A mí me encanta releer mis antiguos cuentos, y buscar en ellos todo lo que hasta ahora no he aprendido; me chifla pasarme horas viendo los geniales e ingeniosos adjetivos que en aquel entonces descubría y me lo paso pipa, sobre todo, observando la magnífica utilización de la lengua castellana de la que me apropié como el que roba un zapato que le ha gustado y ya, desde entonces, no lo suelta hasta que aprende a ponerse los cordones. Me encantaba entonces ponerme el zapato sin cordones; lo malo de esta hazaña es que, a veces, puedes tropezar si se te sale el calzado de los sudorosos pies. Y entonces, ah, entonces la caída te puede incluso hacer daño. Aún hoy, de cuando en cuando, agradezco ponerme los zapatos sin cordones, y otras me los aprieto muy flojito para que, cuando esté a punto de resbalar, saber que he de nuevo mirar hacia abajo y encontrarme con que nunca tuve más valor que el de la suela de mis malditas zapatillas. Así, he de suponer y admiro con agudeza, es como se avanza y aprende.
Lo que más me gusta, ahora sin ironía, de leer mis cuentos de la infancia (ya les dije que así era como me reconocían de pequeño) es la imaginación que éstos desbordan por doquier. Vamos a analizar uno muy curioso, mágico y atractivamente ingenioso.
La casa abandonada
Erase una vez dos hermanos, Ton y Luis, que eran muy cotillas. Un día Ton salio con su hermano Luis y sus padres a dar un paseo, por el camino los dos hermanos vieron una casa abandonada, los dos tenían ganas de saber lo que habia dentro. Entonces al dia siguiente llamaron a Jose su vecino que tambien era muy cotilla, entonces quedaron para ir a esa casa abandonada. Cuando llegaron a la casa, Luis abrio la puerta, vieron muchos murcielagos y unas escaleras que daban arriba. Subieron las escaleras, estando arriba entraron por una puerta, ¡HAAA! gritaron todos vieron un cadaver apoyado en la ventana, Luis Ton y Jose salieron corriendo, una vez abajo, dijo Luis, tenemos que descubrir mas cosas, subieron sin hacer ruido, ¡HA! Luis se cayo por el boquete que habia en la planta de arriba, Ton y Jose cogieron una cuerda y le ayudaron a subir, despues siguieron el pasillo, abrieron otra puerta y… ¡HA! algo se le cayo encima a Jose, los niños vieron que era una camara y dentro, en la habitacion habia muchos hombres disfrazados, todo era una pelicula, los padres le riñeron a los niños peros los niños estaban contentos porque sabian el misterio de la casa abandonada.
Vale, os he engañado: nuevamente he vuelto a usar la ironía. Este cuento de ingenioso no es que tenga poco, sino que es uno de los trucos más antiguos, tanto en la pantalla como en las letras, usado por, me temo, la cantidad interminable de artistas que han nacido, muerto, y también de los que siguen vivos sobre la faz de la tierra. Uno comienza cuando va creciendo a huir de los tópicos, porque quiere hacer cosas distintas y, de alguna manera, darse a conocer con algo que, aunque sea difícil de hacer parecer como nuevo, atraiga por su originalidad.
Por supuesto, el estilo narrativo, donde abundan onomatopeyas de lo más curiosas y a la vez entrañables, no sólo resulta curioso al que lo lee sino que le entra una sonora carcajada al que lo analiza. Sí, creo que aún no dije que lo primero que yo hice, en esta edad incluso más tonta que aquélla, cuando leí estas hojas fue, por supuesto, reírme y ser feliz: reírme porque me hacía gracia, y sentirme dichoso porque, en el fondo, añoro a aquel niño cabroncete y original que era y que pretendo nunca dejar de ser.
Os dejo ahora con otro breve cuento que acabo de leer y me ha hecho elevarme con una sonrisa.
La criatura de cuatro ojos
Un día un hombre llamado Juan estaba en su laboratorio haciendo un experimento, el experimento salio mal y entonces lo que salio fue una terrorifica criatura de cuatro ojos, la criatura cogio al doctor, le miro fijamente a los ojos y le aficio, su hijo tiene 22 años y a el una vez le cogio la criatura, peró logro escapar, los cientificos estan intentando de descubrir la causa de la muerte del doctor. Solo sabe su muerte su hijo. La criatura estaba escondida en una cueva de la playa, Jose sabia una manera de matar a la criatura de cuatro ojos. Su energia va desde sus ojos entonces si se le deja ciego muere. Jose, el hijo del doctor, cogio una linterna muy potente y se fue a la cueva de la criatura. Cuando Jose llegó, la criatura estaba dormida, Jose aprovecho y encendio la linterna, la criatura se desperto. Iba muy enfadada hacia Jose, Jose le apunto con la linterna a los cuatro ojos y la criatura se derritio, miro para el lado y vio a su padre (el doctor) bien padre he logrado que resucitases.
