Palabras, palabras, palabras…

17 Agosto, 2007

El arte de escribir

Archivado en: Literatura — Darthz @ 8:33 pm

Con el tiempo uno se va dando cuenta de lo que realmente, entre literatos, es meritoriamente genial o digno de elogio. El arte de escribir, como hace poco le hablaba a un amigo, no es simplemente la acción de pulsar unas teclas y tener la noción básica en cuanto a la gramática del propio idioma: eso no es más que el proceso de escritura. Escribir lo hacemos todos; todos firmamos documentos, hacemos papeleos, escribimos una carta, mandamos un e-mail a determinadas personas; pero claro, de ahí a formar una historia, a establecer un vínculo mágico entre ese hilo invisible que separa al lector del escritor que nunca está presente más que en sus propias palabras, hay un océano inmenso que navegar. Es fácil coger los remos y lanzarse al abismo, pero no todos saben domar al mar con gracia y talento.

Hemingway conoce ese mar, y tiene la habilidad innata de contar lo que ocurre de manera sencilla, hermosa, creando una estética impecable en su escrito, sin que el lector sea partícipe —salvo gente como yo, que ya busca en los textos esos detalles invisibles que al que simplemente quiere disfrutar de una lectura se le obvian (él los obvia)— de todo ese mundo que bajo el océano duerme muy callado. Porque escribir es fácil; pero construir una historia creíble, donde cada párrafo rebose de literatura (cuánta degradación ha sufrido este termino con el tiempo) y se consiga que el lector no quiera soltar las páginas que tiene delante porque la lectura le alimente el alma, es realmente algo complejo y que requiere no sólo de práctica, sino de eso que ya antes os hablaba, llamado talento innato.

Los textos largos, lo que comúnmente llamamos novelas, no sólo son los arrebatos de un tío loco que día sí y día también se ha puesto a darle al teclado: hay, tras de sí, un esfuerzo inconmensurable. La mayoría de los lectores no sabrán el esfuerzo que cuesta, quizá, mantener un ritmo constante en un relato de tamañas proporciones; o realzarse en la estructura interna del texto para que el lector no se confunda y se pierda a mitad de la narración; ni tampoco, me temo, las horas en que uno debe enfrentarse contra sus propios delirios; decidir si cortar esta parte o, simplemente, modificarla; guardar el carisma de un personaje o destruirlo porque, sencillamente, es muy poco creíble; usar determinado adjetivo porque pueda volver a la prosa demasiado ampulosa y rimbombante. En definitiva, todo un mundo que, con el tiempo, si a uno le gusta esto de darle a la tecla y crear, va descubriendo que es incluso más inmenso que el cosmos. Echadle cuerdas a la imaginación y ella las romperá y seguirá su curso, imperecedera e interminable.

Curiosamente al principio me refería al arte de escribir comparándolo con el mar, en una metáfora casual puesto que, en realidad, el libro del que os venía también a hablar sucede en esa parte del mundo que, por lo menos a mí, me llena de vida y también de pesar: El viejo y el mar, la famosa obra que le hizo ganar el premio Pulizter y el nobel de Literatura al año siguiente de su publicación en 1953, alcanzando así su culmen como escritor tras una larga vida en los océanos y en la pesca. Y os tengo que ser sincero: yo no pensaba que la trama de esta historia me fuera a conseguir enganchar. Pues hay que rendirse a sus pies, y lamer incluso si hay barro en el suelo que pisa la historia. No puede escribirse algo más estéticamente hermoso, sencillo y a la vez gratificante para uno mismo y para con el mundo: esa carga explosiva de un tan buen enfoque literario es, sencillamente, abrumador para el que se deleita con ella. Os muestro varios fragmentos del libro, aunque muy lejos estáis de haceros a la idea de cómo es, en realidad, su obra, con sólo leer unos párrafos.

El tiburón no era un accidente. Había surgido de la profundidad cuando la nube oscura de la sangre se había formado y dispersado en el mar a una milla de profundidad. Había surgido tan rápidamente y tan sin cuidado que rompió la superficie del agua azul y apareció al sol. Luego se hundió de nuevo en el mar y captó el rastro y empezó a nadar siguiendo el curso de la barca y el pez.
A veces perdía el rastro. Pero lo captaba de nuevo, aunque sólo fuera por asomo, y se precipitaba rápida y fieramente en su persecución. Era un tiburón Mako muy grande, hecho para nadar tan rápidamente como el más rápido pez en el mar, y todo en él era hermoso, salvo sus mandíbulas.

