
Por qué Shakespeare es mi escritor favorito es uno de los motivos de este post, de este blog, de su título, de su esencia, de mis letras, de las suyas, de las de todos. Por qué puse ahora estos dos sonetos es cuestión de, sencillamente, amor. Leo actualmente todos sus sonetos, y al leer éstos no pude más que releerlos una y otra vez, copiarlos y pasarlos al ordenador, y volverlos a admirar. Y hoy quiero que todos lo admiren, todos aquéllos que, por una u otra cosa, no los habéis leído, que los leáis. Y que disfrutéis, y que sintáis, también, el amor. Esto que os muestro es verdadera poesía. Escribir verdadera poesía es algo que no hace casi nadie; para que me entiendan:
71
Cuando yo esté ya muerto, llora sólo por mí
mientras oigas las hoscas y tristes campanadas
que al mundo anunciarán que huí de este vil mundo
para entre los más viles gusanos habitar.
Aún más, si lees este verso, tú no recuerdes
qué mano lo escribió; pues mi amor es tan grande
que prefiero me olviden tus dulces pensamientos,
si es que pensar en mí va a causarte dolor.
¡Oh! —digo— si recorren este verso tus ojos
cuando yo esté tal vez con la arcilla mezclado,
ni siquiera repitas mi miserable nombre,
sino haz que, con mi vida, también tu amor se extinga:
no sea que el juicioso mundo, viendo tus quejas,
por mí de ti se burle cuando yo ya no esté.
*
73
Hoy puedes ver en mí esa estación del año
en que unas pocas hojas gualdas, tal vez ninguna,
resisten en las ramas que tiritan de frío,
coros mondos y en ruinas donde aún cantan las aves.
En mí ves el crepúsculo del día en que su luz
tras la puesta de sol se funde con el ocaso
y la arrebata poco a poco la negra noche,
el doble de la muerte, que sella todo en paz.
En mí ves resplandores aún del fuego aquél
que sobre las cenizas de su verdor reposa
como en lecho mortuorio en el que ha de expirar
consumido por algo que antes fue su alimento.
Eso que observas hace que tu amor se refuerce
para amar lo que pronto habrás de abandonar.

