
Hoy he terminado, bajo un sol justo y algo, a veces, cabrón, de leer la poesía completa de Edgar Allan Poe. Si bien ya hacía algún tiempo había leído El cuervo, o incluso aquellos famosos versos con los que luego Radio Futura haría otra hermosa canción: Annabel Lee; en los que diría frases tan hermosas como: nuestro amor era más grande que el amor de los mayores, que saben más, como dicen, de las cosas de la vida…; no fue hasta ahora cuando me decidí a devorar toda su obra poética, y queda claro con esto que dejamos a un lado su parte más conocida: los cuentos. Y así, con esta emoción que causa tal declaración romántica, termino en la playa de leer a uno de los grandes, a otro fenomenal romántico, como Shelley o Byron, o incluso el mismo Lovecraft, que deja en mí un gran tremendo y, también, terrible recuerdo.
Su poesía bebe del terror y del amor, de lo oscuro y del sentimiento más pasional, tierno, y, en el fondo, trágico; Poe no sólo escribe con la pluma, sino con el corazón, como lo hacen los buenos poetas —o acaso los poetas, a secas—. Leer su obra es similar a sumergirse, de repente, en un mundo totalmente distinto al que te rodea y en el que, a pesar de su arraigada fantasía, se ve todo creíble e incluso —puedo arriesgarme a decir— se siente. Este autor juega con las palabras como quiere y lo estima oportuno, sobre todo, siempre, con su sonoridad; leyendo por ejemplo Campanas uno tiene la continua sensación de que alguien dobla los instrumentos a sus espaldas, y que, en cualquier momento, puedan tal vez despertarte del sueño que te invade.
Lo genial de esta lectura, al igual que con los sonetos de Shakespeare con los que, poco a poco, estoy deleitándome también, es que vienen magníficamente recogidos en una edición (poesía Hiperión) cómoda y atractiva, en donde las páginas izquierdas sirven para su texto originario, y la derecha para la traducción (estupenda, por cierto) de María Condor y Gustavo Falaquera. Y al acabar de leer el libro uno tiene la sensación de que ha aprendido aún más inglés; y de que, en el fondo, a pesar de que no los entienda tan bien como quisiera, su lectura original es, desde luego, más poética y más esencial. Es una atractiva manera de aprender a la vez que deliciosa.
Y lo peor es que cuando uno va llegando al final comprende que, en realidad, no quiere dejar de lado la obra. Eso es lo que sucede cuando estamos leyendo a un genio.