Leer esta historia no sólo nos descubre la terrible e invencible materia de la que está hecha la naturaleza, sino que nos seduce con la idea de que el hombre tal vez pueda vencerla, cuando todos sabemos que esto es imposible. La novela entera es un continuo ir y venir entre la conquista que un hombre tiene, constantemente, consigo mismo. La mar: la soledad; el pez espada: su trofeo, por lo que lucha en esta vida; los tiburones, el enemigo que siempre, a la vuelta de la esquina, espera para contraatacar y para, si puede, arrebatar ese trofeo que con tanto esmero y esfuerzo conseguimos hacernos. Nos relata la constante lucha del hombre con su entorno, del hombre, también, como ya os decía, con su propio cuerpo y su propia presencia y mentalidad: pues somos, aunque queramos negarlos, nuestros más y crueles enemigos.

El amor que Hemingway tenía hacia “la mar” no es casualidad: pues estuvo toda su vida en ella. Y aquí, en un hermoso párrafo, hace una de las declaraciones más hermosas hacia la vida que he leído o imaginado.

Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban alto, empleaban el artículo masculino, lo llamaban el mar. Hablaban del mar como de un contendiente o un lugar, o incluso un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía evitarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer.

La entereza es necesaria para llevar a cabo nuestras metas, nuestros sueños: sin ella, jamás, venceremos los obstáculos. Santiago, nuestro protagonista, es terco y descarado, pero dolorosamente melancólico cuando habla; aunque esté diciendo la más terrible de las cosas:

—Pez —dijo—, yo te quiero y te respeto muchísimo. Pero acabaré con tu vida antes de que termine este día.

Los momentos en que en el mar se bate con su soledad, con los peces, los tiburones, y hasta consigo mismo, son de una mezcolanza tal que hace volar los sentidos en todas direcciones. Hemingway te describe con frialdad absoluta mientras te relata una escena y de repente te sumerge en una ensoñadora imagen del mar y de su declive o apogeo, de su locura o de su poderosa magnificencia.

El arte de escribir está ahí, por los cuatro costados, en la historia; y en cada párrafo, en cada línea, si profundizamos en ellos, veremos que no son tan simples como parecen, sino que tras de sí debe de haber habido un trabajo tan genial como el talento que este hombre, me parece, llevaba sobre los hombros hasta el día en que falleció.

La preciosidad literaria de una descripción, por ejemplo, no sólo la da el detallismo y la abundancia en términos y caminos que intenten conducir hacia esa imagen que el escritor tiene en la cabeza; a veces —cuando leí este libro lo comprendí mejor que nunca— basta con simplemente demostrar el sentimiento que causa al personaje lo que sus ojos ven e incluso sienten. La fatiga o el ardor, la belleza o el desaliento. También hay útiles como describir por escalones, aunque esto suene terriblemente fatal y me lo acabe de inventar: imaginaros una escalera, un hombre que sube, y ahora un relato que tuviera que contar esta escena. Se podría describir el cuadro que al fondo, de repente, el hombre visiona nada más oír el crujido al cerrarse de la puerta de madera; pero no, amigos, el truco, quizá, consista en ir describiendo, poco a poco, como el mismo título de este recurso que me he ingeniado, lo que el personaje va observando a medida que avanza. Por escalones, de más cerca a más lejos, por ejemplo. O incluso al revés, depende de la sensación que se quiera dar. Si uno mira constantemente a lo que más cerca de sí se encuentra es porque quiere estar verdaderamente seguro de por donde pisa; en cambio, si fuese al contrario, el protagonista nos declara, inconscientemente, que se siente seguro y quiere llegar al final, y que no hay mucho que mostrar por el camino.

Cosas como éstas las hay infinitas. Y uno poco a poco las va descubriendo, y luego las pone a prueba, y juega con las palabras, y se deleita con la prosa de otros autores que, incluso ya antes cuando los había leído, no les sacó tanto provecho.

El arte de escribir está ahí, sumergido en la mar.

