
Hacía bastante tiempo que no asistía a tal espectáculo fantástico en televisión. Y lo agradecí, mucho. Porque llega un momento en la vida en que uno se ancla, para el barco, el timón no coge ningún rumbo, y este mismo se queda ahí mirando hacia la mar infinita, viendo sólo el horizonte y una primavera que nunca llega. Os hablo ahora también de una serie que fue cancelada injustamente al finalizar la segunda temporada. Su nombre es Carnivale. En un variopinto escenario apocalíptico y miserable, exactamente después del crack de la bolsa de EE.UU, un chico al que su madre se le muere y ha de enterrarla, y al que le derrumban la casa, sin nada en vida entonces, se le presenta la oportunidad de entrar a un circo ambulante que va recorriendo por todas aquellas áridas zonas los pueblos, intentando engañar y sacar monedas del modo que pueden a los más incautos. La serie mezcla magia con realidad, de una manera tan sensible que apenas nos daremos cuenta de si lo que ocurre es realmente posible o totalmente ilógico. Es lenta, muy lenta. Para saborearla. Para saborear cada puesta en escena, cada diálogo, cada escenario, todas y cada una de las caras que por ella, y con tan buenas actuaciones, pasan a lo largo de las dos temporadas. La reencarnación de Jesucristo, el diablo que va tejiendo muy lentamente sus planes sobre la tierra. Una eterna lucha, una estremecedora y fantástica obra que a nadie dejará insatisfecho. O al menos conmigo no lo hizo, y así os lo digo; sin dar muchos más datos, ya que de esos abundarán por toda la red, simplemente recomendándola. Es, desde luego, una de las mejores series que he visto en toda mi vida.
