Palabras, palabras, palabras…

15 Agosto, 2007

Que Dios se lo pague

Archivado en: Delirios de Hamlet — Darthz @ 12:00 am

Llevaba ya varios días queriéndolo hacer y, por una u otra cosa, nunca lo realizaba; en teoría no era nada complicado, ni nada que requiriese un esfuerzo sobrado o que por natura representase un imposible: sólo tenía que hacer tres copias de aquel poemario romántico y de lo más expresivo que, hasta día de hoy, he conseguido hacer, del que no hace mucho os hablaba también por aquí; encuadernarlas y, tras unos pocos y necesarios papeleos y documentos, enviarlas con sus correspondientes sellos en el sobre.

La copistería más cercana había cerrado, lo cual lamenté y me hizo acordarme de algunas personas que acaso nunca, en vida, las vaya a conocer; así que tras esta desilusión, con el calor y el cansancio que genera trabajar los músculos en el gimnasio, me encaminé hacia aquella otra que sabía que sí estaría abierta, pero que me resultaba mucho más lejana que la primera y, por tanto, un cansancio más que añadir a la lista del martes.

Llegué, sí, y no entendía cómo un día de verano, en pleno Agosto, donde la mayoría de las personas no trabajan y las más inteligentes se adueñan de las playas durante la tarde, podía haber tanta gente en una maldita copistería. Pero la vida es un cúmulo de sorpresas, y quise pensar que todas aquellas personas, en realidad, no estaban allí más que esperándome para felicitarme por mi obra y para desearme suerte para su publicación.

La realidad es muy aburrida si no le echamos un poco de imaginación al asunto, pienso.

Así que al final, dispuesto a enfrentarme con el buzón de correos, me dirigí, en una nueva y larga caminata (donde cayó algún refresco por el camino), hacia el estanco donde podría fin a mi odisea y firmaría el sello que destinaría el envío del sobre, del poemario, de un sueño, de un poco, también, de tristeza.

Estando en lo que comprendí que ya era el último paso de mi camino, allí, entre un par de hombres que compraban tabaco del duro y que compartían su deseo por el fútbol que muy pronto podrían ver sentados en sus casas, con una lata de cerveza en la mano y con la otra para dar golpes en la mesa por si había que lamentarse, pensé y me maldije porque el dinero que me quedaba en la cartera, pensaba, no llegaría para el coste del envío. Fue así, y cuando llegó mi turno el dependiente me dijo el precio, que rondaba algo más de los tres euros. Le comenté mi ausencia y escasez de dinero y que, si me permitía unos minutos, lo solventaría ya que, muy cerca, vivía un familiar. El hombre sonreía, y en sus labios pude leer: tengo que ver el fútbol, niñato, lárgate ya de aquí. Tenía prisas, y entre una cosa y otra, una mujer que acababa de entrar, en esa edad que ya debería de rondar más de los cincuenta, donde las canas comienzan a ser amigas del cabello y los ojos languidecen como llamas entre el viento, y el rostro sufre esa degradación que el paso del tiempo a nadie le ignora, dijo con ese acento gaditano y maternal: déjalo, yo se lo pago.

La señora no comprendía que lo que me faltaba no eran ni diez ni veinte, ni siquiera cincuenta céntimos. Sino algo más de dos euros.

—No importa. Yo se lo pago— sonreía, mostrando un billete de veinte euros en la mano—. Yo también tengo un hijo, y tengo dinero de sobra, venga, chiquillo, cóbrale lo que le falte del mío.

—Son dos euros con sesenta céntimos, señora— decía el amable estanquero, avisándole de que no eran unos céntimos de mierda lo que pagaría.

Y ella, feliz porque sabía que estaba haciendo una buena obra, contestó: El señor me lo pagará por alguna otra parte.

En ese momento no sentí felicidad, ni cariño ni tristeza. No sé lo que por el cuerpo me pasó, a decir verdad, pero desde luego no fue indiferencia: pensé en si de verdad el señor la escucharía, y si ese hombre en el que ella depositaba toda su fe (Dios, y después yo: ya que le podría estar pagando el envío de un sobre lleno de droga a un hijo de puta) le correspondería con el tiempo. Pensé que si tal vez el poemario ganara el concurso y llegase a ser publicado, algún día esa mujer leería mis versos, no sería más que fruto de la casualidad; y aún más irónico me pareció pensar que, quizá, si leyera algún día mis poemas, podrían ayudarle en un momento de los tantos tristes que, a veces, todos nosotros tenemos.

No fueron más que, en realidad, un par de euros; pero apuesto a que cien mil otras personas no me hubieran siquiera mirado a los ojos, como aquella señora, y depositado su confianza en mí. Ni su dinero, ni su gracia, ni su bendita amabilidad.

El sobre, por supuesto, fue metido en el buzón de correo, en esa mezcolanza última que le entra al hombre que ha de desprenderse de algo que es tan suyo como la vida.

Al salir del estanco sólo pude dar las gracias a la señora. Se me olvidó, ahora que lo pienso, decir algo más.

Que Dios se lo pague.

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