
Explicar por qué El club de los poetas muertos acaba de convertirse en una de mis películas favoritas sería un despropósito, ya que no podría hablaros con la razón, ni con el pensamiento, sino solamente con las lágrimas que, después de largo tiempo sin ver esta obra, han reclamado hoy algo más que el silencio.
No encontré el verdadero sentido, hasta ahora, de aquella vez en que nuestro profesor de literatura universal: Rafael Marín, nos sacó de la clase y nos condujo, durante largos minutos, a través de los pasillos del colegio donde colgaban de la pared multitud de orlas de tiempos presentes y de otros algo más lejanos. Recuerdo que hablábamos en clase del alegato a vivir el presente, de ese eterno carpe diem que, hoy, viendo la película, quise retener en mis manos y ya, sin embargo, se me estaba escabullendo sin percatarme siquiera de ello. Comprendí este día, entonces, que en realidad lo que aquel día Rafael estaba haciendo no era más que enseñarnos a pensar por nosotros mismos, como John Keating, el carismático y romántico profesor que, por nadar contracorriente, es finalmente, en los últimos minutos de película, llevado a la marginación por los que creen que el mundo se puede medir con una simple regla.
Hoy un desfile de sentimientos muy agitados han cruzado por mi pecho como un batallón de soldados que marchan hacia una guerra, con sus herméticos corazones arrastrados y con el metálico sonido de sus armas rozando mi cuerpo. Pensar como un romántico, de los de siempre, los únicos (si uno lee a Byron o a Shelley, y siente que tiene delante de sí algo más que una simple lectura, ya es romántico), no es algo contradictorio al sentimiento humano; sino, al contrario, de lo más natural. La historia de la película no sólo consigue emocionar, sino que reza con un continuo mensaje a ese alegato de no dejar pasar el tiempo en balde, que ya todos sabemos. No es difícil identificarse con aquellos chavales que, con unos miedos que ya no son los de ahora, jugaban, aunque sólo fuese por unos instantes, a ser dios y a parar el tiempo entre versos y canciones llenos de sueños imposibles.
Añoro aquellas clases que, durante minutos, horas y días, me hicieron despegar, fuera de los libros, los pies nuevamente del suelo. Hoy, más que nunca, grito sin detenerme en el tiempo:
Venid, amigos.
No es tarde para buscar un mundo nuevo,
pues sueño con navegar más allá del crepúsculo.
Y aunque ya no tengamos la fuerza
que antaño movió cielos y tierra, somos lo que somos,
un mismo temple de corazones heroicos,
debilitados por el tiempo,
pero voluntariosos para luchar, buscar y encontrar,
y no rendirse.
Alfred Tennyson
