
Yo empecé desde muy pequeño a buscar esas cosas que de otro modo jamás encontraba. Tuve una infancia feliz, dichosa hasta tal punto que creo que mis mayores tristezas suelen proceder de comparaciones absurdas pero entrañables. Iba al parque y al colegio, un colegio en el que estuve casi toda una vida, desde que apenas sabía decir más que unas cuantas palabras tímidas; jugaba con los niños y las niñas como todos los chicos y chicas hacían; en fin, era feliz, tenía grandes cantidades de amigos y compañeros y cada día era un nuevo aliento que me acariciaba el rostro invitándome a seguir viviendo. En definitiva, tengo tantos hermosos recuerdos de mi niñez que deberían bastar para ser feliz durante toda una vida, aunque eso de la felicidad cada vez requiera un poco más de ironía. Yo, como les decía, siempre supe que era distinto, que estaba siempre en otros mundos y que, de un modo u otro, se me antojaba el soñar como algo rico, inmenso e inagotable fuente de deseos prohibidos; y allí iba yo, siempre, cargado con mis esperanzas pueriles y mis fugaces fantasías, buscando aquello que creía que era, desde que tuve orientación y plena capacidad para encontrarme a mí mismo en algún lugar del mundo, mi propio destino.
Claro, los años pasan y te das cuenta de que ese destino que entonces te hacía soñar no fue más que, al final, una pesadilla y un montón de deseos frustrados. Aunque hay uno, que es éste cada vez más necesitado: el escribir —la bendita creación—, que hace mucho tiempo me lo adueñé como un emblema y me lo colgué del alma para que nunca desapareciera. A día de hoy, todavía no se ha ido; si bien a veces marcha, fugazmente, a encontrarse con otras vidas y otros sueños, acaba regresando y mis brazos hacia él están abiertos, a la espera, tendidos al reencuentro que siempre me emociona.
En el fondo el artista —quiero pensar— nace y más tarde, a la vez, se va formando, lo cual no exime al que no nazca con estas impresiones de que luego, en un repentino momento de su vida, necesite crear y una musa le asista cual sirena de canto envidiable. Yo siempre tuve la voz de una hermosa mujer de mar cantándome mil canciones, listas para ser escuchadas en el momento en que aprendiese a sentir y a vivir por mí mismo. Ya con siete u ocho años comencé a darle forma a mis pensamientos, a ese incisivo carácter que cada vez iba tomando más molde en mi mente y en mi manera de ver la vida, y descubrí lo que era la lectura, el soñar; y, por añadidura, lo imposible, la creación: lo sublime.
Con ocho años, aunque no recuerde con exactitud las fechas, ya escribía cuentos e incluso hacía alguna curiosa poesía.
Al amanecer
Cuando llegó el amanecer
una flor se despertó
vio un mar llenar,
y a un dulce jabalí
mirando hacia el mar…
Que el mar siempre me ha llenado de su fantasioso carácter no es casualidad: en esta pequeña y adorable ciudad del sur llamada Cádiz nací y, hasta día de hoy, he seguido conviviendo en una paz inalterable aunque a veces rota por mis incomprensibles delirios. Arropado por su constante murmullo, por el fabuloso recuerdo que cada verano me dejaba con sus hermosas playas y noches de paseos y cenas al frescor de una terraza en un restaurante, estuve siempre constantemente soñando. Escribir no fue la única vocación que de pequeño se asomó a mis ojos como una adorable tarea; antes vino el dibujo, y también se adueñaron de mi loca cabeza las tardes enteras en las que, postrado ante un escritorio, con un folio en blanco delante, imaginaba qué podría hacer con él y cuánto de genialidad podría ofrecerme ese placer que buscaba y el cual nunca terminaba encontrando con plena conformidad.
