Me sucede que me quedo como un bobo mirando la pantalla, sin saber qué escribir, sin saber qué hacer: si dormir o seguir despierto, escuchar música a estas altas horas de la noche, o, por el contrario, seguir pasmado, aquí, quieto, viviendo en el mismo silencio. Entonces todas las dudas se me vienen de golpe, una y otra repitiéndose continuamente, martilleando mi cerebro, cada vez con más ímpetu, dejándome con un terrible caos y dolor de cabeza; dolor, de todas formas, metafórico. Tras la ventana los árboles parecen suspirar, y se oye la brisa y el lejano murmullo del viento que corre por la estrecha calle; y, a través de ese trozo de pared, cruzando el mosquitero con sigilo, se cuelan los últimos brotes de esos aires, de esos suspiros, de esos melancólicos susurros.
Quiero despertar pero sé que estoy muy despierto, activo pero, irónicamente, inactivo; sentado en esta silla decrépita que pronto, me temo, desterraré. Y miro hacia mi derecha, y me veo reflejado en el cristal borroso; observo la figura que allí se esconde, y no me veo a mí mismo, ni siquiera comprendo que hace ese hombre, ese niño, ese cobarde, ese valiente, ahí parado, mirando como yo miro, hacia ninguna parte, a mis ojos en donde sólo encuentro vacío, dudas; tinieblas. Pero es un reflejo etéreo, casi invisible, y mis ojos se acostumbran a ver a través de él, y llegan imágenes de edificios paralelos; de ventanas que, igual que las mías, por eso del calor del verano, permanecen abiertas o semiabiertas; de árboles quietos y, a veces, sólo a veces, de otros movidos por el céfiro nocturno; de persianas cerradas y de trozos de cielos oscuros, vacíos, casi muertos.
Desde este pequeño rincón del mundo, quiero atravesar el universo entero y dar mil vueltas, regresar y, con algo de suerte, tal vez seguir vivo; pero comprendo lo insignificante que soy, lo aterradoramente gigante que es la vida, lo imposible de los sueños, la levedad de la fantasía. No estoy triste ni alegre, ni albergo en mí sentimientos ya antes conocidos, ni siquiera, tampoco, permanezco con una sensación nueva o desconocida; soy yo, ni tampoco sé si soy yo el que permanece sentado en esta silla, dándole a las teclas y desenredando el alma, el alma que ni siquiera se sabe si existe, la eterna e irracional mirada del hombre, del mundo y sus delirios.
Y sé que, pronto, dormiré, y a las horas despertaré con los primeros fulgores del sol o, quizá, con los más tardíos, cuando ya el calor empieza a colarse por entre las sábanas y desnuda la verdadera cara del verano, de Agosto y sus últimos dolores. Pero despertaré y esta sensación no habrá desaparecido, sólo seguirá ahí, clavada en mis ojos, en mi ventana, en su reflejo, en ese hombre, en ese niño que no soy yo pero que me mira con cariño y amargura; y que esta silla decrépita seguirá también aquí colocada, y el ordenador, y los escritos, y estos delirios, y estas imágenes que, de no haber sido escritas, habrían sido al tiempo desterradas de cualquier memoria. Despertaré y todo seguirá igual, sin que parezca que nada haya cambiado; cuando, en realidad, ya nada será lo mismo.
