aberración, s. Cualquier desviación de nuestra forma de pensar que descubramos en otro, aunque no sea lo bastante grave como para que la consideremos locura.
absurdo, s. Afirmación o creencia manifiestamente desacorde con nuestras propias opiniones.
academia, s. Originariamente, un bosquecillo en el que los filósofos buscaban un sentido en la naturaleza; hoy en día es una escuela en la que los imbéciles por naturaleza buscan un sentido en la filosofía.
acertijo, s. ¿Quién elige a nuestros gobernantes?
aire, s. Nutritiva sustancia suministrada por una generosa Providencia para engorde de los pobres.
amor propio, s. Valoración equivocada de uno mismo.
aplauso, s. Eco de un tópico.
Apocalipsis, s. Famoso libro en el que san Juan no reveló nada de lo que sabía. Las revelaciones (el Apocalipsis de San Juan se denomina en inglés Revelation Book) las realizaron los comentaristas del texto, quienes no tenían la menor idea de nada.
armadura, s. Atuendo que viste un hombre que tiene a un herrero por sastre.
asno, s. Cantante con gran voz pero sin oído. En el argot minero de Virginia City, Nevada, se le llama el canario Washoe; en Dakota, el senador; y en todos los demás sitios, el burro. Es un animal que aparece con frecuencia y de diversa guisa en la literatura, el arte y la religión de todas las épocas y países; ningún otro cautiva y enardece la imaginación humana como este noble vertebrado. Es más, hay quienes se han llegado a plantear (Ramasilus, lib. II., De Clem., y C. Stantatus, De Temperamente) si no será un dios; sabemos que como a tal lo adoraban los etruscos y, si hemos de creer a Macrobius, también los cupasianos. Los dos únicos animales admitidos en el paraíso de los mahometanos junto a las almas de los hombres son la burra que llevó a Balaam y el perro de los Siete Durmientes. Toda una distinción. Con lo que se ha escrito sobre esta bestia daría para una biblioteca de gran esplendor y tamaño, que podría competir con la del culto shakesperiano y la que crece alrededor de la Biblia. Podría afirmarse, en términos generales, que toda la literatura es, en mayor o menor grado, «asnina».
«¡Te saludamos, asno sagrado!», canta el coro de ángeles;
«sacerdote de la Sinrazón y rey de la Discordia.
Gran cocreador, deja que brille tu gloria:
Dios creó todo lo demás, pero la mula, la mula es obra tuya.»
G.J.