Palabras, palabras, palabras…

19 Abril, 2008

Arde y sé feliz: Fahrenheit 451

Archivado en: Literatura — Darthz @ 12:12 am

Bradbury nos habla con el corazón en las manos en esta novela, gestando esa gran ironía que es escribir precisamente lo que para él mismo sería el mayor de los horrores: de ahí la distopía, y la irónica pero agradecida labor del maestro. La destrucción de la escritura para un escritor es, por supuesto, una antítesis, como lo es la quema de libros para un lector; y es de este fuerte recurso retórico del que se vale Bradbury para llevar a cabo esta obra maestra, dividida en tres actos, como los clásicos de aventuras, y en donde a través de su acostumbrado y genial lirismo nos conduce a una odisea terrible, estúpida, detestable y terrorífica.

Es estúpido obligar al ser humano a ser feliz, a bañarlo en la ignorancia más absoluta y otorgarle esa alegría inherente pero incierta, carente de cualquier bondad. Porque este libro nos habla de muchas cosas, de la felicidad, por ejemplo, y de la ignorancia, también. De la cultura, del individualismo, de los siempre horribles extremos, de la vida y sus silencios. Es una crítica social, y también una novela divertida, entrañable, oscura pero con un atisbo esperanzador que nunca se deja morir; y eso es lo que personifica nuestro protagonista, Guy Montag, el bombero que sí quiere pensar.

Los bomberos son el eje maligno de esta historia distópica, son el dictador de ese futuro negro y opresor, en donde sarcásticamente éstos trabajan para provocar incendios en vez de apagarlos. Buscan libros y los queman, hasta las casas enteras si es necesario y hasta… a la persona que hay dentro si no se redime a su inteligencia. Pero una mañana Montag se encuentra con Clarisse, una vecina, y se entabla una extraña relación. Ella es una chica curiosa, atrevida, que sale a pasear por las mañanas y le gusta preguntarse el por qué de las cosas. Y que, además, adora mojarse cuando llueve. Montag, en las breves conversaciones que tiene con ella, comienza a preguntarse también sobre la vida. Y a partir de ahí es imposible negarse que un hombre vaya a ir hasta el fin del mundo por conseguir lo que busca, lo que necesita: la verdad, o al menos su parte de verdad.

En esta novela la gente vive encerrada en sus casas, donde hay una televisión que aporta solo basura y nimiedad a los ojos que observan; cualquier cosa que distraiga el pensamiento y haga no-pensar (¿no les recuerda esto en parte a algo que tenemos tan cerca?); Bradbury acertó con esta reflexión, como un visionario, como el genio que es. Pero nuestro protagonista está lejos de querer ser como todos esos hombres sin vida que se arrastran miserablemente a hacer lo mismo una y otra vez, sin sentido, como títeres. Destrozados por la absurda ignorancia del que nunca quiere avanzar, saber, descubrir. Montag es la antítesis del redimido; es el hombre que posee interés por lo que le rodea y, por tanto, le es inevitable preguntarse por las cosas que sustentan su vida; así que todo comienza a cambiar cuando en vez de quemar todos los libros que su oficio le obliga, recoge algunos para sí mismo y los esconde en su casa. Y de ahí, claro, como ya imaginan, comienza toda la aventura, que es inolvidable y aterradoramente triste.

Triste porque hiere ver a una cadena de zombis arrastrándose hacia la nada más absoluta. Aterradora porque sabemos que, desgraciadamente, existe, sigue y seguirá existiendo esta historia. Porque cuando el ser humano queda inerme, ser débil es la pose por naturaleza, y quedar invadidos por la ignorancia la única salida posible.

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