
Con el tiempo uno se va dando cuenta de lo que realmente, entre literatos, es meritoriamente genial o digno de elogio. El arte de escribir, como hace poco le hablaba a un amigo, no es simplemente la acción de pulsar unas teclas y tener la noción básica en cuanto a la gramática del propio idioma: eso no es más que el proceso de escritura. Escribir lo hacemos todos; todos firmamos documentos, hacemos papeleos, escribimos una carta, mandamos un e-mail a determinadas personas; pero claro, de ahí a formar una historia, a establecer un vínculo mágico entre ese hilo invisible que separa al lector del escritor que nunca está presente más que en sus propias palabras, hay un océano inmenso que navegar. Es fácil coger los remos y lanzarse al abismo, pero no todos saben domar al mar con gracia y talento.
Hemingway conoce ese mar, y tiene la habilidad innata de contar lo que ocurre de manera sencilla, hermosa, creando una estética impecable en su escrito, sin que el lector sea partícipe —salvo gente como yo, que ya busca en los textos esos detalles invisibles que al que simplemente quiere disfrutar de una lectura se le obvian (él los obvia)— de todo ese mundo que bajo el océano duerme muy callado. Porque escribir es fácil; pero construir una historia creíble, donde cada párrafo rebose de literatura (cuánta degradación ha sufrido este termino con el tiempo) y se consiga que el lector no quiera soltar las páginas que tiene delante porque la lectura le alimente el alma, es realmente algo complejo y que requiere no sólo de práctica, sino de eso que ya antes os hablaba, llamado talento innato.
Los textos largos, lo que comúnmente llamamos novelas, no sólo son los arrebatos de un tío loco que día sí y día también se ha puesto a darle al teclado: hay, tras de sí, un esfuerzo inconmensurable. La mayoría de los lectores no sabrán el esfuerzo que cuesta, quizá, mantener un ritmo constante en un relato de tamañas proporciones; o realzarse en la estructura interna del texto para que el lector no se confunda y se pierda a mitad de la narración; ni tampoco, me temo, las horas en que uno debe enfrentarse contra sus propios delirios; decidir si cortar esta parte o, simplemente, modificarla; guardar el carisma de un personaje o destruirlo porque, sencillamente, es muy poco creíble; usar determinado adjetivo porque pueda volver a la prosa demasiado ampulosa y rimbombante. En definitiva, todo un mundo que, con el tiempo, si a uno le gusta esto de darle a la tecla y crear, va descubriendo que es incluso más inmenso que el cosmos. Echadle cuerdas a la imaginación y ella las romperá y seguirá su curso, imperecedera e interminable.
Curiosamente al principio me refería al arte de escribir comparándolo con el mar, en una metáfora casual puesto que, en realidad, el libro del que os venía también a hablar sucede en esa parte del mundo que, por lo menos a mí, me llena de vida y también de pesar: El viejo y el mar
, la famosa obra que le hizo ganar el premio Pulizter y el nobel de Literatura al año siguiente de su publicación en 1953, alcanzando así su culmen como escritor tras una larga vida en los océanos y en la pesca. Y os tengo que ser sincero: yo no pensaba que la trama de esta historia me fuera a conseguir enganchar. Pues hay que rendirse a sus pies, y lamer incluso si hay barro en el suelo que pisa la historia. No puede escribirse algo más estéticamente hermoso, sencillo y a la vez gratificante para uno mismo y para con el mundo: esa carga explosiva de un tan buen enfoque literario es, sencillamente, abrumador para el que se deleita con ella. Os muestro varios fragmentos del libro, aunque muy lejos estáis de haceros a la idea de cómo es, en realidad, su obra, con sólo leer unos párrafos.
El tiburón no era un accidente. Había surgido de la profundidad cuando la nube oscura de la sangre se había formado y dispersado en el mar a una milla de profundidad. Había surgido tan rápidamente y tan sin cuidado que rompió la superficie del agua azul y apareció al sol. Luego se hundió de nuevo en el mar y captó el rastro y empezó a nadar siguiendo el curso de la barca y el pez.
A veces perdía el rastro. Pero lo captaba de nuevo, aunque sólo fuera por asomo, y se precipitaba rápida y fieramente en su persecución. Era un tiburón Mako muy grande, hecho para nadar tan rápidamente como el más rápido pez en el mar, y todo en él era hermoso, salvo sus mandíbulas.
Leer esta historia no sólo nos descubre la terrible e invencible materia de la que está hecha la naturaleza, sino que nos seduce con la idea de que el hombre tal vez pueda vencerla, cuando todos sabemos que esto es imposible. La novela entera es un continuo ir y venir entre la conquista que un hombre tiene, constantemente, consigo mismo. La mar: la soledad; el pez espada: su trofeo, por lo que lucha en esta vida; los tiburones, el enemigo que siempre, a la vuelta de la esquina, espera para contraatacar y para, si puede, arrebatar ese trofeo que con tanto esmero y esfuerzo conseguimos hacernos. Nos relata la constante lucha del hombre con su entorno, del hombre, también, como ya os decía, con su propio cuerpo y su propia presencia y mentalidad: pues somos, aunque queramos negarlos, nuestros más y crueles enemigos.
