Esta tarde me he vuelto a encontrar conmigo mismo. Era uno de esos momentos dorados de la tarde en los que pronto sabes que va a comenzar a hacer frío. Entré en un parque mientras el viento jugaba con mi pelo, y decidí, por una de esas causas fortuitas y desconocidas para uno mismo, sentarme en un banco frente a frente de una farola. A mis espaldas una pareja de adolescentes poco crecidos jugaban a desatar testosterona; delante de mis ojos sólo había una basura, y a su lado la gran y solitaria lámpara, impertérrita. La música sonaba en mis oídos; mi cuerpo reposaba en aquel banco; de vez en cuando algunos grupos de chavales cruzaban por mi lado las calles, y otros niños venían continuamente a beber de la fuente que permanecía pegada a uno de los lados del estanque donde multitud de piedras yacían en su fondo.
Comenzó a hacer frío. Y entonces fijé mi vista en aquella farola. No había visto jamás cosa tan vulgar, antiestética e incluso inútil. Aún el sol no había caído derrotado por el oeste, así que tampoco los edificios anteriores a la playa me impedían abrigarme con su calor ni sus fulgores vespertinos. Pero el viento comenzó a llenarse de una brisa fresca que me produjo deseos de huida. Sin embargo, no pude marcharme. Mis ojos seguían fijos en aquella extraña y aparentemente vulgar farola. En su corona metálica comenzaron a posarse varias palomas; palomas traídas por el viento o por el clima; palomas que huían de los saltos de los niños que jugaban distraídamente en los columpios; palomas que, por alguna extraña razón, decidían posar sus enigmáticos cuerpos místicos sobre aquel círculo vulgar, metálico, antiestético e inútil.
Y entonces me estremecí y durante muchos y muy largos minutos no pude envolver mi vista con otro regalo. Allí se encontraba todo lo que durante mi vida había acaso ido sucediendo, y yo —¡torpe yo!— no me había dado cuenta. La primera paloma cesó el vuelo cayendo con suavidad sobre la pequeña plataforma de la lámpara, y tan sólo unos segundos después decidió de nuevo abrir y batir sus alas; se fue. Y vinieron otras; y también se fueron. Y alguna decidió quedarse unos segundos más, e irse y volver de nuevo, como si nada hubiese pasado mientras su ausencia marcaba los segundos de aquella solitaria farola. Me sorprendí, la cabeza ladeada hacia arriba, mirando aquellas indiferentes palomas; observando y escudriñando el misterioso paso del tiempo que allí arriba se sucedía.
Descubrí entonces, con el frío cada vez calando más en mis huesos, que en aquella farola se había decidido toda mi vida; que allí, entre la vulgaridad y la indiferencia y la soledad, entre la fugaz compañía de aquellas palomas que venían y continuamente se marchaban, habían pasado dieciocho años de mi vida y ni siquiera me había dado cuenta; que allí, al fin y al cabo, reposaban todos los momentos de mi vulgar existencia. La farola era movida con el viento que crecía en intensidad, y por alguna extraña razón pensé que podría llegar a caerse. Pero la farola seguía allí, balanceándose levemente, extraña de sí misma. Pude ver rostros conocidos y algunos ya no tan definibles en mi cabeza mientras observaba aquellas palomas; palomas blancas y negras, palomas grises que se acomodaban sobre esa superficie metálica para más tarde huir hacia otros lugares, quizá unos lugares más idóneos donde nada ni nadie les impidiera un vuelo limpio, rápido, fantástico. Pero habían pasado dieciocho años, y aún seguía allí, en pie.
Esta tarde he visto toda mi vida en ese parque, y todo deseo o sueño de futuro o “carpe diem” momentáneo, se ha parado, se ha parado porque la nostalgia era entonces la única invasora de mi cuerpo. Y he sentido frío, y calor, y he recordado, y he muerto, y he renacido; he sentido de nuevo amor, pena, tristeza, delirio, impotencia, amargura, frenesí, cólera, júbilo; he sido el yo que en todos mis anteriores instantes de existencia había sido, y he sentido unos escalofríos que me helaron la sangre. Estas palomas no tardaron mucho en irse; se fueron, claro, se fueron. Se fueron y observé cómo sus menudos cuerpos eran lanzados contra el aire, tal vez hacia otras nuevas geniales o terribles aventuras. De nuevo, siempre solo. Pero ya eran muchos años, muchos años los que esta farola había aguantado allí, impertérrita, inamovible, casi inmortal.
No recuerdo mucho de este hoy; creo que hoy sólo he sido envuelto por el gran manto del pasado. Y abrigado con estos recuerdos, por un instante quise también ser paloma, y huir de allí. Huir lejos. Pero supe que no era una posibilidad, que ni tan siquiera era algo que mi mente podía concebir. Porque el día que yo vuele; el día que salga de esta superficie tan vulgar, metálica e indecorosa; el día que me convierta en un ave y alce el vuelo, esta impertérrita farola caerá conmigo. Y con nosotros todos los dolores, todos los dolores de la esperanza que alimenta el sueño, el vuelo inalcanzable, el viaje prometido.
Hoy me encontré de nuevo conmigo mismo, y comprendí que volar, en el fondo, era sentarse frente a una farola y sentirse solo; muy solo.

Vaya metáfora más currada O.O
Comment por Kitty — 15 Octubre, 2007 @ 12:17 am |
Vaya Darth, en tu estilo. Fantástico. HA diferencia de otros que te he leido en este has jugado un poco más(impresión mia) hasta la mitad parecía un relato de un día cotidiano, pero despues, despues… no se es todo sensaciones (para mi)
Un saludo,
Pedro.
Comment por Pedro Escudero — 16 Octubre, 2007 @ 8:22 am |
Increible, genial… no puedo decir más.
Comment por El niño de la guitarra — 17 Octubre, 2007 @ 3:50 pm |
El mejor vuelo es el que soñamos en nuestras mentes, las palomas vuelan y van de un sitio a otro a muchas personas también nos gustaria cambiar de aires, pero una vez que cambiamos ya no podemos volver atrás y quizás nos perdamos en el vuelo.
I love you
Comment por lore — 19 Octubre, 2007 @ 11:03 pm |
Me gustó el relato, y curiosamente me hizo recordar una ocasión en la que estuve en Córdoba, sentado en una avenida arbolada, comiendo un bocadillo de atún y rodeado de palomas.
Las palomas siempre traen buenos recuerdos.
Comment por Makiavelo john — 20 Octubre, 2007 @ 9:13 pm |
Bueno, no es un relato. Es más bien un texto autobiográfico-reflexivo.
Gracias.
Comment por Darthz — 20 Octubre, 2007 @ 9:44 pm |
Hola, Darth…
Acabo de caer de lleno en tu blog, y la verdad es que me ha gustado tu reflexión. Es cierto que en algún momento de nuestra vida hemos sentido algo parecido, por eso he querido darte mi opinión. Espero pasar por aquí de vez en cuando, y que nos sigas sorprendiendo con tu pensamiento.Un saludo.
Patrick Ericson.
Comment por Patrick Ericson — 28 Noviembre, 2007 @ 12:57 pm |