Lo primero que llama mi atención en esta hilarante historia (véase las aventuras de Don Quijote, que casi igualan a la extensión del presente e interminable relato) es la manera tan rápida y desordenada que tenía de cambiar y jugar con los tiempos verbales. Ora pasado, ora presente; el caso es que el niño no se aclaraba, y a uno no le queda claro si los expertos investigan una muerte que, según dice el narrador: “Solo sabe su muerte su hijo”, o es que el que la cuenta es el padre “aficiado” que aún no tiene aire más que para hacer el imbécil. Vale, lo reconozco: me chifla el termino “aficio” que con tanta sana nobleza se usa en el texto; aunque me resulta extraño porque supongo que, de niño, lo que hacía cuando no sabía escribir una palabra era expresarla tal como fonéticamente la expresaba, y yo siempre he sido más fino que basto, más refinado que vulgar. Sin embargo, queda claro y patente que yo, de pequeño, decía “aficiar” cuando jugaba con mis muñecos y los mataba con deleite continuo.
Bueno, después de este intensivo y genial análisis sobre el termino patentado por Julián Sancha —ese soy yo— (aficiar, próximamente en sus diccionarios —los pocos que los usen—), paso a copiar literalmente otro de los muchos cuentos que guardo con añoranza y cariño.
El barco vikingo fantasma
Hace un poco de tiempo unos hombres ivan a montar en un barco para ir a descubrir lo que pasaba en el Triángulo de las Vermudas, ¡Toní, ayuda! Grito uno de sus compañeros. Ya voi le respondio Toní. Habia una tormenta muy fuerte, mientras llegaban al Triángulo de las Vermudas cayo un trueno y rompio el camarote, ya no se pudieron refugiar. ¡POON! Otro trueno esta vez se movio el barco y uno de los hombres se cayo. Toní salto a rescatarlo, lo cogio pero no podia con el entonces se fueron hundiendos y vieron que venia a toda velocidad un tiburón, Toní se subio sin coger a su compañero y cuando Toní subio, se vio en el agua un gran charco de sangre. ¡No! Grito el capitan, ¡PRUNN! otro trueno esta vez rompio el mastil y se le cayo al capitan encima, ¡ho no! Dijo Toní, el capitan estaba gravemente herido, de repente vieron un barco pasando por su lado, cuando pidieron socorro el barco se acerco, les grito Toní, el barco esta en malas condiciones y el capitan esta herido, el barco desaparecio, Toní se quedo de piedra, ya llegaban al Triángulo de las Vermudas, solo quedaban Toní, el capitan y cuatro hombres mas. Cuando llegaron al triángulo de las Vermudas, vieron una bruja subida a una roca. La bruja lanzo un rayo al barco y salio una serpiente gigante, la serpiente gigante se comio a un tripulante, de repente aparecio el barco fantasma y empezaron a lanzarle a la serpiente lanzas hasta que la mataron, el barco fantasma les ayudo a salir del Triángulo de las Vermudas y volvieron a su casa, les dijo gracias y Toní llevo al capitan a su casa y lo curo, ¡PRIIIIN! Sono el despertador, menos mal que ha sido un sueño dijo Toní. ¡Ha Ha! No ha sido un sueño, se escucho detrás de la ventana y salio.
Me siguen asombrando las onomatopeyas tan graciosas que componía, y también ese viejo truco que, al igual que el de acabar rompiendo la catarsis con la excusa de que es una película y se terminó el rodaje, digo que fue un sueño y sanseacabó. Pues no, no se ha acabado todavía, toma redoble de tambores; ya de pequeño era un “retuerce historias” (dícese de todo hombre, mujer, perro o pájaro que cuenta una historia y cuando va a llegar al final te sale con tres finales distintos, con la intención de parecer original cuando lo que se hace, por normalidad, es pecar tres veces de aburrido y estúpido), y hoy, aún, lo sigo siendo de vez en cuando. En realidad resulta a veces muy divertido liar al lector, sentirse tan poderoso —pues al fin y al cabo eres el que da la magia a la obra— como para guiar por los derroteros que te plazcan al que buena o malamente se sumerja en la ficción que escribes.
