Resulta que comienzo a leer El aleph, de Borges, pues voy a hacer una lectura de significados del cuento y un resumen, y me encuentro con una de estas cosas que -al menos al firmante de esta bitácora así le sucede- me causa un terrible cosquilleo por el estómago. Leo las citas con las que comienza el cuento, y en seguida diviso algo que se me viene a la cabeza de repente por otro lado, más lejano, de mi memoria (incluso lo recitaba):
O God, I could be bounded in a nutshell and count myself a King of infinite space.
Hamlet, II, 2
Y así rememoro un relato que, casualmente (mentira), tiene el mismo título de este blog: Words, words, words… Y recuerdo (y esta memoria es la que me da el latigazo en el estómago y me hace temblar de no sé qué extraña cosa) que la misma frase, con el mismo significado y la misma interpretación que -me temo- tiene este cuento, aparece en él, expresamente en el siguiente párrafo (aunque también aparece antes en un diálogo):

Abrí los ojos. El blanco impoluto que me rodeaba seguía ahí, pero esta vez la habitación era mucho más estrecha y pequeña. El recinto parecía estar totalmente asegurado para que nadie pudiera salir, en este caso, para que yo no pudiera salir, pues me encontraba solo y acompañado de un vacío inmenso. Una corazonada se me clavó en el pecho para después salir despidiendo gritos de mi garganta, pensé en mi mujer; unas imágenes horrorosas de alguien que no era yo habían acudido a mi mente, pero que sin embargo tenían un gran parentesco con mi persona. Al poco tiempo entró tras unos escandalosos ruidos de cerraduras y portones alguien en aquel angelical aposento. Era una hermosa fémina de piel blanca como la nieve. Sus maneras eran frías y lo cierto es que creo que su mirada apenas se cruzó con la mía más de una vez, sólo para cuando debía castigarme. Al parecer, aquella mujer creía que yo había sido capaz de asesinar a la mujer que amaba y que en mi cabeza había cambiado las imágenes para pensar que fue al revés. Su charla era muy lejana a mis pensamientos, pues me encontraba ensimismado pensando en aquella historia que debía escribir, y cuando se cercioró de que estaba hablando sola me increpó con severidad. Ella me dirigió una mirada de lástima que no entendí y acto seguido me preguntó si quería decirle algo. Le pedí una libreta y algo con lo que escribir, pero se negó. Ya me extrañaba a mí que fueran a prestarme tanta atención. Aún así, podría estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme rey de un espacio infinito.
