
Muy lejos, imagino, estaba Michael Curtiz de saber que su obra acabaría siendo una de las más reconocidas, admiradas y elogiadas de todos los tiempos. Que Casablanca es buena nadie lo duda; pasa algo así como con el Quijote, que todos saben de él y de su grandeza, pero casi nadie lo ha leído; aunque, esta vez, por ser cine y no tener que gastar más de dos horas en su visionado, son muchos los que sí han admirado la perdurable obra que nació, mismamente, del improviso. Son medios distintos, por lo cual, lo que en literatura, por una de esas cosas del tiempo y el progreso, se puede escapar a los ojos críticos del que apenas conoce una lengua más antigua o ignora demás artificios literarios que ya quedaron obsoletos; en el cine es admirable en todo su esplendor, pues si bien puede haber cambios en la manera de recrearse en la pantalla, de reflejar una sociedad o incluso en los mismos diálogos (reconozcámoslo, más ingeniosos, más pulcros y más decorosos que los de ahora, tan fútiles y absurdos en la mayoría de las veces), es nimia la diferencia de hace un siglo hasta ahora en la propia comprensión del filme.
Todos hemos escuchado alguna vez aquella hermosa canción que Ilsa ruega tocar a Sam (ese carismático pianista que llena de belleza sonora el espectáculo) cuando llega al café de Rick (el genial e inolvidable Humphrey Bogart): As time goes by, donde se dicen cosas tan hermosas como las siguientes:
You must remember this,
a kiss is just a kiss,
a sigh is just a sigh,
the fundamental things apply
as time goes by.
And when two lovers woo, they
still say “I love you”,
on that you can rely,
no matter what the future brings.
As time goes by.
Esta película, repleta de diálogos ingeniosos y situaciones geniales (recuérdese el avión sobrevolando por encima de Rick en los primeros minutos de la obra, augurando la preciosa metáfora de la libertad a la que, desde siempre, está condenado este varonil, cínico y —a la vez— caballeroso hombre) no es sólo una maravilla del séptimo arte, sino una genial recreación de la época de aquellos turbios años. Escenas como el reencuentro entre Ilsa y Rick erizan, aún hoy, los vellos al que comprende que está viendo algo más que una simple película, y que delante de sí tiene la magia, ficticia pero tan real o incluso más como la que en vida subyace en cada uno de nosotros. La puesta en escena, la iluminación, el vestuario, la música, las actuaciones; todo es espléndidamente genial en esta película.
Bogart creó en aquel filme un personaje que ya nunca ha podido ser olvidado, con sus gesticulaciones y su expresividad, su singular voz y su cigarrillo depresivo. Es un hombre que, hundido en la tristeza —por una mujer, por un amor, por una despedida que nunca llegó a tener un adiós—, se rehace en el sarcasmo y el cinismo, los cuales relucen durante toda la película de manera agradable e incluso divertida. Una mirada suya lo dice todo, y un gesto habla de lo siguiente que va a hacer: eso se llama magia, también. Frases como la que le suelta a Sam cuando, borracho —tras haberse reencontrado con la que antaño fue su amada, ahora con marido y aparentemente dichosa— se hunde tras unas copas y una mesa en su local cerrado, refleja la palpable tristeza de nuestro protagonista, y una melancolía tan terrible como identificable a la mayoría de los hombres que, alguna vez en sus vidas, han amado: “De todos los garitos del mundo, tuvo que entrar en el mío…”
De todas formas, odio esa leyenda que se ha formado en torno a la película, al igual que todas las que se forman, de manera tan magnánima y monstruosa, sobre cualquier obra de este mundo. Decir que algo, en sus medios, es de lo mejor que se ha hecho en la historia, es una propia incoherencia en sí misma; puesto que en esto no sólo atañe la técnica, sino los gustos y las experiencias de cada uno, la subjetividad que todo ser humano esconde dentro de sí mismo. Y, porque, además, te crean, normalmente, expectativas equivocadas. Por eso cuando me hablan de un dios prefiero verlo como un mortal, y mirarle a los ojos cuando hablo, frente a frente, con su divina apariencia. Esta vez lo hice, y, a pesar de que no me gusten las leyendas de este tipo, he de decir que es una película magnífica y que se merece muchas de las menciones que tiene.
Como Rick e Ilsa, todos tenemos nuestra propia París. Y basta ver la película para recordar un poco de ese amor que algún día abrasó nuestros corazones. Siempre nos quedará el recuerdo de haber visto una hermosa obra; o, al menos, a mí se me grabó muy adentro.
