Me sucede mucho que tan sólo unas simples palabras se igualan en placer a un conjunto de miles que quizá, por desavenencia propia, pasan inadvertidas o de un modo parecido a éste. A veces, por ejemplo, leo una página entera y, como el hombre al que un foco de luz lo ciega y lo deja durante largo rato pensativo, inmóvil o dudoso, me freno en mi imperiosa ansia por devorar el mundo y durante largo rato me dedico a escuchar el silencio, a contemplar lo absurdo.
El otro día leí lo siguiente de Antonio Machado y hasta hoy no he podido sacármelo de la cabeza: Estos días azules y este sol de la infancia…
Supongo que escribirlo, en parte, y mostrarlo a otros, me libera de tanta belleza contenida.
