Ayer casi acabo con lágrimas en los ojos. Quizá porque el fin era inevitable, o porque el fin en sí mismo era una belleza sin igual; quizá porque, después de mucho tiempo, volví a descubrir fantasía pura, no de la que se mastica, se hace pompa y, a los segundos, se escupe.
Esta magnífica novela que para mí redefine lo que es la verdadera fantasía, realizada por el conocido guionista y escritor Neil Gaiman, por su famosa y aclamada obra, también, Sandman, ha sido recientemente llevada al cine, y al respecto puedo decir que me pareció una magnífica adaptación, quizá más superficial que la obra, pero que contiene casi todos los elementos de la misma. Hacía tiempo, mucho tiempo, digo, tal vez desde que terminé La historia interminable del genio Ende hace un par de años, que no leía algo tan sumamente especial y delicado, que no encontraba en unas cientos de páginas (porque esta obra, como toda obra propiciada por el mero placer de hacerla, por su amor ideal, tiene la extensión justa para contarnos lo que necesita) una historia llena de tanta magia, tan original y entretenida.
Los acontecimientos que se nos relatan, cual antiguo cuento de hadas, con su punto mordaz y sagaz de ironía y sarcasmo, nos salpicarán continuamente en la cara. Llevada por una excelente y ágil mano, por una prosa exquisita a la vez que agradable y lírica; una novela que no aburre, que se te deshace entre las manos y que, cuando la acabas, te deja la sensación de haber tocado, sinceramente, polvo de estrella. Ese polvo de alguna estrella caída que, cuando menos lo esperamos, aparece y nos baña con su dorado el corazón, incendiándolo de una fantasía muy poderosa, casi inimaginable, tan intangible como el material del que está hecho un sueño, pero que irónicamente creemos estar percibiendo con nuestros ojos, con nuestras manos. Y, a veces, con nuestros oídos extinguidos.