Palabras, palabras, palabras…

1 Septiembre, 2007

Whitman y su canto

Archivado en: Literatura — Darthz @ 12:21 pm

Uno termina de leer a Whitman con cierto optimismo, primero, y con algo de pesimismo, después. Hablar del yo como universalidad y convertir a la vida, a las personas y a los objetos en una sola cosa, y moverla por doquier, por donde haga falta y sin que nunca perezca, porque todo está unido y todos, al final, somos los mismos y la misma cosa, me resulta a veces un planteamiento absurdo y otras una bonita filosofía. En estas palabras encontrarás, lector, contradicciones; al igual que las encontrarás en su obra del Yo, si la lees. Tras sus cantos no hay más palabras que las propias con las que, cada día, hacemos volar la imaginación o con la que sencillamente nos comunicamos; es un canto sencillo, atractivo, voluble y transformable para cualquier persona, porque es universal y canta para todos, de él mismo, y del mundo para el mundo.

En muchos versos encontré a Whitman como un ególatra consumado, un predicador, un líder, un Jesucristo vociferando con todas las palabras que conoce al mundo, al mundo que no conoce y al que sí que ha experimentado para que se unan a su odisea, a su travesía de conocer la vida en cada instante y cada imagen, en cada importantísimo e ínfimo detalle. Es algo que al principio no me terminaba de convencer, porque sentía que en tanta humildad había, en el fondo, mucha hipocresía; pero al fin uno acaba engatusándose con sus versos, sobre todo en los poemas finales. Oh, sí, en los poemas finales sentí un gusto diferente, casi palpable, inconfundible y magnífico. Sentí los versos que acarician la libertad porque de ella misma salen, y dejé de ver a ese hombre como un ególatra consumado, pues se había convertido en un extraño, simpático y agradable poeta de todas las cosas y de ninguna cosa, a la vez.

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