja porque, desde siempre (mejor dicho: desde que leí a Edgar Allan Poe —aquel relato de El gato negro, por ejemplo, que me heló la sangre durante una noche ya hace muchos veranos), lo tuve como referencia a la hora de contar una historia de miedo o de terror: porque había oído hablar mucho de él y porque, joder, ya empezaba a leer algunos de sus relatos y me gustaba. Era realmente bueno. Me leí mucho de su llamada de Cthulhu y otros cuentos, y ya, por fin, este año, llegó a mis manos una hermosa y —porqué no decirlo— pesada edición de Valdemar donde se reúne gran parte de su narrativa (en tres tomos estará toda aunada y bendecida, y aún queda).
El libro estuvo cogiendo polvo en la estantería durante muchos meses. Siempre se cogen otras obras, uno comienza otras lecturas, se sumerge en otros proyectos que lo acaban, siempre, alejando de sus propósitos iniciales, y al final acabamos leyendo cualquier otra cosa menos la que teníamos en mente. Pero, digo, pero, gracias a un amigo que hace poco comenzó también a leerlo; y gracias a un pequeño club de lectura que se formó realmente también hace poco, en el que se pedía leer La búsqueda en sueños de la ignota Kadath, comencé a abrir aquellas amarillentas páginas donde se escondían terrores tan terribles y primigenios como para asustarnos durante muchas noches y, también, algunos días. Leí algunos de sus relatos. Rememoré aquella horrible odisea de Dagón, en la que lo fortuito de esta vida me tuvo siempre, sin saberlo, dentro de ella: ya algún relato mío tenía un final similar al de este relato, el cual nunca supe porqué salió así pero, en mi subconsciente, me recordaba a algo que no llegaba nunca a adivinar. Y ahora os puedo hablar con algo más de peso de Lovecraft, de su obra de la mágica ciudad del crepúsculo, de su estilo y de su famosa pedantería, de su reconocidísima fama y de sus, quizá, abusivas faltas. Sí, yo que soy un mierdecilla, que aún gateo y siquiera sé pronunciar algunas palabras, critico a este genio. Ojo, no digo que sea malo, ni que deje de gustarme: sólo que creo que, en su grandísima y elevada fama, algo sobrevalorada pervive su memoria. Ya algunos de los grandes lo criticaron, recordemos a Borges (mucho más drástico y empecinado), que hablaba de Lovecraft como un burdo imitador del estilo de Poe.
Yo no creo que Lovecraft sea un pedante, ni tampoco que emule a otros autores. He leído a Poe, y he leído a Lovecraft, y creo que tienen, a pesar de estilos semejantes, diferencias que los encasillan en sitios distintos. Los dos son oscuros, los dos hablan de miedos e intentan aterrorizar, los dos usan estilos parecidos porque, joder, necesitan crear una atmósfera similar, y porque el miedo lo da la oscuridad y el escenario romántico, y el terror lo inducen al cerebro los cementerios y los cuervos y los gatos (los primeros, ya desde siempre, del que nació primero), porque son figuras que desde pequeño se nos han antojado atractivamente terribles y soñadoras. Pero uno habla con los pies en el mundo y el otro los tiene constantemente en el espacio, en Plutón y en
seres de dimensiones paralelas —ya hablo de Lovecraft, queridos lectores—, en criaturas que no existen pero a las que, curiosamente, se les hace a uno creíbles. El delirio de Lovecraft va más allá de lo terrenal, es una fantasía que es capaz de aterrizar en otro tiempo, atravesar el espacio hacia mundos inimaginables para mostrarnos lo insignificantes que somos los humanos, o, al revés, traer a gentes de otros mundos hacia éste para comprobar que somos una pieza diminuta de un gran puzzle al que, nunca, sabremos darle cuerda. Pero claro, es muy fácil decir que tal o cual autor copia el estilo de uno más antiguo, de un autor que ya está muerto; puesto que, claro, nació antes que él. Pues voy a hablar de eso que me gusta tanto ahora, y que desordena todo este pensamiento de la gente que intenta simplificar tanto la realidad: todo ya está inventado. Desde la Hélade, se dice, de la Grecia Clásica, ya nadie volvió a inventar nada nuevo. Claro que, desde puntos de vistas distintos, con otros enfoques y otras palabras, siempre se pueden ir creando cosas nuevas: pero lo que hemos visto, ya ha sido visto. Y todos nos basamos en las mismas influencias y en las mismas mentiras y en las mismas verdades. Oí alguna vez que sólo existen tres temas, de los cuales dos ya no recuerdo y uno era el amor. Sí, soy un idiota, y hoy mi memoria es una puta. Pero volverá, siempre vuelve. Aunque ya no valga para nada.
