Estoy en un hospital y las miradas son grises, transparentes, más cercanas a la depresión que a la alegría. Y yo lo observo todo indiferente: la sonrisa condescendiente que otorga la señora gorda tras el mostrador; las voces que deambulan en el silencio de una amplia sala; los gestos nerviosos de los pacientes que, mordiéndose los labios o mirando hacia ninguna parte, esperan sentados; la chica rubia de la limpieza de la cual me entristezco por su hermosura; y las miradas grises que siguen danzando en el silencio junto al zumbido de una mosca que merodea a mi alrededor, seguramente preguntándose también por su presencia en este lugar.
