
La funesta marcha de los poetas ha comenzado.
Como cada mañana, cuando el sol apenas perezoso se intenta poner por el horizonte, y la noche va dejando atrás su capa de ceguera olvidadiza, los hombres arrastran sus pies cansados por los caminos. Y descubren que esa noche, tan vulgar e intrascendente como cualquier otra, les ha bastado para hallar un punto más de ridiculez en sus vidas. Ahora podrán componer sonetos a la bebida que hizo de olvido, y a la canción que –tan bien entonada por cierto, por el sentido distorsionado de la realidad de un borracho–, de no ser porque ya nadie la recordaría, hubiera otorgado pesadillas para los restos de las vidas de todos los que la vitorearon e incluso, hipnotizados por su embelesador canto, cometieron alguna injusticia.
Ya se les oye, con las trompetas del sueño vaciando sus últimos sonidos, serpenteando las calles en funesta marcha, atravesando los olímpicos paisajes de la noche que se duerme; poniendo un punto y seguido a la diminuta y ridícula realidad en la que rebosa poesía.
