Palabras, palabras, palabras…

26 Agosto, 2007

Un barco hacia Ilíssander II

Archivado en: Delirios de Hamlet — Darthz @ 3:13 am

Hoy es uno de esos días en los que me siento completamente desgraciado. Hoy, también, ha llovido, aunque eso no tenga nada que ver con mi caída de la noria. Resulta a veces, cuanto menos, curiosa la vida, cuando uno la observa fríamente como espectador, como espectador omnipotente y todopoderoso —dejadme ser Dios por un momento—, y se ríe de sus penas y, como no, de sus mentirosas alegrías. Me río de mi mismo, me descojono de mi penoso estado, de mi delirio continuo que, al final, acaba en nada, que comienza, también, con nada. Hoy es uno de esos días en los que a pesar de haber hecho muchas cosas creo que ninguna ha merecido la pena, y que de nada sirve mirar hacia delante cuando no hay un sentido, una búsqueda, un sueño, una ilusión. No, joder, soy nihilista, pero también muy ambicioso; lo cual no quiere decir que hoy y quizás mañana también no quiera tener metas ni sueños ni ambiciones ni amor ni alegría ni tristeza. Me gustaría, como bien un amigo a veces me decía, no sentir completamente nada; aunque tal vez así sería incluso más desgraciado que ahora; vaya, pero no lo notaría, me temo.

Y a vosotros os importan dos cojones mis subidas o caídas en la noria, y no venís aquí para leer las tristezas de un mediocre. Así que os voy a hablar de mi novela.

¿Novela?

Aún no es una novela; claro, pero es un proyecto, una meta, un sueño. Un sueño que, tras meses de enfriamiento, ayer mismo, volvió a recobrar vida. Llevaba tiempo con el texto aparcado; las razones, no las sé, ni tampoco pretendo conocerlas. Supongo que todo necesita un reposo, un descanso y, a veces, de un buen mecanismo de estiramiento para sacar las arrugas que, el tiempo, nos hace ver con más claridad.

¿Y qué tiene que ver esto con que estés triste? —me decís—. Pues que hoy, que llovía, pensaba escribir. Hacer borradores, seguir metiendo ideas tontas, soplapolleces y demás atisbos medianamente inteligentes para que, quizá, pudieran ser usados al tiempo y transformados en capítulos, en escenas, en partes de un libro que hacía tiempo que quería contar, y que, ayer, comencé a revisar. La primera parte, claro, que imprimí y aún hoy he estado devorando con parsimonia, saboreándola, encontrando mierda y también cosas muy buenas. El principio, lo mejor; después, me parece, la magia va tomando forma pero le cuesta un poco mantener el ritmo. Tendré que revisarlo, y rescribir, y borrar, y meter de nuevo. Y cagarme en mis escritos, y hacerlos basura y volver a entristecerme y salir afuera a encontrarme alegrías con las que luego nuevamente pueda sonreír para tener más tristezas de las que reírme.

Hoy no he escrito una jodida mierda.

Sólo corregí algunas faltas, cambié algunos adjetivos, rescribí alguna frase, cambié algún párrafo, y vi la ventana abierta, mientras llovía, y me quise convertir en una gota de lluvia para sentir cómo es caer contra el suelo y romperse tan dulcemente. Mi caída, lo sé, no sería nada dulce; por eso sueño con las metáforas, porque son los mejores disfraces para la realidad que, desnuda, resulta a veces tan triste.

El preámbulo es una maravilla. El prólogo es decentemente bueno; el primer capítulo mola, pero me resulta vulgar, como si lo hubiese podido escribir cualquiera. Y es que claro, ¿quién cojones soy yo? Un niñato que se cree muy bueno escribiendo, que se cree que podrá escribir un libro y que hará conseguir llorar a alguien, y que más gente se reirá con él y comprenderá sus delirios, y sus dudas, y sus más terribles miedos. Y una mierda. Comprendo que aún estoy verde en el tema de las novelas. Pero esto, a pesar de que me cause mucha ilusión (sé que no la demuestro en el post, pero joder, ya os he dicho que llueve), sé que necesita aún de más repaso, y de más ganas, de más fuerzas que poder luego usar en el escrito. Y las fuerzas, últimamente, me fallan —no me he equivocado de palabra, ojalá me follasen, amigos míos—. Aún me queda mucho por corregir, claro, y muchos capítulos que releer. Y eso sólo es la primera parte.

En teoría la novela se compondrá de tres actos, de tres partes. Y voy acabando la segunda. Aunque estoy parado y no sé cómo mierdas seguir (sí, si te lo estás preguntando, la novela comenzó improvisada); tendré que rellenar hojas del bloc, y tener más ideas, y más tiempo para pensar en ella; algo que, desde hace algo de tiempo, no me regalo. Y creo que lo necesito. Necesito sumergirme en esas historias, de lleno, salir de este mundo: restregarme contra los jardines de un poblado hermoso, y que me sacudan a puñetazos en un pueblo desconocido, y ver latir cien mil personajes que, jamás en vida, conocería. Necesito sentir latir la fantasía algo realista que pretendo crear (intento hacer de las cosas pequeñas y de la realidad algo grande, asombroso; no hay elfos, ni dragones, ni mierdas varias que hacía años me chiflaban y ahora casi me repugnan); necesito, además, creerme de nuevo toda esa vorágine fantasiosa para crear. Crear. Joder, crear. Qué fácil es decirlo.

Y encima soy un estúpido. Para ser de mis primeras novelas (ya antes he hecho dos novelas cortas, pero más que nada como aprendizaje y experimento) he metido demasiados personajes principales. Cuatro protagonistas, y en la segunda parte se une uno más. Me cago en mis personajes, y en sus falsas madres. Pensé matar a alguno, pero les cogí cariño; y mira, creo que tampoco salí tan mal parado, y me lo he jugado y pasado bien con estos aventureros del tres al cuarto, que no tienen espadas ni usan magia, sólo sus ojos para observar y los pies para adentrarse en las ignotas tierras que pueden estar llenas de delirio. Que pueden no, que lo están. Ahí reside la mayor parte de la magia de la novela: en los escenarios, en los hilos conductores, en algunas visiones, en la terrible realidad que resulta increíble pero que se hace devota de la fe del lector si se consigue sumergir en ella (algo, me temo, imposible de momento). Esta segunda parte, además, es bastante terrorífica, con momentos bastantes oscuros, muy lóbregos. Pero aún tengo que repasarla, cuando acabe con la primera, para ver, después de meses, cómo ha ido quedando todo el trabajo.

Y me temo que voy a sufrir, que voy a llorar a través de mis personajes, que voy a sentir y a vivir otras experiencias, que voy a salir de este caparazón, como diría Hamlet, para comprender el mundo infinito. Y eso, me oís, no es poco.

De momento voy a cerrar la música, voy a dejar el ordenador en stand by, me voy a ir a tomar por culo (en sentido metafórico, jocosos lectores), a llorar en la calma mientras leo unos sonetos de Shakespeare y, de nuevo, me estiro como un gato en la cama y miro hacia todos lados con miedo, con desesperanza y con asco; indiferencia cada vez más.

Lo siento por los que no pudieron hoy disfrutar debido a la lluvia; no comprenden lo jodidamente divertido que es querer transformarse en una gota de agua. Y romperse contra el suelo.

Ahí andamos, a las buenas y a las malas, pero hacia ninguna parte, como siempre.

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