Como ven, el síndrome del folio en blanco me acompañó desde siempre, incluso antes de que escribiera y conociera el placer por la literatura. Con aquellos cortos siete u ocho años ya había dibujado en todas las clases de primaria, y me pasaba días enteros con la música puesta en la cocina, mirando por la ventana y viendo cómo los pájaros se adueñaban del migajón que mi madre y yo les dábamos sin que fuesen partícipes de tal acto bondadoso. En mi grupo de amigos siempre era yo el que llegaba con alguna loca idea que a todo el mundo asombraba: me ingeniaba mis propias bandas detectivescas, donde cada uno tomaba sus casos e incluso espiábamos las cartas de los vecinos, los buzones que para nosotros eran extranjeros pero fuente de curiosidad y deseo prohibido (siempre tuve especial agrado en coger la manzana del árbol); también formaba corros en donde, arropados por la suave brisa de la noche, en un patio lleno de árboles y recuerdos, contábamos historias de terror con las que luego todos soñábamos y nos creíamos aún más insignificantes de madrugada; hacía experimentos de lo más raros que alguien pueda imaginar, mezclando colonias con comidas e incluso objetos de los tantos y miles que se fueron, con el tiempo, acumulando en mi habitación; ¡llegué incluso a montar un espectáculo del terror en mi cuarto!, allí donde dormíamos a la vez un hermano y yo, en una litera donde siempre estuve pegado al techo con unas ficticias estrellas alumbrándome; cogía papales, como les decía, y no sabía qué inventar, no podía imaginar qué tan crueles y geniales cosas podría hacer con ellos, así que me dedicaba a expresar con el dibujo, o a diseñar inventos y tarjetas de juego, con sus propias reglas y condiciones (a las cuales, por supuesto, luego jugaban todos los amigos del grupo, e incluso llegábamos a hacer apuestas al igual que con los tazos y las canicas y la incansable lista de juegos que de pequeño llegué a probar y de las que aún guardo una agradable añoranza).
Por si aún no me he explicado con entereza: a mí de pequeño me llamaban artista, y el aspecto a más destacar de mi persona, todos siempre acordaban que era el ingenio y la imaginación. De ahí entonces no supongo que fuese difícil acabar siendo o queriendo —o intentando— ser escritor.
Ya antes les he puesto un breve fragmento de mi pueril prosodia, pero hay cosas a más destacar y de las cuales, además, tuve una mayor proliferación en cuanto a contenido y creación. Claro, como pueden imaginar, fue cuando descubrí lo que era escribir y lo que suponía contar e inventar algo a partir de los medios reales de los que uno dispone; fue, me temo, cuando me encontré con ese yo más real que siempre había buscado, con aquel redoble de tambores que en el pecho desde que prácticamente comencé a hablar había estado resonando pero al que nunca supe escuchar con precisa atención. Ya les he dicho que mi edad rondaría, aún en la tierna infancia, el corto número de siete u ocho años, quizá algo más o tal vez menos. Escribí por ejemplo esto:

(Pinchad en la imagen para agrandar)
Obviamente con aquella edad no tenía tal uso de la ortografía ni de la gramática, pero supongo que el procesador de textos con el ordenador que entonces escribí el anterior cuento se las arregló para corregir lo que yo, ignorante, había escrito de mala manera, lo cual, por cierto, me hace pensar que en esa obra yo rondara ya los diez u once años.
Antes escribía en papel, en cuartillas de medio folio, algunas blancas, lisas e impolutas y otras cuadriculadas. Lo que importaba, al final, era hacer nacer al escritor. Tengo acumulados en una carpeta una gran cantidad de estos cuentos que de pequeño escribí, ahora sí con la tierna edad de siete u ocho años; por ejemplo, el que sigue a continuación.
LA CIUDAD DE LAS TINIEBLAS
1er capitulo: Precensia maligna
Una familia de Chicago en vacaciones se fueron a una ciudad para pasar las vacaciones.
Cuando llegaron, como por costumbre preguntaron a un ciudadano donde habia una iglesia para comulgar y le dijo que no habia ninguna iglesia en la ciudad.
