Palabras, palabras, palabras…

28 Octubre, 2007

El universo… toda esta locura, no es tan infinita…

Archivado en: Delirios de Hamlet — Darthz @ 1:22 am

Resulta que comienzo a leer El aleph, de Borges, pues voy a hacer una lectura de significados del cuento y un resumen, y me encuentro con una de estas cosas que -al menos al firmante de esta bitácora así le sucede- me causa un terrible cosquilleo por el estómago. Leo las citas con las que comienza el cuento, y en seguida diviso algo que se me viene a la cabeza de repente por otro lado, más lejano, de mi memoria (incluso lo recitaba):

O God, I could be bounded in a nutshell and count myself a King of infinite space.

Hamlet, II, 2

Y así rememoro un relato que, casualmente (mentira), tiene el mismo título de este blog: Words, words, words… Y recuerdo (y esta memoria es la que me da el latigazo en el estómago y me hace temblar de no sé qué extraña cosa) que la misma frase, con el mismo significado y la misma interpretación que -me temo- tiene este cuento, aparece en él, expresamente en el siguiente párrafo (aunque también aparece antes en un diálogo):

Abrí los ojos. El blanco impoluto que me rodeaba seguía ahí, pero esta vez la habitación era mucho más estrecha y pequeña. El recinto parecía estar totalmente asegurado para que nadie pudiera salir, en este caso, para que yo no pudiera salir, pues me encontraba solo y acompañado de un vacío inmenso. Una corazonada se me clavó en el pecho para después salir despidiendo gritos de mi garganta, pensé en mi mujer; unas imágenes horrorosas de alguien que no era yo habían acudido a mi mente, pero que sin embargo tenían un gran parentesco con mi persona. Al poco tiempo entró tras unos escandalosos ruidos de cerraduras y portones alguien en aquel angelical aposento. Era una hermosa fémina de piel blanca como la nieve. Sus maneras eran frías y lo cierto es que creo que su mirada apenas se cruzó con la mía más de una vez, sólo para cuando debía castigarme. Al parecer, aquella mujer creía que yo había sido capaz de asesinar a la mujer que amaba y que en mi cabeza había cambiado las imágenes para pensar que fue al revés. Su charla era muy lejana a mis pensamientos, pues me encontraba ensimismado pensando en aquella historia que debía escribir, y cuando se cercioró de que estaba hablando sola me increpó con severidad. Ella me dirigió una mirada de lástima que no entendí y acto seguido me preguntó si quería decirle algo. Le pedí una libreta y algo con lo que escribir, pero se negó. Ya me extrañaba a mí que fueran a prestarme tanta atención. Aún así, podría estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme rey de un espacio infinito.

23 Octubre, 2007

Ser poeta…

Archivado en: Referentes — Darthz @ 5:12 pm

No tengo ambiciones ni deseos,
ser poeta no es una ambición mía.
Es mi manera de estar solo.

Alberto Caeiro (Fernando Pessoa)

19 Octubre, 2007

Los heraldos negros

Archivado en: Referentes — Darthz @ 5:52 pm

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o lo heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

César Vallejo

13 Octubre, 2007

Mi vida desde una farola

Archivado en: Delirios de Hamlet — Darthz @ 8:59 pm

Esta tarde me he vuelto a encontrar conmigo mismo. Era uno de esos momentos dorados de la tarde en los que pronto sabes que va a comenzar a hacer frío. Entré en un parque mientras el viento jugaba con mi pelo, y decidí, por una de esas causas fortuitas y desconocidas para uno mismo, sentarme en un banco frente a frente de una farola. A mis espaldas una pareja de adolescentes poco crecidos jugaban a desatar testosterona; delante de mis ojos sólo había una basura, y a su lado la gran y solitaria lámpara, impertérrita. La música sonaba en mis oídos; mi cuerpo reposaba en aquel banco; de vez en cuando algunos grupos de chavales cruzaban por mi lado las calles, y otros niños venían continuamente a beber de la fuente que permanecía pegada a uno de los lados del estanque donde multitud de piedras yacían en su fondo.

Comenzó a hacer frío. Y entonces fijé mi vista en aquella farola. No había visto jamás cosa tan vulgar, antiestética e incluso inútil. Aún el sol no había caído derrotado por el oeste, así que tampoco los edificios anteriores a la playa me impedían abrigarme con su calor ni sus fulgores vespertinos. Pero el viento comenzó a llenarse de una brisa fresca que me produjo deseos de huida. Sin embargo, no pude marcharme. Mis ojos seguían fijos en aquella extraña y aparentemente vulgar farola. En su corona metálica comenzaron a posarse varias palomas; palomas traídas por el viento o por el clima; palomas que huían de los saltos de los niños que jugaban distraídamente en los columpios; palomas que, por alguna extraña razón, decidían posar sus enigmáticos cuerpos místicos sobre aquel círculo vulgar, metálico, antiestético e inútil.

