Si tuviéramos que destacar algunos de los aspectos que mejor definen a esta película, podríamos concluir en que el humor negro, la frenética puesta en escena, el realismo donde todo transcurre y se desenvuelve, la socarronería atrevida y disparatada, y la acción atractiva a la vez que original, son las claves que hacen de esta película una obra indispensable; una obra con ecos a Pulp Fiction y con un sabor similar a comedias negras como, por ejemplo, Kiss kiss bang bang, donde Robert Downey se canjea con su magnífico papel el aplauso y la sonrisa del público. Hablar de Snatch. Cerdos y diamantes es meternos entre los dientes un puro y eructar mientras fumamos. El humo sale de nuestra boca y la carcajada invade la garganta de otro espectador; el humo se dispersa y allí aparece la figura de un diamante, de un gran y conflictivo diamante; el humo juega y separa diversas historias de boxeadores clandestinos, de gángsters tan despiadados como divertidos, de cerdos y sencillos timadores que lucharán por conseguir esa estimada piedra preciosa, para acabar finalmente volviéndolas a juntar en un enrevesado pero inteligente guión que para nada desespera o se hace disperso. Un filme con una estética que nos trae el sabor de un videoclip que, si bien puede parecer que acabará estropeando el clasicismo del escenario, nos conduce hacia una acción arrebatadoramente simpática, cautivadora y alucinante. El reparto de actores no sólo sobresale por un genial Brad Pitt, un gitano metido en un divertidísimo papel que nos traerá recuerdos de su otra famosa obra: El club de la lucha, sino por la sucesiva cadena de geniales interpretaciones que en este imprescindible largometraje se nos regala. Una película frenética, elegante, original, despiadada y asquerosamente entretenida.