“No ha sido un sueño, se escucho detrás de la ventana y salio.”
A mí, al menos, puñetazos así me estremecen y me lanzan con agonía al suelo, aunque estén penosamente escritos y huelan y sepan a basura (pues tan joven era la edad en que fue escrita). Y era un niño, por eso me sorprende la intuitiva capacidad demostrada de querer perder al lector por esos mundos que ya entonces comenzaba a imaginar y dar forma, en mi mente primero, en los papeles más tarde.
Ah, ¿por qué el Triángulo de las Bermudas como escenario? Que, por cierto, sí, se escribe con be y no con uve (fallos así, que hice florecer a tan tierna edad, se me arrastraron después colgados de los zapatos —y de los cordones— y me costó un esfuerzo infernal corregirlos cuando ya me había acordonado los zapatos con fuerza y seguridad). Pues, lo reconoceré, a mí de pequeño me decían algo y, como supongo que a todos, me lo creía; y he de temer que algún incauto (por no usar palabras más groseras) me metió en la cabeza que aquel lugar era un edén para todos los diablos y criaturas demoníacas que existieran (yo creía que existían, ¡¿pero acaso no existen?!: aún no lo he descubierto). Yo, tan ingenuo y dulce, pensaba que allí se reunían todos los malvados piratas y temibles hombres de mar para condenar sus almas al eterno camino de la oscuridad y el desconsuelo, al de la tragedia y la pérfida ilusión que tenían que conocer los hombres y mujeres que habían perdido el amor por la vida y, por tanto, se disponían a destruirla. Un lugar donde se perdían almas en pena y vagaban sin descanso, en eternos círculos, dando vueltas como marionetas locas y sonámbulas. Un lugar donde yo perdía mis folios, mi mente, mi ingenio, mi genio, mi locura, mi fantasía, mi yo. Y eso, amigos, me hacía temblar.
Otro de los poemas que escribí tan pequeño y que aún hoy me hacen reír, al igual que al que los lee (ellos, los que descubren en los versos a un encantador Don Juan de metro y medio), es el siguiente:
La bella durmiente
Una mañana de agosto
Vio a su hija
Que no se despertaba,
La niña estaba en su tercer sueño,
Y su padre quiso ir a llamarla
Pero la niña no respondía
Hasta que al final llamaron a la puerta
Era su prometido
De un beso que le dio la despertó,
Gracias le dijo el padre, de nada contestó,
El padre tan contento fue a besar a la hija.
Ya quisiera Whitman o Neruda escribir la poesía que yo realizaba de pequeño (risas). No, fuera de bromas, me resulta entrañablemente tierna porque además de que ahí ya afloren mis dotes de conquistador y romántico (escribía también muchas cartas de amor; lástima que, debido a las lágrimas que ya ni recuerdo, acabara tirándolas…), me produce una agradable mezcolanza el encontrarme con aquel que fui y ya no soy en los versos. ¿Qué quise decir con “La niña estaba en su tercer sueño”? Supongo que para mí en aquella época soñar era muy fácil, al igual que para la mayoría de los niños que tan pronto se abrazan con Morfeo como tienen horribles pesadillas con Lucifer; pues debo reconocer que ahora, una vez crecido, los sueños se suceden cada mucho y muy largo tiempo, y a veces ni siquiera llego a la mitad de un sueño. ¿Pesadillas? Dejaron de soñarse cuando vi que ellas, en realidad, se encontraban en la propia vida; o quiero suponer que fue por eso y no por ninguna otra razón.
Por último me gustaría revelaros una pequeña faceta de mi yo dibujante, aunque este sea el menos esmerado pero —por esta razón lo pongo aquí— el más relacionado con la literatura en mi vida. Sí, fue el momento en que auné mi faceta de dibujante como escritor, y os enseño ahora la imagen que, en otro tiempo, fue un folio en blanco que acabó por convertirse en una historia, rodeada de purpurina, letras y dibujos.
(Pinchad en la imagen para agrandar)
Podría hablaros sobre muchos otros cuentos que aún guardo, lectores, entre mis carpetas; pero sería una odisea interminable, y hoy mi melancolía, que no mi paciencia, ha acabado por agotarse. Además, creo que ha quedado bastante palpable aquel carácter de “artista” que desde siempre me acompañó de la mano, y espero que les haya supuesto este pasaje un agradable momento al igual que a mí me lo ha sido volver a encontrarme con el pasado.
Hoy, como un niño, me despido. De nuevo soñando.