Y entonces me estremecí y durante muchos y muy largos minutos no pude envolver mi vista con otro regalo. Allí se encontraba todo lo que durante mi vida había acaso ido sucediendo, y yo —¡torpe yo!— no me había dado cuenta. La primera paloma cesó el vuelo cayendo con suavidad sobre la pequeña plataforma de la lámpara, y tan sólo unos segundos después decidió de nuevo abrir y batir sus alas; se fue. Y vinieron otras; y también se fueron. Y alguna decidió quedarse unos segundos más, e irse y volver de nuevo, como si nada hubiese pasado mientras su ausencia marcaba los segundos de aquella solitaria farola. Me sorprendí, la cabeza ladeada hacia arriba, mirando aquellas indiferentes palomas; observando y escudriñando el misterioso paso del tiempo que allí arriba se sucedía.

Descubrí entonces, con el frío cada vez calando más en mis huesos, que en aquella farola se había decidido toda mi vida; que allí, entre la vulgaridad y la indiferencia y la soledad, entre la fugaz compañía de aquellas palomas que venían y continuamente se marchaban, habían pasado dieciocho años de mi vida y ni siquiera me había dado cuenta; que allí, al fin y al cabo, reposaban todos los momentos de mi vulgar existencia. La farola era movida con el viento que crecía en intensidad, y por alguna extraña razón pensé que podría llegar a caerse. Pero la farola seguía allí, balanceándose levemente, extraña de sí misma. Pude ver rostros conocidos y algunos ya no tan definibles en mi cabeza mientras observaba aquellas palomas; palomas blancas y negras, palomas grises que se acomodaban sobre esa superficie metálica para más tarde huir hacia otros lugares, quizá unos lugares más idóneos donde nada ni nadie les impidiera un vuelo limpio, rápido, fantástico. Pero habían pasado dieciocho años, y aún seguía allí, en pie.

Esta tarde he visto toda mi vida en ese parque, y todo deseo o sueño de futuro o “carpe diem” momentáneo, se ha parado, se ha parado porque la nostalgia era entonces la única invasora de mi cuerpo. Y he sentido frío, y calor, y he recordado, y he muerto, y he renacido; he sentido de nuevo amor, pena, tristeza, delirio, impotencia, amargura, frenesí, cólera, júbilo; he sido el yo que en todos mis anteriores instantes de existencia había sido, y he sentido unos escalofríos que me helaron la sangre. Estas palomas no tardaron mucho en irse; se fueron, claro, se fueron. Se fueron y observé cómo sus menudos cuerpos eran lanzados contra el aire, tal vez hacia otras nuevas geniales o terribles aventuras. De nuevo, siempre solo. Pero ya eran muchos años, muchos años los que esta farola había aguantado allí, impertérrita, inamovible, casi inmortal.

No recuerdo mucho de este hoy; creo que hoy sólo he sido envuelto por el gran manto del pasado. Y abrigado con estos recuerdos, por un instante quise también ser paloma, y huir de allí. Huir lejos. Pero supe que no era una posibilidad, que ni tan siquiera era algo que mi mente podía concebir. Porque el día que yo vuele; el día que salga de esta superficie tan vulgar, metálica e indecorosa; el día que me convierta en un ave y alce el vuelo, esta impertérrita farola caerá conmigo. Y con nosotros todos los dolores, todos los dolores de la esperanza que alimenta el sueño, el vuelo inalcanzable, el viaje prometido.

Hoy me encontré de nuevo conmigo mismo, y comprendí que volar, en el fondo, era sentarse frente a una farola y sentirse solo; muy solo.

10 Octubre, 2007

Dámaso Alonso y el puñetazo metafórico

Archivado en: Literatura — Darthz @ 12:20 pm

Leyendo a Dámaso Alonso uno siente toda aquella desesperante mirada en la que se recreó como poeta de la primera generación de la posguerra. Un poeta que, pudriéndose en Madrid (lentamente, su alma; como rezan esas geniales lindezas de Insomnio), en vez de acabar por volverse loco, volvía loca a su propia poesía; unos versos llenos de llanto quebrantado y desesperanza, versos que tienen la arrolladora fuerza del que dice lo justo para emocionar, dejarte helado, y rematarte con un último golpe fatídico. Su lírica existencialista no sólo conmueve sino que lleva al lector a ese estado terrible del que difícilmente se halla una salida; por ello uno acaba con una sensación triste, con la sensación de haber sido pisado por diez mil caballos al terminar sus hijos irascibles. Una poesía llena de genialidad, pues tal es el talento de este hombre que trabajó como filólogo, profesor y hombre apasionado por las letras, que acabó, también, ingresando en la Real Academia y al que se le concedió finalmente el premio Miguel de Cervantes. Leerlo es, sin duda alguna, una experiencia que no podrá dejarnos indiferentes y que, seguro, jamás olvidaremos. Para los que les guste la autodestrucción, la moral rota y la belleza de una poesía amarga y sincera; disfruten de esta mágica paliza.

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