En la historia Hemingway usa, también, recursos ocultos pero que fácilmente llegan a la cabeza al lector si se para a reflexionar acerca de ellos un rato. Hay una clara metáfora entre el salvajismo de la naturaleza, en la cual el hombre se siente realmente insignificante, y la libertad que causa la tranquilidad de una cama limpia en un hogar tranquilo, por ejemplo. Cuando está en el mar, y se queda dormido, entre el peligro de las corrientes y los peces y la salvaje naturaleza, nuestro carismático pescador sueña lo siguiente:

No soñó con los leones. Soñó con un vasto banco de delfines que se extendía por espacio de ocho a diez millas. Y era en la época de apareamiento y brincaban muy alto en el aire y caían en el mismo hoyo que habían abierto en el agua al impulsarse fuera.
Luego soñó que estaba en el pueblo, en su cama, y soplaba un norte y hacía mucho frío y su mano derecha estaba dormida porque su cabeza había descansado sobre ella en vez de hacerlo sobre una almohada.
Después empezó a soñar con la larga playa amarilla y vio el primero de los leones que descendían a ella al anochecer. Y luego vinieron los otros leones. Y él apoyó la barbilla sobre la madera de la proa del barco que allí estaba fondeado sintiendo la vespertina brisa de tierra y esperando a ver si venían más leones. Y era feliz.

Al final del libro, entre periódicos y vencido en una cama digna de descanso, Santiago sueña con los leones: clara señal de que ha vencido a la naturaleza, o que al menos ya no está en peligro. Que vuelve a ser esa otra parte de Hamlet en la que “es” poderosamente fuerte. Y si no lo es, soñará con los delfines, y con los hoyos y la desesperada situación de querer ver a ese animal que, por natura, es el rey de la selva. Pero el ser humano no lo es: sólo por momentos, y ni siquiera así, en su mayoría, es capaz de darle plena utilidad.

Hoy yo, como el viejo fuera del mar, quiero soñar con los leones, aunque esté ahogado en un monstruoso mar de inimaginables leguas llenas de un terrible peligro, dolor, y, aunque suene irónico, una agradable sensación de sosiego y felicidad.

11 comentarios »

  1. Bien, como me comenstaste lo has hecho; realmente parece increíble el mundo tan distinto que ante tus ojos se abren cuando un día comienzas a CREAR. Es entonces cuando notas tantas cosas que comentas más arriba. De hecho creo que escribir te ayuda enormemente a apreciar más lo que lees.
    Los párrafos que has colocado me emocionan y animan aún más (pues tenía planeado leerlo antes que acabase el verano) a leerlo; la discusión sobre el párrafo del artículo de la mar es tan ciertísimo que acongoja, pues en mi pueblo, costero como te comenté los marinos siempre la han llamado “LA mar”. Y no creo que haya mejor forma de llamarla que ésa, para los que amamos la mar.
    Gracias Hemingway.
    Gracias Darthz.
    En cuanto al hombre y la naturaleza, no tengo nada más que exponer; espero sea de provecho su lectura.

    Comment por Abraham LS — 18 Agosto, 2007 @ 1:08 am | Responder

  2. Es un placer leerte. Maldita apariencia que estuvo a punto de echarme hacia atrás por la extensión. Menos mal que supe vencer los primeros renglones y entonces me di cuenta de que era parte de la corriente que me empujaba sin oponer yo resistencia alguna hasta el final de la lectura en donde me doy cuenta de lo corta que se me hizo.
    Un instante, único el placer de leer.
    Un abrazo

    Comment por ninive — 18 Agosto, 2007 @ 9:18 pm | Responder

  3. Pues sí, querido amigo, veo que nuestros temas de conversación recurrentes e inquietudes sobre las ondas enbravecidas que golpean la pluma del escritor al perderse en el océano blanco, han cristalizado en tu consciencia al leer esta obra de la que me confieso todavía extranjero pero por la cual siempre he sentido atracción. Tus palabras han convertido esa atracción en amor y el deseo en necesidad. Por ello mis gracias y una sonrisa.

    Comment por manheor — 18 Agosto, 2007 @ 10:24 pm | Responder

  4. Confieso no haber leído aún “El viejo y el mar”, pero después de haberme empapado de esos párrafos que nos regalas, me ha entrado una especie de ardor por encontrar el libro en cualquier estantería y devorarlo con los ojos y con el alma.
    Gracias por tu recomendación.
    Un abrazo.

