Palabras, palabras, palabras…

25 Agosto, 2007

Dos sonetos de Shakespeare

Archivado en: Referentes — Darthz @ 5:01 am

Por qué Shakespeare es mi escritor favorito es uno de los motivos de este post, de este blog, de su título, de su esencia, de mis letras, de las suyas, de las de todos. Por qué puse ahora estos dos sonetos es cuestión de, sencillamente, amor. Leo actualmente todos sus sonetos, y al leer éstos no pude más que releerlos una y otra vez, copiarlos y pasarlos al ordenador, y volverlos a admirar. Y hoy quiero que todos lo admiren, todos aquéllos que, por una u otra cosa, no los habéis leído, que los leáis. Y que disfrutéis, y que sintáis, también, el amor. Esto que os muestro es verdadera poesía. Escribir verdadera poesía es algo que no hace casi nadie; para que me entiendan:

 

71

Cuando yo esté ya muerto, llora sólo por mí
mientras oigas las hoscas y tristes campanadas
que al mundo anunciarán que huí de este vil mundo
para entre los más viles gusanos habitar.

Aún más, si lees este verso, tú no recuerdes
qué mano lo escribió; pues mi amor es tan grande
que prefiero me olviden tus dulces pensamientos,
si es que pensar en mí va a causarte dolor.

¡Oh! —digo— si recorren este verso tus ojos
cuando yo esté tal vez con la arcilla mezclado,
ni siquiera repitas mi miserable nombre,
sino haz que, con mi vida, también tu amor se extinga:

no sea que el juicioso mundo, viendo tus quejas,
por mí de ti se burle cuando yo ya no esté.

 

*

 

73

Hoy puedes ver en mí esa estación del año
en que unas pocas hojas gualdas, tal vez ninguna,
resisten en las ramas que tiritan de frío,
coros mondos y en ruinas donde aún cantan las aves.

En mí ves el crepúsculo del día en que su luz
tras la puesta de sol se funde con el ocaso
y la arrebata poco a poco la negra noche,
el doble de la muerte, que sella todo en paz.

En mí ves resplandores aún del fuego aquél
que sobre las cenizas de su verdor reposa
como en lecho mortuorio en el que ha de expirar
consumido por algo que antes fue su alimento.

Eso que observas hace que tu amor se refuerce
para amar lo que pronto habrás de abandonar.

Rayo de luna

Archivado en: Literatura — Darthz @ 12:00 am

Termino de leer con angustia una de esas leyendas becquerianas que siempre me habían recomendado pero que nunca había llegado a leer: Rayo de luna. Despierta en mí el interés, como siempre, de su correcta pero a la vez preciosa prosa —Bécquer, el romántico español por excelencia (¿qué se puede esperar de algo así sino?)—; suscita en mí también una melancolía terrible su protagonista, Manrique, pues no creo que haya personificación de la duda, del delirio y a la vez del romántico que su personaje mejor para expresarla, para alabarla y, también, dignificarla.

Basta decir que me chifla lo romántico, que yo mismo soy un romántico, de esos que se pueden quedar horas mirando la luna llena y soñar con imposibles, con mujeres que ya se fueron y con otras que aún no han venido, con esos trenes que dejé pasar y con todas las malditas tristezas que, en mi vida, he ido acumulando como piezas de un puzzle idílico; sí, es con ello luego con lo que me rehago, con lo que me doy cuenta de que soy una rata en una enorme trampa para ratones, y así, tan pancho, me quedo contento con mi romanticismo. La tristeza, siempre lo he dicho, está infravalorada.

Como os hablaba, de Manrique, del personaje de esta hermosa historia que Bécquer nos vino a contar allá por el siglo XIX, me sucede que encuentro una curiosa a la vez que amarga comparación con este protagonista y con todos nosotros —vale, tal vez más conmigo mismo, pues no conozco a la mayoría de los que digo y, además, tampoco quisiera conocerlos—. Me sucede que, por ejemplo, cuando este hombre comprende que su terrible aparición, de esa mujer de la que loca y fugazmente se enamora (exageración muy romántica y muy perseguida por estos escritores, el flechazo, el crear la montaña de arena de un solo grano, el romper las barreras del mundo para hacer salir a flote las mayores pasiones humanas que llevaban tiempo escondidas en los océanos), no es más que un rayo de luna, y estalla en carcajadas, carcajadas locas, risas estúpidas y frenéticas, un miedo indecible se apodera de mi cabeza.

¿Pues hay algo más terrible que descubrir, al final, que en realidad no estamos tan lejos de ese Manrique al que toman por loco? ¿No hay cosa más horrible, lectores, que creernos la última frase del narrador, donde se declara a juicio propio que Manrique es acaso el más cuerdo de todos?

Me temo que yo, siempre, estaré esperando los reflejos de la luna.

 

***

 

—¡El amor…! El amor es un rayo de luna— murmuraba el joven.
—¿Por qué no os despertáis de ese letargo?— le decía uno de sus escuderos—. Os vestís de hierro de pies a cabeza, mandáis desplegar al aire vuestro pendón de ricohombre y marchamos a la guerra; en la guerra se encuentra la gloria.
—¡La gloria! La gloria es un rayo de luna.
—¿Queréis que os diga una cantiga, la última que ha compuesto mosén Arnaldo, el trovador provenzal?
—¡No! ¡No!— exclamó el joven incorporándose colérico en su sitial—. ¡No quiero nada…! Es decir, sí quiero…, glorias…, felicidad… ¡Mentiras todo! ¡Fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos! ¿Para qué? ¿Para qué? Para encontrar un rayo de luna.
Manrique estaba loco. Por lo menos, todo el mundo lo creía así. A mí, por el contrario, se me figura que lo que había hecho era recuperar el juicio.

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