A un día de empezar a estudiar Filología hispánica, de comenzar un nuevo recorrido y dar por sentado que ya estoy donde quería estar.
Hoy es domingo y todo está tranquilo; es la calma predecesora de lo que, pronto, supondrá un nuevo viaje.
El viaje
Para el niño, gustoso de mapas y grabados,
es semejante el mundo a su curiosidad.
¡Qué enorme el universo a la luz de la lámpara!
¡Qué pequeño a los ojos grávidos de recuerdos!
Un buen día partimos, la cabeza incendiada,
repleto el corazón de rabia y amargura,
para continuar, tal las olas, meciendo
nuestro infinito sobre lo finito del mar:
felices de dejar la patria infame, unos;
el horror de sus cunas, otros más; no faltando,
astrólogos ahogados en miradas bellísimas
de una Circe tiránica, letal y perfumada.
Para no ser cambiados en bestias, se emborrachan
de cielos abrasados, de espacio y resplandor,
el hielo que les muerde, los soles que les queman,
la marca de los besos borran con lentitud.
Pero los verdaderos viajeros sólo parten
por partir; corazones a globos semejantes,
a su fatalidad jamás ellos esquivan
y gritan «¡adelante!» sin saber bien por qué.
Tienen forma de nubes los deseos de éstos
y sueñan, como sueña el recluta en la lid,
con voluptuosidades extrañas y cambiantes
que el espíritu humano nunca pudo nombrar.
Charles Baudelaire