Borges quizá fuera duro o incluso (hasta sin saberlo) hipócrita con tales afirmaciones; pero yo le veo otros defectos a Lovecraft que sí que, a mi modo de ver, retrae un poco al lector a la hora de sumergirse en su obra. Pero antes me gustaría aclarar cierta conclusión que antes me saqué del sombrero y de la que, estoy seguro (porque he tenido tales discusiones al respecto) muchos difieren: su pedantería. Vale, ¿qué es un ser pedante? Alguien que no vacila cuando ha de meter cincuenta adjetivos en un texto de setenta palabras; alguien que adorna el texto hasta lo excesivo (yo he pecado mucho de esto, y, podría decirse así, casi todos cuando empezamos); alguien que se pasa por el forro de los cojones lo que sus lectores puedan pensar y aburra hasta lo indecible con cosas que no vengan a cuento y no pare de subrayar algo que ya ha dejado claro. ¿Lovecraft es un pedante? No. Lovecraft usa muchos adjetivos, y usa frases largas, y decora su texto y nos manifiesta siempre una descripción exquisita; pero claro, es eso: exquisita, porque lo hace bien. Si fuera otro, sería pedante; pero él resuelve siempre de manera magnífica lo que cuenta, y no aburre; al contrario, interesa. Y te succiona sin que puedas resistirte a su mamada.
Claro que, y ahora aquí viene mi crítica a su obra, mi crítica a su estilo, mis quejas y mis reclamos a alguien que ya está muerto y al que siguen millones de personas: ¡podrías haberte ahorrado algunas de tus exageraciones! Sí, es el gran pecado de Lovecraft, hablar de las lejanas e inconmensurables colinas que nunca nadie ha pisado y jamás el hombre ha llegado a conocer. Estas hipérboles molan, porque hacen volar la imaginación del lector, como cuando piensas en la idea de nada y, a los cinco minutos, abres los ojos con furia y gritas porque has caído en un vacío, un pozo sin retorno; pero en exceso acaban lastrando la historia e, incluso, restan un poco de la credibilidad que en otros momentos dota al relato. También, me temo, que Howard podría haber conseguido en algunas de sus historias una mejor esencia si las hubiese hecho con un ritmo algo más agilizado que el de un caracol (metáfora que me hizo un amigo y con la cual, me parece, me quedé); pero claro, supongo que también, tal vez, esto haría que sus historias no fuesen lo que fuesen. Aunque, insisto, creo que para recrear esa atmósfera opresiva y siniestra en la que muchos de sus cuentos, por no decir todos, está o debe estar presente, no hubiera hecho falta tanta verborrea, exageración y descripción. Éste es uno de esos autores que no destacó (impresión mía) por llevar sus textos al peluquero.
Ahora es cuando voy y cambio de tercio sin que el lector se lo espere (aunque con esto chape la sorpresa y ya el lector si que sepa que voy a cambiar de tercio, lo cual, en realidad, es lo que quería conseguir).
Kafka no se consideraba escritor, pero es de los mejores escritores que ha dado la historia. No se consideraba escritor porque no escribía más que para sí mismo; incluso intentó quemar todas sus obras para que nadie, después de muerto, las leyera, salvo algún vulgar y desconocido amigo suyo. Él no escribía para la humanidad, pero la humanidad entera ahora lo lee; se consagró como uno de los mejores literatos sin quererlo,
escribía por amor al arte y, lo que es más terrible aún, por necesidad. No era una necesidad como la de cualquier persona que, día sí y día no, escribe unas líneas en el diario de su vida porque se siente solo y su novio/a, padre/madre, hermano/vecino, le ha dejado; era una necesidad trascendental, una necesidad casi primaria, como la del comer o echar mierda por el ano; Kafka escribía porque así, evadiéndose, se alejaba de la sociedad, y en sus transformaciones (léase La metamorfosis, por ejemplo) o en las transmutaciones que hacía de personas a animal se puede palpar la inferioridad a la que cada día, al levantarse, era sometido este hombre. Quizá reflejando nuestras vidas en la simple irracionalidad de un cuadrúpedo con pelos sea más fácil observar nuestros miedos y nuestras dudas, nuestros deseos y, también, nuestra verdadera identidad.