El amor que Hemingway tenía hacia “la mar” no es casualidad: pues estuvo toda su vida en ella. Y aquí, en un hermoso párrafo, hace una de las declaraciones más hermosas hacia la vida que he leído o imaginado.
Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban alto, empleaban el artículo masculino, lo llamaban el mar. Hablaban del mar como de un contendiente o un lugar, o incluso un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía evitarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer.
La entereza es necesaria para llevar a cabo nuestras metas, nuestros sueños: sin ella, jamás, venceremos los obstáculos. Santiago, nuestro protagonista, es terco y descarado, pero dolorosamente melancólico cuando habla; aunque esté diciendo la más terrible de las cosas:
—Pez —dijo—, yo te quiero y te respeto muchísimo. Pero acabaré con tu vida antes de que termine este día.
Los momentos en que en el mar se bate con su soledad, con los peces, los tiburones, y hasta consigo mismo, son de una mezcolanza tal que hace volar los sentidos en todas direcciones. Hemingway te describe con frialdad absoluta mientras te relata una escena y de repente te sumerge en una ensoñadora imagen del mar y de su declive o apogeo, de su locura o de su poderosa magnificencia.
El arte de escribir está ahí, por los cuatro costados, en la historia; y en cada párrafo, en cada línea, si profundizamos en ellos, veremos que no son tan simples como parecen, sino que tras de sí debe de haber habido un trabajo tan genial como el talento que este hombre, me parece, llevaba sobre los hombros hasta el día en que falleció.
La preciosidad literaria de una descripción, por ejemplo, no sólo la da el detallismo y la abundancia en términos y caminos que intenten conducir hacia esa imagen que el escritor tiene en la cabeza; a veces —cuando leí este libro lo comprendí mejor que nunca— basta con simplemente demostrar el sentimiento que causa al personaje lo que sus ojos ven e incluso sienten. La fatiga o el ardor, la belleza o el desaliento. También hay útiles como describir por escalones, aunque esto suene terriblemente fatal y me lo acabe de inventar: imaginaros una escalera, un hombre que sube, y ahora un relato que tuviera que contar esta escena. Se podría describir el cuadro que al fondo, de repente, el hombre visiona nada más oír el crujido al cerrarse de la puerta de madera; pero no, amigos, el truco, quizá, consista en ir describiendo, poco a poco, como el mismo título de este recurso que me he ingeniado, lo que el personaje va observando a medida que avanza. Por escalones, de más cerca a más lejos, por ejemplo. O incluso al revés, depende de la sensación que se quiera dar. Si uno mira constantemente a lo que más cerca de sí se encuentra es porque quiere estar verdaderamente seguro de por donde pisa; en cambio, si fuese al contrario, el protagonista nos declara, inconscientemente, que se siente seguro y quiere llegar al final, y que no hay mucho que mostrar por el camino.
Cosas como éstas las hay infinitas. Y uno poco a poco las va descubriendo, y luego las pone a prueba, y juega con las palabras, y se deleita con la prosa de otros autores que, incluso ya antes cuando los había leído, no les sacó tanto provecho.
El arte de escribir está ahí, sumergido en la mar.
En la historia Hemingway usa, también, recursos ocultos pero que fácilmente llegan a la cabeza al lector si se para a reflexionar acerca de ellos un rato. Hay una clara metáfora entre el salvajismo de la naturaleza, en la cual el hombre se siente realmente insignificante, y la libertad que causa la tranquilidad de una cama limpia en un hogar tranquilo, por ejemplo. Cuando está en el mar, y se queda dormido, entre el peligro de las corrientes y los peces y la salvaje naturaleza, nuestro carismático pescador sueña lo siguiente:
No soñó con los leones. Soñó con un vasto banco de delfines que se extendía por espacio de ocho a diez millas. Y era en la época de apareamiento y brincaban muy alto en el aire y caían en el mismo hoyo que habían abierto en el agua al impulsarse fuera.
Luego soñó que estaba en el pueblo, en su cama, y soplaba un norte y hacía mucho frío y su mano derecha estaba dormida porque su cabeza había descansado sobre ella en vez de hacerlo sobre una almohada.
Después empezó a soñar con la larga playa amarilla y vio el primero de los leones que descendían a ella al anochecer. Y luego vinieron los otros leones. Y él apoyó la barbilla sobre la madera de la proa del barco que allí estaba fondeado sintiendo la vespertina brisa de tierra y esperando a ver si venían más leones. Y era feliz.
Al final del libro, entre periódicos y vencido en una cama digna de descanso, Santiago sueña con los leones: clara señal de que ha vencido a la naturaleza, o que al menos ya no está en peligro. Que vuelve a ser esa otra parte de Hamlet en la que “es” poderosamente fuerte. Y si no lo es, soñará con los delfines, y con los hoyos y la desesperada situación de querer ver a ese animal que, por natura, es el rey de la selva. Pero el ser humano no lo es: sólo por momentos, y ni siquiera así, en su mayoría, es capaz de darle plena utilidad.

Hoy yo, como el viejo fuera del mar, quiero soñar con los leones, aunque esté ahogado en un monstruoso mar de inimaginables leguas llenas de un terrible peligro, dolor, y, aunque suene irónico, una agradable sensación de sosiego y felicidad.