El padre se sentia un poco incomodo en esa ciudad y notaba una presencia malvada. Asly que era la hija hizo una amiga, y la invito a comer al dia siguiente.
RING! Sono el timbre a la mañana siguiente, era la amiga de Asly, Asly le dijo a la hora de comer, ¿Qué quieres de bebida¿ y ella respondio: SANGRE.
¡Que!, Que dices, lo que escuchas Asly le dijo la amiga con voz fantasmagolica.
Asly vio que la amiga se convirtió en un demonio y después en un vampiro, el padre fue a llamar a la policia, pero en esa ciudad no habia policia. La ciudad se rodeo de tinieblas.
Que en aquella infancia yo pensara que existía el termino “Precensia” no me asombra, lo que sí que me sorprende es la genial frase con la que se cierra este primer arco argumental del cuento, donde se desprende una terrible lovecraftiana atmósfera, salvando la tilde que entonces no sabía escribir: La ciudad se rodeó de tinieblas. Qué manera de narrar, qué preciosa prosa, qué estilo, qué vocabulario y que sonoridad en tantas letras… El escribir SANGRE en mayúsculas supongo que fue una señal que el escritor que llevaba dentro me mandó para que, ahora de mayor, al leerla, me estremezca y busque mi nombre ensangrentado por todas las ventanas. ¡Ah, atentos, ahora viene la última y mejor parte!
2º capitulo: El final
la amiga de Asly desaparecio de repente los padres y Asly se quedaron de piedra. El padre murió de un infarto y la madre se suicido, la niña se quedo sola, huerfana, no tenia mas familia y estaba en esa ciudad sola y en peligro, Asly salio a la calle a pedir ayuda, peró todo era muy raro no habia nadie en la calle, Asly vio una puerta de una casa abierta, entró y… Hola dijo un hombre que habia en la casa, soy Mateo, me puedes ver peró en verdad yo no existo, Asly no entendia le pregunto que significaba y el hombre (Mateo) le respondio, yo vengo del futuro y se que dentro de una hora tu amiga se revelara contra todo y matara a todos los de la tierra, si me ayudas podremos impedirlo, ¿como? Pregunto Asly, Tienes que enseñarle esta cruz y darle esto de beber a tu amiga, Bien, lo hare. Al día siguiente la vio y hizo lo que le dijo mateo peró cuando le enseño la cruz…
Continuara
Este cuento jamás llegó a tener un final, por aquello de que las series americanas que echaban por las mañanas, o las historias de pesadillas, me dejaran siempre el amargo sabor de la impaciencia con el famoso “Continuará…”. ¡Vaya grandísima obra de ciencia ficción que habría sido!; pero, oigan, no todo puede ser en esta vida. Así que ahora, releyéndolo, veo que mi carácter pesimista y trágico no es algo nuevo sino que siempre fui un cabrón destructivo y el villano del más sucio reino fantástico. Soñar con el Apocalipsis y meter fantasmas y muerte y desolación en sólo tres líneas creo que es digno de elogio, amigos; alaben mi pequeño y trágico cuento.
Yo estoy seguro de que el perfecto dominio de las comas y de las tildes, la ingeniosa unión de unos sintagmas con otros y demás parafernalia literaria, tuvo que ser obra de las magistrales clases que se impartían en el colegio. Lo peor de esto no es que yo escribiera así con siete u ocho años (quizás nueve), sino que conozco gente que, habiendo pasado recientemente el bachiller, apenas alcanzan el nivel adquirido en estos breves fragmentos. Ah, ya, imagino que por aquello de la filosofía descartiana del yo sólo sé que no sé nada (es un sarcasmo, lectores), ya todo está arreglado y pasar al mundo adulto sin saber que gilipollas se escribe con elle es una muestra de rebeldía de la que uno debe estar, por supuesto, orgullosísimo.
