Palabras, palabras, palabras…

20 Agosto, 2007

Ratatouille: el sueño imposible

Archivado en: Cine — Darthz @ 12:00 am

En el fondo el mensaje que Ratatouille nos viene a contar me recuerda mucho a aquella famosa frase de Goethe que nos invita a soñar con lo imposible, además de la consabida moralina estadounidense que intenta hacer creer que en esta sociedad capitalista y burocrática, hasta el más incauto, es capaz de rozar lo sublime socialmente. Sé que todo esto no funciona así, pero hoy, al menos hoy permítanmelo, quiero volver a ser un niño (porque en el fondo es lo que consigue, en parte, este maravilloso filme: transformarnos en lo que un día fuimos y aún no ha muerto) y, como la carismática rata Remy, soñar con un mundo en el que estos bichos pueden llegar a ser incluso más agradables que los seres humanos.

Me ocurre como al genial crítico lóbrego de la película, Antón Ego, el cual dice palabras tan bellas al final como las que hoy, aunque las quiera hacer salir, no creo que pueda invitarlas a ese deseo. Me ocurre que, cuando tengo que hablar muy bien de algo, me cuesta más que nunca expresarme; quizá porque, como él mismo dice, las críticas malas nos divierten más y, por ello, se nos hacen más fáciles a los que escribimos.

Lo primero que sorprende cuando uno se sienta en la butaca y comienza a interesarse por lo que tiene ante sus ojos es, por supuesto, la magnífica ambientación de un París incluso con más color tal vez que el real, la genial animación que, durante todo el largometraje, se hace tan deleitable como los suculentos manjares a los que asistiremos en su desarrollo. Había momentos en los que realmente, uno, pensaba que no estaba viendo una película de animación.

No he podido dejar de emocionarme durante toda la película, pues encontraba —al igual que en la triste historia de La metamorfosis— a un Gregor Samsa atrapado en el cuerpo de una rata; a un Kafka indomable pero que, por naturaleza, es domado y esclavizado, etiquetado y marginado por cuestiones tan nimias como el aspecto o la procedencia. Hay ratas, pienso, que valen más que muchos seres humanos. Y en el filme no dejaba de llenarme de tristeza esta hermosa pero terrible comparación; pues es, al final, a lo que me parece que todos podemos llegar a ser: una rata con corazón de cocinero; una persona que está lejos de la vida que esperaba; un hombre con un gran sueño o, por el contrario, con una horrible pesadilla que cargar sobre los hombros. En realidad, lo que veía cuando miraba a la pantalla, lo que sentía cuando contemplaba la repugnancia que nuestra agradable protagonista causaba en la multitud y el gentío, era a mí mismo. Era, irónicamente, a todos nosotros.

La película lanza una destructiva autocrítica a nuestra propia raza, tan inerme de razones para contraatacar su mensaje cuando, al acabar, hemos de salir con una sonrisa pintada en el rostro. Los peores animales, en el fondo, somos nosotros mismos.

Durante el desarrollo del filme tenemos risas aseguradas, verdaderas maniobras cinematográficas y un guión genialmente trazado, con momentos tristes y momentos alegres, que nos pasan de un lado a otro sin que siquiera nos demos cuenta. Asistimos continuamente a un desfile de sentimientos que, muchos, quieren ver como lejanos; cuando en realidad los tenemos al borde de nuestros dedos para ser tocados. La animación no sólo divierte a los niños, no sólo es amable tanto con el pequeño como con el mayor, sino que enseña tanto a uno como a otro. Al primero a soñar, y al segundo a escapar de esta terrible pesadilla que es convertirse en adulto.

Goethe amaba a aquel que deseaba lo imposible. Y yo… no tengo mucho más que decir.

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