    Comment por rafael — 19 Agosto, 2007 @ 11:01 am | Responder

  5. El viejo y el mar es uno de mis libros favoritos, ya desde hace muchos años. No se como llegó a mis manos, no recuerdo comprarlo, ni que me lo regalaran. Simplemente estaba en la estantería de casa.Cosas que pasan.

    En cuanto a lo de escribir lo has descrito perfectamente. La verdad es que muchas de las reflexiones que expresas las he tenido yo en los últimos meses e incluso he releido novelas con más animo de impregname de sue stilo de conocerlo que por la trama de la historia que ya me sé de memoria.

    Comment por Pedro Escudero — 19 Agosto, 2007 @ 5:20 pm | Responder

  6. Me he sentido muy identificado con la primera parte de la entrada, en la que hablas de las dificultades de escribir. Cuando en ocasiones me pasa lo mismo, incluso me suelo quedar atascado, no porque no sepa lo que ocurrirá a continuación, sino porque no sé cómo expresarlo.
    Enhorabuena con el blog, y sigue así.

    Comment por sr. sarcasmo — 19 Agosto, 2007 @ 7:14 pm | Responder

  7. El arte de escribir lo tienes tu en las venas… copiamos parcialmente! Un abrazo

    Comment por otrasvoces — 20 Agosto, 2007 @ 5:30 pm | Responder

  8. Bueno… Nuevamente aquí, visitando su espacio…

    Me detuve aquí porque adoro que los escritores describan las profundidades y a las criaturas que allí viven…
    Justamente la sema pasada, en la escuela, la prefesora de literatura comenzó a darnos clases sobre la ciencia ficcion y de sus características con el fin de que nosotros mismos podamos crear un cuento de este genero…
    Entre tanta explicación nos hizo buscar cuentos de escritores que escribían mayormente para este genero como Julio Verne, Ray Bradbury, Isaac Asimov, entre otros… entre tantos cuentos breves me crusé con ¨La Sirena¨ de Ray Bradbury… me pareció un cuento simple pero bonito… ideal para esos días de lluvia en los que uno normalmente no sabe qué hacer…

    Tomaré en cuenta su recomendación… me fueron simpaticos aquellos parrafos…

    Adios…

    Comment por Ëry — 20 Agosto, 2007 @ 10:37 pm | Responder

  9. Ëry. Bradbury es uno de los más geniales escritores que ha dado la historia. No te pierdas su novela, que en realidad es una colección de cuentos: Cronicas Marcianas. Sí, de ahí derivó luego aquel bodrio televisivo…

    Y claro, de los demás que mencionas también. Son grandes.

    Comment por Darthz — 20 Agosto, 2007 @ 10:40 pm | Responder

  10. Mi buen amigo, compañero de pasiones literarias. Primero que nada EXCELENTE POST, en medio de un pequeño descanso, el cual siempre uso para leer -irremediable- y con un Paul Auster a punto de desfallecer, quedo captado por tus letras y un tema duro de escribir, como es el arte de hacerlo y bien.
    El sentimiento del lector es relativo de acuerdo a sus gustos, sé que existen textos que han logrado un excelente concenso de la critica; pero aún así, los escritos poseen sus fans al igual que sus autores. Lo mejor de todo al fin y al cabo es el poder disfrutar de las buenas letras que son nuestra adicción.
    Un abrazo

    Comment por Antonio Alviárez — 23 Agosto, 2007 @ 4:55 pm | Responder

  11. Todo es ponerse a escribir, autoimponiéndose un mínimo de disciplina gramatical, y al poco tiempo se encuentra uno a sí mismo analizando cada palabra, cada frase que va leyendo de cualquier autor, pretendiendo incluso estar en posesión de fórmulas más literarias de expresarse, más adecuadas y, por supuesto, más correctas en su ortografía -o correctas, sin más, pues no suele admitir ello graduaciones-. Creo que es bastante fácil hacer esto que expongo, criticar el trabajo ajeno, pero mucho más difícil llevar a cabo la teoría que uno, cándido quizás, piensa que puede plasmar en una novela o acaso, siendo menos ambicioso, en un relato corto.

    Saludos

    Comment por Benito — 25 Agosto, 2007 @ 2:24 pm | Responder


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