Escribo subyugado todavía por el miedo más exquisito que se me ha concedido en vida: una tormenta terrorífica. Aún no ha cesado el temporal y por la ventana se dejan ver fogonazos que, como flashes de fotografía, deben estar gastando todos los carretes del mundo. No podría contar los rayos, porque se han sucedido más de cientos en pocos minutos, y son muchos los minutos que está durando esta empresa de un dios travieso. Lluvia, e incluso granizo. Lluvia muy fuerte. Viento. Estoy viendo los jinetes del Apocalipsis en este momento llegando hacia nuestras puertas de tierra, ah… con sus harapos oscuros y sus caballos espectrales. Si estuviéramos varios siglos atrás algunos dirían que esto es el fin del mundo; ahora a mí me llamarán sencillamente exagerado. Pero puedo decir, asegurar y jurar, que es la tormenta más tempestuosa a la que he asistido en vida. Supongo que en esto influye que sea del sur y que vivo en una tacita donde normalmente el agua nunca rebosa, y sí lo hace ocurre con elegancia. Me he llevado varios minutos pegado a una ventana, viendo cómo durante unos fragmentos de segundo el cielo se abría con luces furiosas, amenazando a la tierra con sus lanzas eléctricas. En cierto modo quiero ver esto como una guerra en la que todos estamos siempre inmersos, y sentirme un guerrillero; un condenado y miserable guerrillero del que nada dependerá en esta afrenta. Ahora, ahora es cuando uno de verdad se inspira y puede de nuevo, gracias a Dios (el travieso), volver a escribir.
