
Hace no muchas horas escribí por aquí dos sonetos de Shakespeare, por lo que no lo voy a repetir ahora, pero que algo tenía que decir acerca de la grata lectura con la que me he deleitado estos terribles días, con todos sus sonetos que, para bien o para mal, han pasado a la historia como uno de los mejores reflejos de la mayor pasión humana: la enamorada, de sus etapas y sus convulsiones y delirios, era evidente.
A lo largo de toda la historia se han considerado éstos como la mayor cumbre del amor escrito en verso, una —lo suscribo yo también en este instante— de las más sinceras, mágicas y geniales declaraciones románticas que en los siglos y siglos que nos preceden, y en los que están por venir —me temo—, se han hecho.
Quise leerlos en inglés, pues esta edición también magnífica bilingüe me lo permitía, y así lo hice con algunos, pero va a ser que ésa es una tarea algo imposible, más cercana al que de verdad conozca el idioma con todas sus reglas, atajos y peripecias lingüísticas que al simple conocedor del lenguaje anglosajón. Leer a Shakespeare es similar a querer domar a una bestia: requiere pericia, técnica y aprendizaje. Pero confío en la genial traducción de Falaquera, y en que la esencia que transmite, al fin y al cabo, es la misma —o casi la misma, no os pongáis quisquillosos—.
No hay mucho más que decir que no se haya dicho ya; mejores estudiosos de su obra y de su eterna divinidad han considerado todo esto con mejores y más cualificadas palabras. Es imposible que el lector, inmerso en esos deliciosos sonetos, no se sienta más de una vez identificado, vapuleado, airado, por las nubes, por los suelos. Hecho mierda y, también, enamorado.
Leer los sonetos de Shakespeare es similar a volver a sentir el corazón dando vueltas y latiendo a velocidad acelerada, nervioso. Y hechizado. ¿Recuerdan?
…guardar un accesorio para así recordarte
sería conceder que en mí cabe el olvido.
