Cuanto más lee uno, más criticón se vuelve. Es una regla que no falla. Y además es lógico; si no lees, estás espeso, y si te presentan una mierda por delante no vas a poder olerla con el mismo odio que si ya estás harto de pasar por el váter a diario. No me entiendan mal, es una metáfora: no hablo de mierdas, ni digo que todo lo que últimamente leo sea mierda. Dios me asista. Es más, últimamente lo que leo es muy bueno, y leo mucho de los grandes; y por eso, precisamente, estoy más crítico que nunca. Acabo de leer una decena de relatos para una página y termino con una sensación agridulce; en la que una parte se ve recompensada por el logro de haberlo acabado, también por haber encontrado pasajes e incluso textos enteros dignos de elogio; y otra en la que uno se disgusta porque el sabor agrio de la boca a nadie (no puedo jurarlo, en realidad), le agrada. Suelo hacer mucho esto; alterno con mis novelas y lecturas actuales los relatos que, de una página u de otra, para colaborar o simplemente por ocio, leo mientras así calmo mis ansias literarias de otro modo. Y es gratificante, aunque, también, a veces, un coñazo. Esta vez ha sido mezcla de los dos, y por ello me doy por satisfecho.
Y ahora, después de esta breve introductoria hacia una parte de mi vida y mis últimos delirios, es cuando os comento acerca de aquellas obras que había devorado últimamente y de las cual, aún, no os he hablado.
Empezaré por lo malo, ya que lo malo, si es breve, dos veces bueno (¿habéis visto lo ingenioso que estoy hoy?). Y digo breve porque de este libro y de este autor ya he hablado en una reseña (a la cual pueden acceder por aquí), pero tenía que dedicarle algunas breves líneas en este denso y desordenado popurrí que me he formado en una tríada de artículos. Porque sé, además, que los que no han leído la reseña sí leerán estas líneas y se sentirán incluso agradecidos; pero, ojo, aviso desde ya (también lo digo en el artículo largo), no son más que mis propias percepciones, basadas en mis gustos, preferencias y manías. Recientemente un amigo ha leído otra novela del mismo autor y le ha encantado. En fin, choses de la vie.
Hablo de José Antonio Suárez. Producto nacional. Pepe, para los amigos. Es la primera que leo suya (Cristales de fuego, se llama la obrita); y no me ha dejado con ganas de leer muchas más, a decir verdad. Vuelvo a insistir en lo mismo: no es un mal escritor, pero no me gusta su manera de contar las historias. Tiene la prosa, tiene la experiencia, se siente a gusto en el papel, y eso se nota: pero no sabe, a mi juicio más subjetivo, contar bien una historia; o al menos a mí esa forma de contarlas no me seduce. A su mundo le falta vida; demasiados nombres, demasiadas razas, demasiada política, pero no me termina de agradar su forma de exponerme ese universo (ya que, además, si es desconocido supuestamente para el que lo lee, debería ser detallado con una mayor perfección, y no contado como si el lector, desde siempre, supiese quiénes son los tnecli y la madre que los parió). No me termina de meter en su mundo porque, primero, no es que no me lo crea, sino que ni siquiera me sumerjo en él. Y mira que tenía pasajes bonitos, e incluso una prosa agradable a la vista y que me dejó varias horas tumbado en la playa, con el sol centelleante de fondo (dando por culo), y alguna sonrisa de vez en cuando en los labios. Pero no, oye, no me agradó tanto al final. Además de que es de esos que juegan a meter con calzador reflexiones filosóficas de por medio del relato, asegurándonos lo mucho que sabe sobre Platón y la grecia clásica y sobre la tecnología más avanzada, además del funcionamiento de la física en este universo (eso está claro y se ve en su prosa hard oculta en soft).
Lejos de querer decir que sea un mal escritor, sólo especificaré que a mí no me gusta. Ahora, cada cual, que juzgue por si mismo.

También, por una de esas cosas del destino, cuando, en uno de los caminos que me conducían hacia mi nueva facultad, paré frente a frente de una buena librería que, por motivos de distancia (no mucha, pero es que teniendo el corte inglés a diez minutos uno se hace reacio a andar más lejos si lo que puede encontrar lo tiene al lado), no frecuento con asiduidad; y ahí, ante mis narices, se encontraba la fantasía que llevaba meses soñando: un libro de Stefan Zweig. ¡Ah, tampoco será para tanto!, me dirán; y yo les diré que tienen razón. No es para tanto. Pero lo había idealizado, y por eso quizá luego no me encontré tan a gusto mientras lo leía, porque esperaba más de lo que éste podía darme. Pero, os digo desde ya, Stefan es bueno. Stefan es muy bueno. Y a pesar de que no cumpliese con sus divinas profecías, me encantó sobremanera.
Carta de una desconocida, se titula el libro en cuestión del escritor que arrastra tras de sí una enorme lista de publicaciones. Es una novela corta, de no más de setenta folios, que se devora en menos de una tarde. Yo la leí en casa de mis abuelos, con una brisa fresca entrando por la ventana del fondo y acomodado en un sillón como si se tratase de un momento único. Realmente era especial, pues llevaba mucho tiempo detrás de aquel libro. Y la magia —ta-chan ta-chan—, se hizo real. La historia es una gilipollez; o no. Esta es una de esas obras en las que el cómo lo cuenta ganan al todo del libro, incluso a sus propias y más profundas aspiraciones. El lirismo de Stefan, sin caer en la redundancia o la
adjetivación excesiva, se baña en una prosa sencilla, divertida, que no cansa. No aburre, y el relato toma un ritmo frenético a medida que avanzamos. Un día un hombre abre su correo y se encuentra con una carta. La carta de una desconocida. Y comienza a leer; ahí comienza la historia; ahí comienza la poesía; ahí comienza el amor; el lirismo; la magia. Y, cuando acaba, queremos más.
Si bien podría definirse a esta novelilla como obra de literatura romántica (de las de ahora, de esos que se empeñan en etiquetar a lo romántico como algo pueril e insustancial, sin tormento y sin oscuridad, sin delirio ni dudas); a mí me parece que va más allá de la simple categorización. Es una obra poética escrita en prosa, es un canto al amor. Es, vale, joder, una novela romántica. Y vosotros debéis leerla. Porque es magnífica. La única pega que podría sacarle al autor es que a veces peca de exagerar demasiado las situaciones, lo que le resta verosimilitud al texto. Vale que una mujer puede llegar a enamorarse de un hombre, e incluso (lo admito y —sobre todo—, lo admiro) estar prendada de él durante toda la vida; pero de ahí a cruzar límites como los que la chica protagonista asimila como normalidad durante el texto es, a veces, cuanto menos, surrealista.
Pero, al fin y al cabo, es ficción. No le pidamos más cocos al cocotero, que el próximo nos caerá en la cabeza y nos dejará inconscientes: hay que saber conformarse.
Y yo quiero seguir con los ojos muy abiertos, aunque en realidad los tenga siempre cerrados.