Si Lovecraft es el eterno llamado pedante y su prosa lo más denso que un literato (bueno) pueda meter en su obra; Kafka es todo lo contrario, es fijeza y claridad de ideas, conceptos incluso a veces demasiado fríos para lo que se nos cuenta. Y esto es lo maravilloso de la literatura: ver como de un autor a otro pueda haber tanta diferencia y, sin embargo, tanto parecido. Observar cómo lo que en uno encontramos también en otro, aunque normalmente de manera distinta, aparece reflejado, con otros miedos, con otras dudas, o a veces incluso las mismas. Y es que, a pesar de ser tan distintos, los dos pueden ser devoción de un mismo santo. Kafka, como digo, puede resultar frío, estático, cerrado y hermético, como si sus textos a veces estuviesen escritos por un robot que le transmitiese mentalmente las palabras; pero el que lea algo más que dos cuentos de Kafka encontrará en esa frialdad la calidez más grande que pueda existir en un texto: la del que, contada de manera preciosa y sencilla, te llega al alma, e incluso aunque parezca estar descrita de la manera más inhumana posible, se cuele en tu memoria y te lleve a una lucha intensa que apenas puedas apartar la mirada del texto. Esto es Kafka; esto y mucho más. Yo he leído textos suyos, de no más de un párrafo, veinte líneas, que me han dejado helado; mirando con una sonrisa en los labios las páginas e incluso imitando los gestos del protagonista de ese surrealismo descrito; encontrándome en sus páginas a la vez que en sus miedos y en sus fantasías. Kafka escribe sobre cosas vulgares, sobre cosas simples —cual Oda a la vida sencilla, de Pemán, por ejemplo—, pero como no era andaluz, su prosa no contiene la misma vida que éste le daba. Ojo, digo que no contiene la misma vida; no que no tenga vida. Si fuera inerte, hubiera lanzado el texto al váter, o por la ventana, o lo hubiese quemado (véanse todos esos libros que, inflados por las materialistas manos de gente que sólo quiere dinero y poder rápido —prostituirse cual puta sin cultura—, amanecen cada día sobre el estante de novedades de cualquier centro comercial).
Kafka tiene un relato, más bien una novela corta, que es, por cierto, de sus más famosas y reconocidas, que es incapaz de no llegar al alma de alguien si es que esta persona tiene vida y experiencia: La metamorfosis. La trama es conocida por todos, incluso el mismo título ya nos lo dice, joder, un hombre se transforma. Sí, pero no en cualquier cosa, sino en un escarabajo. ¡En un escarabajo, qué asco!, pensarán muchos: ¡ya se las podría Kafka haber arreglado para transmutar en una mariposa o un águila! Pues no, bonita/bonitos, hija/hijos míos (¿qué hago hablando así, si acabo hace muy poco de cumplir la mayoría de edad?), Kafka necesitaba describir algo sucio, algo deleznable y aburrido, algo que, realmente, consiguiera aunar todas las expectativas de una vida miserable en ese texto: y lo consiguió. Ya lo creo que lo consiguió. Es terrible. Es mordaz, hiriente, lacerante, como un látigo. Cabe decir ahora que Kafka, siempre, escribía, como ya dije, para sí mismo; por lo que éste, al igual que casi toda su obra, es autobiográfico. Él nunca tuvo un buen lugar en su familia, y todos sus miedos son expuestos en ella, con metáforas o sin ellas (obviamente nadie se creerá que Franz Kafka se transformó en un escarabajo, ¡por dios!, es literatura). Por ejemplo, su padre era un hijo de puta. Sí, era un tirano, y lo tuvo esclavizado durante muchos años: infancia y adolescencia y parte de su vida como adulto, como un esclavo lineal más de ese mundo tan triste e inmenso (desconocido para él) que era entonces el lugar donde existía. Por ello, él mismo declaró que la influencia que en su obra tuvo su Padre fue completa y trascendental.
En La metamorfosis vemos ese desprecio, esa continua lucha contra algo que es superior al individuo, ese no dejar de cuestionarse por si realmente merece la pena vivir de forma tan sucia y asquerosa (como realmente vive el noventa por ciento de la población mundial), y toda esa vorágine de situaciones que se escapan al poder real de la mente de una persona, tan insignificante ante un mundo repleto de enigmas y mecanismos superiores a la figura humana: pues así es como, actualmente, se definen situaciones parecidas cuando se usa el termino kafkiano. Cuando hablamos de la obra de un escritor, normalmente hablamos del mundo de x; con Kafka tendríamos que hablar de un universo, y yo no tengo ni tiempo ni ganas (de momento) de hacer eso en esta página.
Para eso, y para muchas otras cosas que, como bien (soy adivino) dije al principio del post, me dejo en el tintero (esta expresión me parece muy cursi, tendré que cambiarla); seguiremos hablando otro día, largo y tendido.
Ahora voy a transformarme en un escarabajo, y, sin que ninguno de ustedes lo llegue a saber jamás, atravesaré las dimensiones del sueño para llegar hasta Kadath, donde me arroparé con los últimos vestigios de un amanecer bañado en plata.
